Dulcería de Celaya: un templo de dulces y memorias en el Centro

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Sobre la calle Cinco de Mayo, se encuentra un lugar que guarda más de un siglo de historia y sabor: la Dulcería de Celaya. Fundada en 1874 por la familia Guízar, abrió primero sus puertas en la calle Madero, pero en 1900 se mudó a su sede actual, donde permanece como uno de los comercios más entrañables y emblemáticos de la capital.

Desde sus inicios, el objetivo fue claro: preservar y difundir la dulcería mexicana. Aquellos que entraban encontraban no solo productos para el antojo, sino una experiencia completa, un rincón donde tradición y modernidad se daban la mano.

La tienda en sí misma es un viaje en el tiempo. Diseñada con detalles Art Nouveau que recuerdan a la elegancia parisina de finales del siglo XIX, conserva vitrinas de encino tallado, mosaicos de colores y espejos franceses que han visto pasar generaciones de clientes. Su interior es un espacio que se mantiene casi intacto, como si el reloj se hubiera detenido para resguardar la memoria de la ciudad.

Muchos la llaman “un pequeño museo vivo”, porque recorrerla es tanto una experiencia estética como un encuentro con la historia gastronómica del país.

El paraíso de los sabores mexicanos

Pero lo verdaderamente irresistible está en sus aparadores. La Dulcería de Celaya ofrece más de cien variedades de dulces típicos de todo México: jamoncillos de leche, cocadas de coco fresco, muéganos crujientes, turrones, glorias de leche quemada, borrachitos espolvoreados de azúcar, gaznates rellenos de crema, alegrías de amaranto y los clásicos puerquitos de piloncillo.

Cada dulce es un testimonio de recetas que han pasado de generación en generación, muchas de ellas originarias de conventos y cocinas tradicionales de distintas regiones del país. Degustarlos es viajar sin salir del Centro: cada bocado remite a una tradición local, a un pueblo, a una fiesta patronal.

Un punto de encuentro para generaciones

Visitar la Dulcería de Celaya no es solo comprar un dulce: es revivir memorias familiares. Es común escuchar a quienes la visitan decir que sus abuelos los llevaban de niños, o que ahí compraron dulces para su primera comunión, una boda o un bautizo. Es un lugar cargado de significados personales y colectivos, que forma parte del imaginario chilango tanto como el Zócalo o la Alameda.

Incluso personajes históricos y escritores han sido atraídos por este sitio. No es raro que aparezca mencionado en crónicas, novelas y recuerdos de viajeros que pasaron por la ciudad y encontraron en sus vitrinas un símbolo de lo mexicano.

Tradición que perdura

En una ciudad que cambia a toda velocidad, la Dulcería de Celaya resiste como un bastión de la tradición. Su permanencia no es casual: se debe al empeño por mantener vivas recetas auténticas y al mismo tiempo cuidar la estética de su local, que se ha convertido en patrimonio cultural.

Entrar a la Dulcería es detener el tiempo: es dejarse envolver por la nostalgia y, al mismo tiempo, saborear lo que sigue siendo vigente. Porque en cada pedazo de cocada o en cada jamoncillo, hay un recordatorio de que la identidad de la ciudad también se preserva en los pequeños placeres.

Salir de la Dulcería de Celaya con una caja en las manos es llevarse más que dulces: es llevarse un fragmento de historia, de memoria y de tradición mexicana. Un regalo para el paladar, pero también para el corazón.

Autor

  • Christian Ramírez Carrillo

    Christian Ramírez Carrillo es un cronista y narrador visual que explora las historias escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Ha trabajado en varios países en Consultoría y es fundador de proyectos culturales como el Museo Puertas Abiertas y La Transformación, Christian combina su pasión por la fotografía con un profundo interés en el tejido social de la ciudad. Desde su perspectiva, la crónica es una forma de rescatar la identidad de la ciudad, capturando momentos que reflejan tanto lo efímero como lo eterno, hablar de la historia es entender que todos somos parte de ella. En Calles Chilangas, su lente se posa sobre lo cotidiano para revelar las conexiones entre las personas, el espacio y la historia, invitando al lector a ver la Ciudad de México como un ser vivo, cambiante y rebosante de relatos. Su trabajo, en el que el arte y la palabra se encuentran, ofrece una puerta abierta a las historias que dan forma a esta metrópoli compleja y fascinante.

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