No sé bien qué sentí después del final o en qué momento del segundo tiempo entendí que ya habíamos perdido. Tal vez fue después del segundo gol de Bellingham, ese doblete que nos cayó encima en dos minutos, poco antes del descanso, aunque es posible que lo haya sabido desde antes y que simplemente me negara, como se niega uno a las cosas que ya sabe. También es posible lo contrario: que no lo haya sabido nunca, ni siquiera con el penal de Kane al minuto 60, porque este país lleva décadas perfeccionando el arte de creer contra toda evidencia, y ayer, con un hombre de más en la cancha tras la expulsión de Quansah y el estadio entero gritando que sí se podía, la evidencia parecía un detalle menor. Vi el partido entre vecinos, no podía ir al Ángel porque ya los festejos anteriores me habían pasado factura, y cuando el árbitro pitó el final, pasó algo que no me esperaba y que todavía, un día después, sigo tratando de explicarme: el Estadio Azteca, que ha abucheado a tantas selecciones nuestras, que ha despedido con silbidos a técnicos, presidentes y hasta a sus propios ídolos, se puso a aplaudir.
Llevo todo el día dándole vueltas a ese aplauso y al mundial en general. Y como no consigo explicarlo mirándolo de frente, voy a intentar explicarlo como se explican las cosas en esta ciudad: caminando hacia atrás, desandando el mes entero, porque sospecho que la respuesta no está en el partido de ayer sino en todo lo que pasó antes, en las cuatro semanas más raras y más felices que le he visto a las Calles Chilangas en mucho tiempo. Esto, pues, no es una crónica de una derrota. Es una carta de amor. Y como todas las cartas de amor que valen la pena, se escribe cuando el otro ya se fue. No quería hacer esta crónica hasta que supiera el final, porque estaba en un estado como de ensoñación, como si primero tuviera la necesidad de vivir esto y después contarlo.
Más allá del marcador: El motor humano que sostiene a un país
Las piezas mexicanas que el Museo Británico atesora desde 1753

Debo confesar algo antes de seguir, porque una carta de amor sin confesión es efímera: a mí el futbol nunca me gustó. Lo digo sin orgullo y sin culpa. Crecí a la orilla de este deporte, entendiéndolo a medias, cambiándole de canal, sospechando de un juego capaz de detener a un país entero por algo que yo no alcanzaba a ver. Villoro, de quien he aprendido mucho en estos días, escribió que el fútbol, podía interesar hasta al enemigo del futbol (con acento o sin acento), y durante años yo fui ese enemigo, o algo peor: fui el indiferente. Este Mundial me desarmó. No me convirtió en experto, sigo sin saber bien qué es un fuera de lugar y a estas alturas probablemente ya no lo aprenda, pero me hizo entender por fin lo que los aficionados sabían desde siempre y no conseguían explicarme: que el futbol casi nunca es fútbol. Es el pretexto más eficaz que ha inventado la humanidad para juntarse. Y a un torneo que logró que alguien como yo escribiera miles de palabras de amor sobre él, lo mínimo que le debo es la honestidad de admitirlo y también disculpe estimado lector o lectora, si no utilizo el término correcto, pero el sentimiento me hace escribir de forma casi automática.
Empecemos por el 11 de junio, que ahora parece lejanísimo y fue hace menos de un mes. Ese día el Azteca, aunque la FIFA haya querido llamarlo Estadio Ciudad de México, hizo algo que ningún otro estadio del mundo ha hecho: inaugurar su tercer Mundial. El primero fue en 1970, cuando el torneo estrenó la era moderna del futbol; el segundo en 1986, el de Maradona; y este, el de 2026, el más grande de la historia, con 48 selecciones y 104 partidos repartidos en tres países. También fue el primer Mundial para mí, porque aprendí lo que muchos FIFAS sienten, pero lo explicaré más adelante; llegar al estadio aquel jueves fue una odisea de la que los cronistas extranjeros se quejaron con razón y sin entender nada: la Calzada de Tlalpan cerrada, el Periférico convertido en un estacionamiento de dos horas, la señalización brillando por su ausencia. Lo que los asistentes no mexicanos no sabían es que para nosotros, eso no era una falla del sistema. Eso era el sistema. En esta ciudad nada importante ha quedado nunca cerca ni ha sido nunca fácil, y quizá por eso lo queremos tanto.
Adentro, la ceremonia fue más breve y más sencilla que las de Qatar o Brasil, unos veinte minutos apenas, y sin embargo tuvo momentos que no se me van a olvidar. Maná abrió con Oye mi amor. Los Ángeles Azules salieron con Belinda a cantar Por ella, y hubo un instante en que ochenta y tantas mil personas corearon una cumbia de Iztapalapa en el partido inaugural de una Copa del Mundo, y yo pensé que ese instante, ese exactamente, ya justificaba todo. Después vino J Balvin, y Shakira cerró con Dai Dai, el himno oficial, junto al nigeriano Burna Boy; es su cuarto Mundial poniendo la voz, y algo debe significar que la mujer que cantó el Waka Waka haya venido a abrir el Mundial, una vez más aquí. Andrea Bocelli cantó antes del silbatazo, mientras desfilaban las banderas de las 48 selecciones. Salma Hayek tomó el micrófono para decir una frase que era pura verdad histórica: el Mundial vuelve a este estadio. Y justo antes del arranque, la afición hizo lo que ningún guionista de la FIFA habría podido escribir: miles de sombreros de cartón, repartidos en las tribunas para taparse del sol, volaron al aire al mismo tiempo, una nevada de cartón verde, blanco y rojo cayendo sobre el Coloso de Santa Úrsula. La ceremonia oficial duró veinte minutos. La nuestra, la de los sombreros, duró unos segundos y fue mejor.




Luego rodó el balón. El primer jugador en tocarlo en todo el Mundial fue un mexicano, Bryan Gutiérrez, dato menor que anoto aquí porque los datos menores son mi debilidad. A los ocho minutos y treinta y seis segundos, Julián Quiñones ya había metido el primer gol, el segundo más rápido de México en toda su historia mundialista, y Raúl Jiménez remató de cabeza el segundo. Dos a cero sobre Sudáfrica. Esa noche, según datos del Gobierno de la Ciudad, alrededor de ciento cincuenta mil personas llegaron al Ángel de la Independencia. Hubo mariachi, hubo folclore y hubo, sobre Paseo de la Reforma, al Sonido La Changa poniendo a bailar a una ciudad entera. Piénselo un segundo: la FIFA trajo a Shakira y nosotros contestamos con La Changa. Ahí, esa misma noche, quedó firmado el acuerdo tácito que iba a regir todo el mes: ustedes pongan el torneo, que la fiesta la ponemos nosotros.
en esa fiesta del Ángel, entre las matracas y las banderas, apareció el personaje que mejor explica este Mundial, y no juega futbol, y ni siquiera es una persona. Es un pato. Se llama Merlín, tiene dos años, y acompaña todos los días a su dueña, que vende agua embotellada por el rumbo de la Alameda Central; el pato camina junto a ella cargando un cartelito que dice Ciel, porque en esta ciudad hasta los patos trabajan. La noche del triunfo inaugural, sus dueños lo llevaron al festejo con una playera del Tri a su medida y unos tenis de tela diminutos, y Merlín caminó tranquilamente entre cientos de miles de eufóricos, como quien ha visto cosas peores. Alguien lo grabó. A la mañana siguiente era famoso en medio mundo.
Lo que pasó después es una fábula sobre cómo funciona México. La FIFA había lanzado sus mascotas oficiales, diseñadas por comités y protegidas por abogados, y la afición las ignoró olímpicamente para adoptar a un pato que vende agua. Le hicieron su estampita apócrifa del álbum del Mundial. Afuera del estadio empezaron a venderse peluches de Merlín a ciento cincuenta pesos, llaveros de Merlín con su balón, playeras con la cara de Merlín, todo pirata, todo sin permiso de nadie, que es la única forma en que aquí se otorgan los permisos importantes. Una usuaria compartió el video de una tienda de Vancouver, Canadá, donde ya vendían figuras de patos con camisetas de las selecciones, y uno entiende que el fenómeno había cruzado fronteras. Lo que era de una marca, de pronto, fue nuestro. Y no sé quién decidió eso, sospecho que nadie, y ahí está precisamente el asunto: las cosas que de verdad nos pertenecen nunca las decide nadie. Incluso, para que la familia pudiera tener un poco de las regalías, después de salir en la mañanera y haber mordido a la Presidenta, Merlín se convirtió en marca registrada.

Con la música pasó exactamente lo mismo. La FIFA puso su himno y nosotros le impusimos a Juan Gabriel y también una canción con la frase: El Mexicano es Un Chingón. Pero con Juaga, todo empezó antes del torneo, con un video viral que presentaba la supuesta convocatoria de la selección al ritmo de Hasta que te conocí, y la canción se quedó a vivir en el Mundial como se quedan a vivir los invitados que caen bien. La noche del partido contra Ecuador, cuando una tormenta eléctrica obligó a retrasar el juego, la voz del Divo de Juárez sirvió para mantener animado al estadio bajo el aguacero, y hay algo profundamente chilango en la imagen de ochenta mil personas capoteando una tormenta a puro Juan Gabriel. Días después, antes del partido contra Inglaterra, circuló otro video, hecho con inteligencia artificial, donde Juan Gabriel aparece subiendo las escaleras de un estadio con el traje negro que usó en Bellas Artes en 1990, mientras una voz en off repite las críticas de siempre contra la selección, y llega a la cancha a cantarles a los jugadores. Yo desconfío por oficio de casi todo lo que hace la inteligencia artificial, y sin embargo confieso que ese video me conmovió, quizá porque no era una máquina hablando: era el deseo de un país usando la máquina para decir lo que siempre ha querido decir, que ni la muerte es pretexto suficiente para dejar de irle a México. Y cuando ayer todo terminó, el mejor meme de la eliminación no fue cruel sino tierno: una imagen de la Torre Latinoamericana, diciendo… Gracias. Perdimos hasta con poesía.

Pero estoy contando la fiesta y me falta el futbol, y este Mundial, contra nuestra propia costumbre, también tuvo futbol. México hizo algo que no había hecho jamás en 96 años de Copas del Mundo: una fase de grupos perfecta. Nueve puntos de nueve, tres victorias, cero goles en contra. Y como los números perfectos siempre esconden historias imperfectas, conviene contarlas una por una. Sí, tuve que aprender términos futbolísticos en menos de un mes para conseguir continuar en las conversaciones colectivas, y me siento orgulloso de mi conocimiento adquirido: nunca más veré un juego de la misma forma. Gracias FIFAS, porque ahora entiendo.
El segundo partido fue el 18 de junio, en Guadalajara, contra Corea del Sur, y fue el partido más raro del mes porque jugamos contra nuestros hermanos. Los coreanos habían llegado a la capital jalisciense desde el 5 de junio para concentrarse en Verde Valle, las instalaciones de las Chivas, y los aficionados los recibieron con porras y hasta con mariachi, como se recibe a la familia que viene de lejos. Los días previos, las dos aficiones festejaron juntas en el Fan Fest de Guadalajara, y un aficionado mexicano le dijo a una reportera de Telemundo una frase que resume el espíritu de esas semanas: más que la rivalidad del futbol, importaba la hermandad de los países. El partido en sí fue trabado y lento, tanto que hubo silbidos en la grada cuando el Tri se durmió en el ritmo conservador que Aguirre tanto dice combatir, y lo terminó resolviendo un gol de Luis Romo. Uno a cero, boleto asegurado, y las dos aficiones se fueron a seguir la fiesta juntas, porque hay derrotas que no alcanzan a estropear una amistad.
Aquí tengo que abrir un paréntesis, porque lo de Corea no fue un caso aislado y merece su propia historia. La hermandad con los coreanos viene de 2018, cuando su selección, ya eliminada, le ganó a Alemania en Rusia y con ese resultado salvó a México de quedar fuera. Aquella tarde, cientos de personas llegaron a la embajada de Corea del Sur en la Ciudad de México a dar las gracias, y la fiesta terminó con el embajador coreano cargado en hombros por la multitud, escena que sigo considerando una de las más hermosas de la historia diplomática de este país. De ahí salió el cántico que ya es patrimonio popular: coreano, hermano, ya eres mexicano. Ocho años después, cuando Corea debutó contra Chequia en Guadalajara, las gradas se llenaron de mexicanos apoyando al equipo asiático, y al despedirse del torneo la Federación Coreana de Futbol publicó un mensaje dirigido al pueblo mexicano, agradeciendo el recibimiento y deseando que este fuera por fin el año de nuestra primera Copa, que cerraba con cinco palabras que no necesitan traducción: Corea y México, hermanos para siempre.

Pero ninguna hermandad de este Mundial fue tan improbable ni tan conmovedora como la de Irán. Su historia hay que contarla despacio. La selección iraní llegó a este torneo en medio de una guerra: su campamento iba a estar en Arizona, pero Estados Unidos negó las visas a parte de su cuerpo técnico, y a los jugadores solo se les permitía cruzar la frontera el día previo a cada partido y regresar inmediatamente después, como si el futbol fuera un permiso condicional. Así fue como el equipo terminó viviendo veinte días en Tijuana, hospedado en un hotel de la ciudad y entrenando en el Estadio Caliente, la casa de los Xolos. Y Tijuana, que sabe mejor que ninguna otra ciudad del mundo lo que significa vivir pegado a una frontera que te mira con desconfianza, hizo lo que sabe hacer: los adoptó. Los aficionados se plantaban afuera del hotel a pedir autógrafos, acompañaban los entrenamientos, se tomaban fotos con Mehdi Taremi, y cuando Irán jugó contra Bélgica en Los Ángeles, cientos de mexicanos llegaron al estadio con banderas iraníes, a echarle porras a un país con el que no compartimos idioma, ni religión, ni continente, ni nada, salvo la certeza de saber lo que se siente que el vecino del norte te trate mal.
Irán quedó eliminado de la manera más cruel que permite este deporte: tercero de su grupo con tres empates, con el boleto en la mano hasta que Austria empató en la última jugada de otro partido, a cientos de kilómetros, y se lo arrebató sin tocarlo. Esa noche, los tijuanenses volvieron al hotel, ahora a despedirlos. La delegación respondió con un mensaje donde agradecía el amor recibido, decía haberse sentido acompañada en medio de las injusticias y declaraba a México segunda casa de los iraníes, con las puertas de su país abiertas para nosotros. Días antes, la embajada había difundido un video de agradecimiento animado al estilo de las figuras de LEGO, con una canción cuya letra dice más sobre este Mundial que todas las estadísticas juntas: «no hay política en tus ojos, solo humanidad brillando bajo el cielo mexicano». Yo no sé qué va a quedar de este torneo en los libros de historia del futbol. Pero sospecho que en los libros de historia a secas, si alguien los escribe bien, debería quedar esto: que en 2026, mientras dos gobiernos negociaban el fin de una guerra, una ciudad fronteriza mexicana le dio casa al equipo del país bombardeado, y que la despedida fue con lágrimas de los dos lados.

Y no fueron solo ellos. Terminada su participación, la embajada de Japón difundió un video encabezado por el embajador Kozo Honsei anunciando que el pueblo japonés, y él mismo, apoyarían a la selección mexicana durante el resto del Mundial. De la delegación de Marruecos, que estuvo concentrada en territorio nacional, el portero Yassine Bounou elogió la pasión de la afición mexicana y calificó el ambiente como una experiencia única. Nos dieron venganza por aquel mítico no era penal contra Holanda y nos esperan en el siguiente mundial, donde gracias a ellos, estaremos nuevamente en casa.
Hasta una escocesa que jamás ha pisado México le explicó a la revista Proceso, antes del partido contra Inglaterra, que nos iba a echar porras por razones históricas que cualquier escocés entiende sin necesidad de elaborar. Los analistas llamaron a todo esto una victoria cultural, que es una manera elegante de decir lo que en la calle se dijo más simple: que el Mundial se organizó en tres países, pero la casa fue esta. Y uno, que creció escuchando que los mexicanos somos malinchistas, que preferimos siempre lo de fuera, se pasó junio descubriendo el fenómeno exactamente inverso: medio mundo queriendo ser de aquí, en mi casa, nuestra casa y la casa de todas y todos los que vienen a visitarnos.
Y falta el noviazgo, porque lo de Colombia ya no alcanza a describirlo la palabra hermandad. Este Mundial, conviene recordarlo, se inauguró en México con dos colombianos cantando: Shakira puso el himno oficial y J Balvin encendió al Azteca, y a nadie aquí le pareció raro, porque hace años que entre los dos países la música, la comida y la manera de querer y de sufrir circulan sin pedir visa. La noche del 17 de junio, cuando Colombia debutó goleando a Uzbekistán en esta misma ciudad, fueron los colombianos quienes tomaron el Ángel de la Independencia para festejar, y la ciudad se los prestó con gusto, fue la primera vez que lo prestamos a alguien más, como se presta la sala de la casa a los primos; ahí anduvimos también nosotros, celebrando goles ajenos como propios, que es la definición más exacta del amor que conozco. Que el goleador de nuestra selección haya nacido allá no es una coincidencia: es la fe de bautizo de ese romance. Y lo escribo, además, con conocimiento de causa, porque en mi casa ese noviazgo es literal: hace años que amo a un colombiano, me puse la playera de Colombia, como mi familia allá, se puso la de México, entendí más que nunca al Gabo y a Mutis; pero además, este mes entendí que lo que nos pasa a nosotros dos en la sala les pasa también a los dos países en la calle. Si este Mundial hubiera durado otro mes, acabamos poniendo fecha para la boda entre los países. Gracias familia, se siente bonito ser de México y Colombiano a la vez, porque las mariposas amarillas y el águila real, son una gran relación, nunca olvidaré esto. Nuevamente, gracias FIFAS, porque no pensé que iría a un solo partido y acabé amando el ir al estadio y apoyar a mi Sele, fuera amarilla o verde, los mexicanos hicieron que los colombianos se sintieran en casa y Quiñones sólo nos recordó, que los mexicanos nacemos donde se nos da la chingada gana.

Y de esos festejos compartidos salió, además, el invento coreográfico del torneo: el quiere volar. No me tocó volar, básicamente por miedo, pero, fue algo que nació espontáneamente después del triunfo inaugural, sin autor conocido, como nacen aquí las mejores cosas: un grupo rodea a un aficionado, corea quiere volar, quiere volar, y lo lanza por los aires entre carcajadas. En cuestión de días ya se hacía en el Fan Fest de Guadalajara y en el de Monterrey, ya se lo hacían a turistas extranjeros que aceptaban volar entre desconocidos, ya lo replicaban los programas de televisión, y los informes de la Policía y Gobierno emitían comunicados pidiendo prudencia, con ese tono de papá resignado que ya sabe que nadie le va a hacer caso. Hubo hasta un señor que celebró el nacimiento de su hija cantándole quiere volar a la recién nacida sobre una cobija, con toda la delicadeza del caso, y el video conmovió al país. Un antropólogo diría que inventamos un rito de levitación colectiva; yo digo que después de tantos años de agachar la cabeza, a este país le dieron ganas de aventar a su gente para arriba, y eso también hay que saber leerlo.
El tercero fue el 24 de junio, de regreso en el Azteca, contra Chequia, que necesitaba ganarnos ante 85 mil personas para seguir viva. No ganó, fuera de las canchas odiábamos a los Chechos, incluso Checo Perez pensó en cambiarse de nombre, el meme, una vez más se volvía cano. Pero Mateo Chávez abrió el marcador al minuto 54 con una definición precisa y Quiñones amplió al 60; cayó un tercero y el tres a cero selló la marca perfecta. Para este momento, ya me sentía uno de los que llevamos años coleccionando decepciones, leíamos la tabla con la desconfianza del que ha sido estafado muchas veces por el mismo vendedor. Pero la tabla no mentía: líder del grupo, invicto, imbatido, y con el boleto para jugar la eliminación directa en casa.

Y luego vino el 30 de junio, el partido contra Ecuador, y ahí sí pasó algo que merece quedar escrito con todas sus letras: México ganó un partido de eliminación directa en un Mundial. Léalo dos veces si hace falta. Cuarenta años llevábamos sin hacerlo, cuarenta años de octavos de final perdidos en Estados Unidos, en Francia, en Corea, en Alemania, en Sudáfrica, en Brasil, en Rusia, esa letanía de países que los mexicanos de mi generación recitamos como se recita una lista de exnovios que nos rompieron el corazón. Aquella noche, ante 80,824 almas y después de la tormenta y de Juan Gabriel, Quiñones abrió el marcador al minuto 22 y le sirvió a Jiménez el segundo. Dos a cero. La maldición de la eliminación directa, rota en casa. La afición eligió a Quiñones como el mejor jugador del partido, y el país entero se fue a dormir creyendo, ahora sí con argumentos, que el famoso quinto partido existía y tenía fecha: el domingo 5 de julio, contra Inglaterra.

De Ecuador no hablaré más, porque su odio, no colmulgó con los millones de mexicanos que no aceptamos que nos vengan a tratar mal a nuestra propia casa, seguramente dirán que mi nacionalismo no me permite ser autocrítico, pero… nunca voy a permitir que me digan que tratamos mal, a quien nos trató mal primero.
Seguimos en temas dolorosos. Del domingo ya conté el final, pero el final no le hace justicia al partido. México le jugó de tú a tú a una potencia cuya plantilla, según algunos sitios, vale mil trescientos sesenta millones de euros contra los ciento noventa y dos de la nuestra; siete veces más, un dato que debería habernos calmado de antemano y que por supuesto no le importó a nadie en este país, empezando por mí. Bellingham nos madrugó con dos goles en dos minutos antes del descanso, primero de cabeza tras un centro de Saka y luego a pase de Kane, y cuando el estadio todavía procesaba el golpe, Quiñones descontó con una volea dentro del área. En la segunda mitad, Kane amplió de penal, Quansah fue expulsado tras revisión del VAR por una entrada sobre Gallardo, Jiménez acercó desde los once pasos, y los últimos minutos fueron un asedio con el marco de Pickford defendido a manotazos y una pelota sacada en la línea que voy a seguir viendo entrar en mis sueños durante años. Tres a dos. Javier Aguirre, en el que fue probablemente su último partido al frente del Tri, porque ya se anunció que Rafael Márquez tomará su lugar, lo resumió con una honestidad que casi duele: son un gran equipo y nosotros hicimos lo que pudimos.



Y hay que hablar de ellos, de los que jugaron, porque esta selección tuvo personajes que parecen escritos por un guionista con debilidad por el simbolismo. Si tuviera que resumirse en un solo cuerpo, sería el de Raúl Jiménez, que trae una placa de titanio en la cabeza. Para mis amigos, ese era un dato común, un hombre con una placa de titanio, jugando y metiendo goles, perdí la cuenta de las veces que escuche o dije… y mira, juega así con una placa en la cabeza. Pero hay que contar por qué. El 29 de noviembre de 2020, jugando con el Wolverhampton, chocó de cráneo contra el defensa David Luiz; la fractura y el derrame lo tuvieron al borde de la muerte, los médicos calificaron su supervivencia de milagro y su regreso a las canchas, 336 días después, se dio con la diadema protectora que desde entonces es su sello. Jiménez había ido a cuatro Mundiales sin meter un solo gol, y a este llegó cargando además otro duelo: su padre murió en marzo, tres meses antes del torneo, y Raúl le había prometido un gol mundialista. El 11 de junio, en el partido inaugural, lo cumplió, y lo cumplió de cabeza, con esa misma cabeza rota y soldada que casi le cuesta la vida; corrió hacia donde estaba su familia, hizo un corazón con las manos, señaló al cielo y se soltó a llorar frente a ochenta mil personas. Dijo después que de sus más de doscientos goles como profesional, ese era el más anhelado. Luego marcó el segundo contra Ecuador y el penal contra Inglaterra, y cuando todo terminó, en lugar de encerrarse en su propio duelo, fue el primero en cruzar la cancha a abrazar al Morita, que lloraba en el círculo central. A los 35 años, el Lobo de Tepeji jugó su Mundial perfecto en el peor año de su vida, y nos enseñó de paso la única definición de entereza que hace falta: meter goles con la cabeza que te rompieron, en nombre del padre que ya no los vio.

Luego está Julián Quiñones, que anotó en cuatro de los cinco partidos: el primer gol del Mundial entero a los ocho minutos y medio contra Sudáfrica, el segundo contra Chequia, el que abrió el marcador contra Ecuador y la volea contra Inglaterra. El goleador de México en su Mundial no nació en México: nació en Colombia, en Nariño, y eligió esta camiseta como se eligen las cosas importantes, de adulto y sabiendo lo que se hace. Hay quien todavía le reprocha el acento. Yo pienso lo contrario: que un país al que históricamente se le van los hijos a buscar vida a otra parte haya producido, por una vez, la historia inversa, la de alguien que vino de fuera a dejarse la vida por este escudo, me parece uno de los mejores regalos del torneo. Quiñones es la prueba de que mexicano también es el que decide serlo, Chavela Vargas estaría muy orgullosa.
Después está el niño. Se llama Gilberto Mora, le dicen el Morita, nació en Tuxtla Gutiérrez hace 17 años y se formó en los Xolos de Tijuana, donde debutó en primera división a los 15. Cuando Aguirre lo puso de titular contra Ecuador, se convirtió en el segundo jugador más joven en arrancar un partido de eliminación directa en la historia de los Mundiales; el primero es un tal Pelé, que lo hizo en 1958 con veinte días menos de edad. Léalo otra vez: la lista es Pelé y luego el Morita, un muchacho que según sus entrenadores es apasionado de las matemáticas y llega a entrenar a las siete de la mañana y que según los memes, le pedía permiso a su mamá para que lo dejara jugar otro partido del Mundial. El año pasado, al recibir su primera convocatoria, dijo que su sueño era jugar el Mundial de 2026 aquí, en México. Lo cumplió, y hasta metió gol en la fase de grupos. Cuando el árbitro pitó el final contra Inglaterra, Mora se quedó parado en el centro de la cancha, se tapó la cara con las manos y se soltó a llorar, y el primero en abrazarlo fue Jiménez, pero el gesto que le dio la vuelta al mundo fue otro: Bellingham, el verdugo de la noche, cruzó la cancha para consolarlo. Los ingleses se llevaron el partido. Nosotros nos quedamos con la certeza de que ese niño llorando va a estar en los próximos cuatro Mundiales, y de que su primer recuerdo mundialista será este estadio lleno queriéndolo.

Y estaba el que se despedía. Guillermo Ochoa llegó a este torneo con 40 años y una marca que ningún portero había logrado jamás: seis Copas del Mundo, las mismas que Messi y Cristiano. La primera fue en Alemania 2006, dos años antes de que naciera el Morita; los aficionados hicieron con eso una mina inagotable de bromas, y el propio Memo les siguió el juego publicando un video donde ya había puesto a dormir a su niño. Ochoa no fue titular en este Mundial; el arco fue de Raúl Rangel, como debe ser, porque el futbol no tiene piedad ni con sus leyendas. Pero la noche del 24 de junio, contra Chequia, Aguirre lo mandó a la cancha al minuto 78, el Azteca entero se levantó a ovacionarlo, y al final sus compañeros lo cargaron y lo lanzaron al aire, que visto lo visto era la máxima condecoración que este país podía otorgar en junio de 2026. Memo recorrió la cancha con su familia, llorando, y días después escribió que seguía asimilando todo lo que significó esa noche. Veinte años atajando los penales de nuestras pesadillas, y le tocó despedirse en casa, volando.
Y detrás de ellos estuvo el coro, que también merece su línea. Raúl Rangel, el portero de Chivas que le ganó la titularidad a una leyenda y respondió con un arco imbatido en toda la fase de grupos, tres partidos sin recibir gol, hasta que Inglaterra le cobró cara una salida; Luis Romo, que resolvió la tarde más trabada del mes con el gol de Guadalajara; Mateo Chávez, que abrió el partido contra Chequia; Bryan Gutiérrez, dueño para siempre de un dato de sobremesa: el primer toque de balón de todo el Mundial 2026 fue suyo. Ninguno de ellos va a tener estatua, pero las selecciones que uno recuerda con cariño no se recuerdan por sus estatuas: se recuerdan completas, como las fotos de familia, donde importa tanto el que sale al centro como el que apenas alcanzó a asomarse en la orilla.

Hay, además, una simetría en esta derrota que no puedo dejar pasar, porque las ciudades guardan memoria aunque nosotros la perdamos. Fue Inglaterra. Fue en el Azteca. En ese mismo estadio, en ese mismo césped, hace cuarenta años, Maradona le hizo a Inglaterra el mejor gol de la historia de los Mundiales; el propio Nery Pumpido, de visita ahora en el estadio, lo recordó señalando el arco: en este arco, dijo, Diego hizo el mejor gol de todos los tiempos. Cuarenta años después, en la misma cancha donde Inglaterra recibió su herida más famosa, Inglaterra nos dejó la nuestra. No sé si eso significa algo. Probablemente no signifique nada. Pero llevo veinticuatro horas sin poder dejar de pensarlo, y he aprendido que las cosas en las que uno no puede dejar de pensar suelen ser las que están tratando de decirnos algo.
Juan Villoro escribió en Dios es redondo, que el juego sucede dos veces: en la cancha y en la mente del público. Llevo todo el día pensando también en esa frase, quizá porque es la única que le queda a la medida a este mes. En la cancha, el saldo es conocido: cuatro victorias, una derrota, novena posición, otra vez sin quinto partido, el peor resultado de nuestros tres Mundiales en casa, porque en 1970 y en 1986 al menos llegamos a cuartos, antes de que Italia nos goleara en Toluca y Alemania nos eliminara en los penales de Monterrey. Pero en la otra cancha, la que no aparece en las estadísticas, este fue el mejor Mundial de nuestras vidas, y me atrevo a escribirlo así, sin matices, yo que desconfío de mis propias conclusiones como de las promesas de campaña.
En ese mismo libro, Villoro cuenta que él le va al Necaxa, el equipo al que iba de niño con su padre, el filósofo Luis Villoro, y que casi nunca gana nada. Lo dice con una fórmula que envidio desde que la leí: Dios es redondo pero casi nunca le va al Necaxa. Su lealtad no depende de los trofeos porque uno no elige equipo: lo hereda, como se hereda un apellido o una forma de hacer los frijoles. Con la selección nos pasa igual, aunque tardemos en admitirlo. Nadie le va a México porque convenga. Le vamos porque nos tocó, y porque irle a México es, entre otras cosas, una manera de seguir sentados junto a los que ya no están, en sillones que ya no existen, frente a televisores que ya se tiraron. Hace unas semanas, en mayo, Villoro inauguró en El Colegio Nacional una exposición sobre la selección y sus públicos, armada con un centenar de fotografías del archivo de El Universal, y en la conferencia de prensa dijo algo que entonces sonó a ocurrencia y hoy suena a profecía: que si existiera un mundial de aficiones, México llegaría a la final. Yo creo que esa final se jugó este mes, en el Zócalo donde 45 mil personas llenaron el fan fest desde el primer día, en la Alameda de Merlín, en la Reforma desbordada de gente, en los puestos de Monterrey donde una vendedora de playeras despachó sesenta de un jalón a un solo cliente. Y no estoy seguro de que la hayamos perdido.
Los sociólogos tienen nombres para lo que sentimos. Durkheim lo llamó efervescencia colectiva: la emoción que vale no por sí sola, sino por sentirla juntos. Un antropólogo llamado Victor Turner le puso communitas a ese paréntesis en que las jerarquías se suspenden y todos, por un rato, podemos ser iguales. Yo prefiero decirlo de otro modo, aunque sea menos preciso y seguramente menos científico: durante un mes, el desconocido del metro dejó de ser un desconocido porque traía la misma camiseta que yo. El señor de los tacos discutía alineaciones con el oficinista que nunca lo saluda. La vecina que no me dirige la palabra puso una bandera en su balcón y al verme con la playera de México, por fin me dijo buenos días. En una ciudad donde nos enseñaron a desconfiar del otro, donde el otro es primero una amenaza y después, con suerte, una persona, un mes así no es un detalle. Es casi lo contrario de todo lo demás.

Quizá por eso aplaudió el Azteca. No aplaudía el resultado, obviamente; tampoco creo que aplaudiera solo el esfuerzo, que es lo que se aplaude cuando no hay nada mejor que aplaudir. Aplaudía, sospecho, el habernos encontrado. Aplaudía al pato y el quiere volar, a Juan Gabriel y al sinfín de remixes que no dejan de sorprenderme, a los sombreros de cartón volando en el Azteca, a la tormenta capoteada a puro Hasta que te conocí y el grito de: El Mexicano Es un Chingón, a los nueve puntos perfectos y a la maldición rota, a la cabeza soldada de Jiménez, a las lágrimas del Morita y a Memo volando por los aires, a las embajadas y visitantes, los coreanos en hombros y al japonés en video, a los colombianos bailando en nuestro Ángel, a las dos horas de tráfico que valieron cada minuto. Aplaudía que durante un mes fuimos, aunque fuera de prestado, un mismo nosotros, y eso nadie nos lo va a descontar en la tabla general.
El Mundial sigue, pero ya no aquí. Los trece partidos que le tocaron a México ya se jugaron todos, entre esta ciudad, Monterrey y Guadalajara, y el torneo se mudó al norte, como se mudan tantas cosas. La final será el 19 de julio en Nueva Jersey y la veremos, claro que la veremos, porque una cosa es que se haya acabado nuestro Mundial y otra muy distinta es que vayamos a perdernos un partido. Pero esta mañana, caminando por mi rumbo, con las banderas todavía colgadas en los balcones porque nadie ha tenido el corazón de quitarlas, entendí que lo que se fue no va a volver pronto, que la próxima vez que este país organice un Mundial es probable que yo ya no esté para contarlo, y que por eso había que escribir esta carta hoy, con el duelo fresco, antes de que la memoria empiece a hacer su trabajo de edición.
Cuarenta años sin quinto partido y aquí seguimos, queriendo a esta selección de todos modos, heredándosela a los hijos como quien hereda una deuda o una casa, y empiezo a sospechar que eso no es terquedad ni masoquismo, sino la forma más honesta de patriotismo que tenemos a la mano: la que no depende del resultado. Dios es redondo, escribió Villoro, aunque casi nunca le vaya a su equipo. Hoy la Ciudad de México, que amaneció callada, con los peluches de un pato todavía colgados en los puestos y las banderas todavía en los balcones, sabe exactamente a qué se refería.




Hoy las Calles Chilangas empezaron a desmontar la fiesta, que es un oficio en el que también somos potencia mundial. Los puestos de afuera del estadio ya rebajaron los peluches, las lonas de las pantallas gigantes ya se enrollan, la Calzada de Tlalpan volverá a ser la Calzada de Tlalpan, es decir, un problema nuestro y de nadie más. Supongo que Merlín ya andará otra vez por la Alameda con su cartelito de Ciel, vendiendo agua sin cámaras alrededor, aunque ahora como marca registrada, porque hasta eso tuvo de mexicana su historia: un vivales intentó registrar su nombre ante el IMPI antes que sus dueños, el asunto llegó a la mañanera, el gobierno intervino, y la señora que vende agua terminó recibiendo el título de manos de Ebrard, con el pato de invitado en Palacio Nacional. El país de la piratería protegió a su pato de la piratería, y en esa frase cabe entera nuestra idea de la justicia. La fama pasó y la chamba sigue, que es más o menos el lema no escrito de esta ciudad desde hace quinientos años. Aquí las fiestas grandes siempre han terminado así, sin discursos de clausura, con alguien barriendo el confeti al día siguiente y preguntándose si de verdad pasó lo que pasó. Pasó. Tenemos los videos, tenemos las estampitas apócrifas, tenemos el oído todavía zumbando, hasta nos contagiamos de covid, por festejar.
Y tenemos, sobre todo, a los niños. En algún departamento, casa y escuelas de esta ciudad hay un niño ó niña, de cualquier edad, que vivió estas semanas como su primer Mundial, que seguramente aventó su sombrero de cartón al aire el 11 de junio sin saber que estaba participando en la mejor ceremonia del torneo, que le lloró a Inglaterra su primera lágrima futbolera. Ese niño no lo sabe todavía, pero le acaba de pasar lo que a Villoro le pasó en las tribunas del Necaxa junto a su padre: le acaban de instalar, sin pedirle permiso, el recuerdo contra el que va a comparar todo lo que vea el resto de su vida. En 2050 va a aburrir a sus nietos contando que él estuvo, que él lo vio, que había un pato, y los nietos no le van a creer lo del pato, y él va a tener que buscar los videos para demostrarlo. Nosotros fuimos espectadores de este Mundial, pero para alguien más fuimos otra cosa: fuimos su infancia. Ese cargo no aparece en el organigrama de la FIFA y es el único que dura para siempre.
Así que termino como se terminan las cartas de amor, hablándole directamente al que se fue:
Querido Mundial: perdón por el tráfico y la desorganización, ya sabías a qué venías. Gracias por los treinta días, por los memes y los remixes, por la tormenta con Juan Gabriel, por los festejos en el Ángel y los Fan Fest, por nuestra novia Colombia, pero también por los hermanos coreanos y los hermanos iraníes, gracias a todas las naciones que voltearon a ver a México y no vieron solamente lo malo, tuvieron la oportunidad de ver que nuestra casa tiene las puertas abiertas; gracias por los goles y por Quiñones y Morita. Te vas a Nueva Jersey y no te guardamos rencor; entendemos que lo tuyo es irte, siempre ha sido irte. Solo queremos que sepas una cosa, y te la decimos sin reparos, con la serenidad de una ciudad que ha visto pasar imperios: de las tres veces que has venido a esta casa, ninguna te hemos quedado a deber fiesta. Cuando quieras volver, aquí va a estar el Azteca, y aquí vamos a estar nosotros, un poco más viejos y exactamente igual de ilusos. No hace falta que avises. Nomás llega, que en esta ciudad, como todo el mundo sabe, nuestra casa es tu casa. Gracias Mundial, pero también gracias México, lo hicimos muy chingón.