En la esquina suroeste de Pino Suárez y República de El Salvador, en el Centro Histórico, sobresale a nivel de banqueta una colosal cabeza de serpiente mexica tallada en piedra volcánica. La pieza está incrustada en la fachada del que fuera el Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya, hoy Museo de la Ciudad de México, en el mismo punto donde se conserva desde hace siglos.
Pocos saben que esta pieza no llegó ahí en el siglo XVIII, como suele contarse. Ya formaba parte de la primera casa que Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés, levantó en ese solar a partir de 1536, sobre un terreno que había recibido en 1528, poco después de haber sido gobernador de Cuba y de asumir el cargo de corregidor de Texcoco. El nombre de condes le llegaría a la familia hasta 1616, cuando el rey Felipe III otorgó a sus descendientes el título de condes de Santiago de Calimaya.
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Cuando el arquitecto Francisco Guerrero y Torres remodeló por completo el inmueble hacia 1777, no descubrió la escultura: la conservó y la usó como piedra angular en la esquina del nuevo palacio, según documenta el propio Museo de la Ciudad de México. Para entonces, Guerrero y Torres era uno de los arquitectos más reconocidos del barroco novohispano, autor también de la Capilla del Pocito en la Villa de Guadalupe.
Esa esquina llegó prácticamente intacta hasta el siglo XX. El inmueble fue reconocido patrimonio nacional en 1931 y, tres décadas más tarde, con la remodelación de Pedro Ramírez Vázquez que le dio forma al actual museo, la serpiente permaneció justo donde Guerrero y Torres la había dejado casi dos siglos antes. Hoy, miles de personas cruzan esa esquina camino al Zócalo sin advertir que caminan junto a un fragmento de la primera casa virreinal construida en ese punto de la ciudad.

