Somos Pacífico: cuando la Ciudad de México miró hacia Asia

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Caminar por la calle peatonal de San Ildefonso es descubrir algo nuevo en cada fachada o puerta; entre el murmullo constante de comerciantes, turistas y motocicletas, decidí regalarme un momento cultural y entrar al Colegio de San Ildefonso. El edificio impresiona por su extensión y solemnidad. Cuenta con doble entrada: una por Justo Sierra y otra por la calle San Ildefonso —por donde yo entré—. Desde afuera, el bullicio; adentro, el silencio.

Lo primero que me sorprendió fue que el patio central estaba cubierto por una gran lona que lo envolvía por completo. Era la primera vez que veía su interior en penumbra, como si fueran las siete de la noche en pleno día. La luz natural, filtrada y tenue, transformaba el espacio: ya no era el patio luminoso que uno recuerda, sino un escenario íntimo, casi introspectivo.

Como llevaba mochila, pasé al guardarropa para dejarla en resguardo y así moverme con libertad por la exposición Somos Pacífico, una muestra que no solo habla de comercio y rutas marítimas entre Manila y Acapulco, sino del intercambio profundo de cultura, objetos, sabores, creencias y formas de habitar el mundo que esa ruta tejió.

El objetivo: descubrir que también somos Pacífico

La primera sala está envuelta en un azul profundo, casi oceánico. Un azul Pacífico que marca el tono desde el primer paso. Al fondo, un gran mapa conecta visualmente el archipiélago filipino con Mesoamérica. No es sólo cartografía: es una línea trazada sobre el agua que une dos mundos que, hasta hace poco, yo no imaginaba. 

Antes de la llegada española, tanto Mesoamérica como el archipiélago Filipino ya eran sociedades complejas, organizadas, con estructuras políticas, económicas y culturales propias. No eran territorios aislados esperando ser conectados. Eran mundos completos.

La Ruta Transpacífica no fue solo comercio, ni únicamente un galeón cruzando el océano. Fue un intercambio que transformó mercados, sabores, textiles y hasta la manera en que la Ciudad de México se posicionó en el mundo.

Conforme avanzas por las salas empiezas a reconocer piezas muy específicas: la porcelana china que viajó a Europa y dio raíz a la talavera; el mantón de Manila que nos recuerda bordados tanto de Sevilla como de Oaxaca; el cacao cruzó océanos, encontró el clima ideal en Filipinas y generó empleo local; la plata novohispana que sostuvo economías lejanas.

México y Filipinas no solo compartieron dominio español; compartieron tres siglos de relación constante. Nuestra historia no terminó en España: también comenzó en Asia.

El secreto estaba en la madera

Nos explicaron que en Filipinas se encontraba la madera adecuada para construir estos barcos. No era cualquier madera. Se cortaba y se dejaba secar durante meses, expuesta al clima húmedo de las islas. Ese proceso natural le daba algo fundamental: flexibilidad y resistencia.  El trabajo de construcción de un Galeón no era de semanas, sino que requería la paciencia de muchos meses. Había otros lugares donde podían fabricarse barcos, pero no contaban con ese “elemento sorpresa”: la materia prima perfecta para sobrevivir al Pacífico. No era solo un barco; era una ingeniería pensada para cruzar tormentas, corrientes y distancias imposibles.

En la segunda sala se encuentra un galeón a escala construido por investigadores de la UNAM. Tardaron diez años en realizarlo. Al acercarme, los detalles llaman la atención: las velas tensas, los cordeles minúsculos, los cañones en miniatura. Es un trabajo casi obsesivo en precisión. Es increíble el tiempo que les tomó construir una pieza tan detallada y minusiosa. 

Al finalizar la exposición, queda una reflexión poderosa: la Ciudad de México fue, hace siglos, uno de los centros más modernos del mundo. Aquí se acuñaba la plata que sostenía economías lejanas. Creemos que somos herederos directos de España, pero gran parte de nuestra identidad cotidiana —sabores, textiles, objetos, palabras— tiene raíz asiática. Está en la talavera, en el mantón, en el mango de Manila, en el chocolate que seguimos bebiendo.

Quizá no somos solo herederos de una conquista atlántica. Somos también hijos del océano más grande del planeta.

En Calles Chilangas nos gusta recordar que la ciudad siempre guarda más de lo que aparenta.

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