En una esquina del centro de la ciudad, a unos metros del Monumento a la Revolución y del cruce constante de Puente de Alvarado con Rosales, el Museo Nacional de San Carlos guarda desde 1971 una pintura que nadie identificó del todo hasta el año pasado. Se llama «La Sagrada Familia» y es un fragmento en temple sobre tabla que perteneció al empresario sueco Axel Wenner Gren, quien se instaló en México tras la Segunda Guerra Mundial y cuyos herederos donaron la pieza al gobierno mexicano como parte de un conjunto de obras de antiguos maestros europeos. En el catálogo que documentó esa donación la pintura apareció con una atribución cautelosa, como obra de «Sandro Botticelli (atrib.)», y así permaneció clasificada durante décadas dentro de lo que los especialistas llaman el círculo del pintor, es decir el grupo de discípulos y colaboradores que trabajaron bajo su influencia sin ser necesariamente el maestro mismo.
Esa cautela terminó gracias a una investigación encabezada por el historiador del arte Christopher Daly, especialista del Metropolitan Museum of Art de Nueva York, quien sometió la pieza a un análisis técnico riguroso y comparó sus rasgos estilísticos con otras versiones conocidas de la misma composición. Daly identificó en la pintura el tratamiento delicado de la pincelada visible en las zonas mejor conservadas y la consistencia granulada de los pigmentos, características que los especialistas asocian directamente con la mano de Sandro Botticelli. La conclusión, publicada en la revista especializada «The Burlington Magazine», determinó que la pintura del museo capitalino no es una copia ni una obra de taller sino un fragmento original de una composición mayor, «La adoración de los magos», realizada por Botticelli y su taller durante la década de 1490.
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Sandro Botticelli, nacido en Florencia en 1445 y fallecido en la misma ciudad en 1510, es uno de los nombres centrales del Renacimiento italiano y autor de piezas tan reconocidas como «El nacimiento de Venus» y «La primavera», ambas resguardadas en la Galería Uffizi. Sus obras originales son escasas fuera de Europa y hasta el hallazgo confirmado en San Carlos solo existían dos piezas suyas en el resto del continente americano, ambas en colecciones de Estados Unidos y Canadá. La Sagrada Familia del Museo Nacional de San Carlos se convirtió así en la única pintura original de Botticelli en un museo público de toda Latinoamérica, un dato que el propio director del recinto, Jorge Reynoso Pohlenz, celebró como una noticia relevante para el patrimonio cultural del país y para el estudio del arte europeo que resguarda la institución desde que fue fundada sobre los acervos de la antigua Academia de San Carlos.
Hoy la pieza puede verse dentro de la exposición «(Des)ordenar la colección desde el género», curada por Raquel Fundía Comisarenco y abierta al público hasta septiembre de 2026. La muestra reúne más de 130 obras entre óleos, dibujos, grabados y esculturas del acervo del museo, organizadas no por cronología ni estilo sino por cinco núcleos temáticos que examinan cómo el arte ha representado los cuerpos, los afectos y los roles de género a lo largo de los siglos. En ese nuevo orden conviven el Botticelli recién confirmado con piezas de Juan Carreño de Miranda, Joaquín Sorolla y Pelegrín Clavé, así como con el trabajo de las apenas doce artistas mujeres que integran la colección permanente del recinto.
El Museo Nacional de San Carlos ocupa el Palacio del Conde de Buenavista, un edificio que a lo largo del siglo diecinueve funcionó como residencia privada, cuartel militar e imprenta antes de convertirse en sede museística en 1968. Ahí, entre las salas del único gran museo público dedicado exclusivamente al arte europeo en México, sigue colgada la prueba de que la Ciudad de México tiene su propio fragmento de Renacimiento italiano, visible para cualquiera que decida cruzar la puerta del Jardín San Carlos.
