La debilidad dulce de Villa
Pancho Villa cargó durante décadas con la fama de revolucionario sanguinario y bebedor, un estereotipo que el cine terminó por fijar en el imaginario popular. La realidad documentada describe, sin embargo, a un hombre que odiaba el alcohol al grado de fusilar a oficiales bajo su mando por embriagarse, según relata Paco Ignacio Taibo II en «Pancho Villa. Una biografía narrativa».
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Ese rechazo no se quedó en una anécdota personal. Cuando fue gobernador provisional de Chihuahua, entre finales de 1913 e inicios de 1914, Villa impuso la ley seca entre su tropa y llegó a cerrar decenas de cantinas en el estado, a las que sustituyó por escuelas, convencido de que el alcohol era una de las principales causas de atraso entre la población.
Su verdadero antojo eran las malteada de fresa. Villa cruzaba con frecuencia la frontera hacia El Paso y San Antonio, en Texas, únicamente para visitar fuentes de sodas y heladerías de la región, un gusto que documentó también el archivo fotográfico de la Biblioteca Pública de El Paso.
Entre sus lugares favoritos estaba la Confitería Elite, donde pedía bolas de helado de chocolate cubiertas de cacahuate tostado, conocidas como las esferas de béisbol, acompañadas siempre de una bebida gaseosa de fresa. Ahí mismo, en 1911, el fotógrafo Otis Aultman capturó a Villa sentado junto a Pascual Orozco, la última imagen conocida de ambos revolucionarios juntos.
La leyenda cuenta que varias cantinas de la frontera comenzaron a incluir malteadas de fresa en su menú, no por gusto sino para evitar que el Centauro del Norte las destruyera si no encontraba nada de su agrado al llegar. A esta lista de antojos se sumaban las palanquetas de cacahuate, de las que podía comer medio kilo en un día, y el queso asadero.
Ni siquiera la diplomacia lo hizo ceder del todo. Durante el Pacto de Xochimilco, en diciembre de 1914, Emiliano Zapata le ofreció un brindis con tequila para sellar la alianza entre ambos ejércitos revolucionarios. Villa apenas mojó los labios, y cuando Zapata insistió con una copa de coñac, terminó por pedir un vaso de agua para limpiarse el sabor del alcohol.
El 6 de diciembre de 1914, ese mismo hombre entró triunfante a la Ciudad de México junto a Emiliano Zapata, al mando de decenas de miles de soldados. El contraste resulta inevitable: el caudillo que acababa de conquistar la capital del país cargaba, en el fondo, con el gusto de un niño por lo dulce.
