El fútbol en México es mucho más que once jugadores corriendo detrás de una pelota; es la excusa perfecta para juntarnos, abrazar a un desconocido y gritar un gol con el alma. Por años, nos hemos acostumbrado a quedarnos con las ganas del «ya casi», y da miedo volver a ilusionarse. Pero medir lo que vale nuestro país por el resultado de un partido o por lo que dicen los expertos es un error. El fútbol, en realidad, es ese espejo donde nos vemos y recordamos lo chingones que somos cuando jalamos para el mismo lado.
Porque la verdadera selección no solo juega en los grandes estadios; se la rifa todos los días en la calle. El corazón de este país late en la reta de asfalto donde un niño sueña con ser profesional, en los mercados, en el metro y en la gente que se levanta temprano a trabajar con el orgullo por delante. Esas historias de esfuerzo son las que de verdad representan a nuestra bandera y nos recuerdan de dónde venimos.
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Es normal dudar después de tantas decepciones. Pero si algo tiene el mexicano, es que es necio para perder la fe. Volver a creer no es olvidar el pasado, es entender que el partido sigue vivo y que hoy tenemos una nueva oportunidad. Cuando esa buena vibra de la afición se contagia a la vida diaria, todo empieza a cambiar.
El partido más importante ya empezó y no necesita un silbatazo inicial. Se juega en las ganas de cada persona que, contra todo pronóstico, decide salir a intentarlo una vez más. Antes de ganarle a cualquiera allá afuera, nos toca volver a confiar en nosotros aquí adentro. Por eso, ante la duda de siempre, hoy elegimos hacernos la pregunta más bonita de todas: ¿Y si sí?
