Para 1957, Pedro Infante ya no era solo un actor exitoso del cine mexicano: era una de las voces y uno de los rostros que definían la Época de Oro, presente en radio, cine y los primeros años de la televisión nacional. Esa dimensión explica, en parte, lo que ocurrió el 15 de abril de ese año, cuando el avión de carga que piloteaba se estrelló minutos después de despegar de Mérida, Yucatán, rumbo a la Ciudad de México. El impacto, sobre el patio de una vivienda cercana al aeropuerto, dejó el cuerpo en un estado que impidió velarlo a rostro descubierto; su identificación se apoyó en una esclava de oro que solía llevar y en una placa metálica alojada en el cráneo desde un accidente aéreo previo, ocurrido en 1949.
Un día después, con el cuerpo ya en la capital, el Teatro Jorge Negrete funcionó como punto de reunión para el último adiós. Entre quienes acudieron estaban figuras del medio como Cantinflas, el director Emilio Fernández, el cantante Miguel Aceves Mejía, el boxeador Raúl Macías e Irma Dorantes, expareja sentimental de Infante. Detrás de ellos crecía, hora tras hora, una fila de admiradores sin nombre propio que llegaban desde distintos puntos de la ciudad.
Festival Internacional de Cine para Niños alista su edición 31
Feria de las Flores cierra su edición 169 en San Ángel
Afuera, la escena se movía entre dos registros a la vez: el luto y algo parecido a la euforia. Algunos llevaban fotografías del actor, otros repetían de memoria fragmentos de sus canciones más conocidas mientras aguardaban su turno para acercarse. Cuando el vehículo con el féretro finalmente apareció, sectores de la multitud reaccionaron con gritos de emoción antes de volver al llanto, como si la magnitud del momento no permitiera sostener un solo estado de ánimo. La presión del gentío provocó desmayos entre algunas asistentes, y los cuerpos de seguridad, rebasados en número, no lograron mantener el orden que se les había encomendado.
Trasladar el féretro hasta el Panteón Jardín requirió un operativo con cerca de 200 elementos del entonces Servicio Secreto y una escolta de 40 motociclistas de tránsito al frente del cortejo, un despliegue que aun así resultó insuficiente frente al tamaño de la multitud. Ahí, en ese cementerio, quedó sepultado junto a su padre, Delfino Infante; a corta distancia descansaban también el cantante Jorge Negrete y la actriz Blanca Estela Pavón, otras dos figuras del cine que la ciudad ya había despedido antes. Caminos, jardineras y tumbas cercanas terminaron ocupados por gente que no quería perderse la ceremonia; los cálculos de asistencia de esos días van de 150 mil a 300 mil personas.
Más allá de la cifra exacta, lo que el funeral de Pedro Infante dejó fue un antecedente: la confirmación de que el cine mexicano había producido, por primera vez a esa escala, un ídolo cuya pérdida se vivió como asunto colectivo y no solo como noticia de espectáculos. El archivo fotográfico del INAH conserva imágenes fechadas el 16 de abril de 1957, entre ellas la concurrencia frente a la agencia funeraria Gayosso y la escena del sepelio dentro del Panteón Jardín, registros que hoy permiten seguir reconstruyendo ese momento en las calles de la ciudad.
