Corría 1978 cuando las cuadrillas que abrían paso a la Línea 4 del Metro se toparon, en el cruce de las avenidas Talismán y Congreso de la Unión, con una osamenta de dimensiones inusuales. En un primer momento nadie pudo afirmar con certeza qué animal yacía bajo la tierra. El arqueólogo Carlos Silva R., encargado entonces de las excavaciones, explicó que hacía falta encontrar los molares del ejemplar para determinar si se trataba de un mamut o de un mastodonte, pues solo esas piezas dentales permiten distinguir con precisión a una especie de la otra.
El hallazgo llegó en un momento delicado para la obra. Detener las excavaciones habría significado pérdidas millonarias para el Metro, así que las autoridades optaron por una solución intermedia: cubrir los restos con plástico, cinco metros cúbicos de aserrín y una segunda capa de plástico para protegerlos de la lluvia, además de cercar la zona con triplay y polines para mantener alejados a los curiosos mientras la obra continuaba su marcha. Los trabajos de rescate quedaron a cargo del equipo de Salvamento Arqueológico del Instituto Nacional de Antropología e Historia, con los arqueólogos Francisco Ortuño Cos y Luis Alberto López Wario al frente de las labores, que se extendieron de 1978 a 1980.
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Los estudios finalmente confirmaron que se trataba de un Mammuthus archidiskodon imperator adulto, de aproximadamente cuatro metros de altura, muerto hace entre diez mil y doce mil años sin que mediara intervención humana. El ejemplar perteneció a una especie que dominó el norte del continente americano durante el Pleistoceno, cuando la Cuenca de México era un mosaico de lagos y pantanos habitado por bisontes, tigres dientes de sable, dromedarios, perezosos y armadillos gigantes, además de mastodontes y otros mamuts, fauna hoy completamente extinta.
En lugar de trasladar los restos a un museo, el INAH decidió conservarlos exactamente donde fueron encontrados. La estación Talismán se inauguró el 29 de agosto de 1981 junto con el resto de la Línea 4, y desde entonces la osamenta descansa bajo un domo de cristal instalado en el acceso oriente, convirtiendo a esta estación en uno de los pocos sistemas de transporte en el mundo que resguarda un hallazgo paleontológico dentro de sus propias instalaciones.
El nombre de la estación tomó prestado el de la avenida vecina, pero el hallazgo terminó por darle un segundo significado. Su ícono, un elefante con la trompa hacia arriba, remite tanto al pariente vivo más cercano del mamut como a una tradición simbólica compartida por distintas culturas del mundo. En la India, por ejemplo, el elefante representa protección, fuerza, unión familiar y abundancia, un cúmulo de significados que terminó por fundirse con el nombre Talismán y su promesa de buena fortuna.
El de Talismán no es un caso aislado dentro de la historia paleontológica del Valle de México. Yacimientos como los de Tultepec y Santa Lucía, en el Estado de México, han revelado en años recientes otros conjuntos óseos de la misma era, confirmando que la cuenca fue durante milenios territorio de paso y hábitat de estos gigantes. Lo que distingue al mamut de Talismán es su permanencia diaria ante miles de pasajeros que, entre prisas y anuncios de siguiente estación, cruzan sin saberlo frente a un fragmento intacto de la Edad del Hielo.

