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La mansión maldita de Polanco

Distintas versiones coinciden en que parte de la fachada original se conservó, aunque el destino final de los interiores que una vez recorrieron Buñuel, su elenco y, por una tarde, Marilyn Monroe, sigue sin quedar del todo claro.

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Donde hoy corre la calle Homero, en Polanco, hubo alguna vez una avenida llamada Rocafuerte, y sobre ella, entre 1942 y 1944, se levantó una residencia construida para impresionar. La mandó edificar Maximino Ávila Camacho, hermano del entonces presidente Manuel Ávila Camacho. Contrató para el proyecto a Manuel Giraud Esteva y a Fernando Parra Hernández, los arquitectos que poco antes habían construido la residencia oficial de Los Pinos. El resultado fue un predio de más de cinco mil metros cuadrados que ocupaba media manzana, con una fuente y un jardín amplio al frente, todo pensado para desbordar opulencia.

La inauguró en 1944 con una fiesta memorable, pero apenas un año más tarde murió, en circunstancias que nunca se explicaron del todo y que alimentaron desde entonces el rumor de que había sido envenenado. La casa pasó luego a la familia Jáuregui y después al general Raúl López Sánchez, quien había sido gobernador de Coahuila y secretario de Marina.

Fue esa misma casa la que Luis Buñuel eligió para filmar, entre enero y marzo de 1962, «El ángel exterminador», la historia de un grupo de aristócratas que, tras una cena, se descubre incapaz de salir del salón donde se encuentra. Buñuel no llegó convencido: hubiera preferido rodar en Francia, donde imaginaba palacios más auténticos y aristócratas más creíbles, y llegó a poner reparos hasta por las servilletas que aparecerían en la cena filmada. Fueron Silvia Pinal, protagonista y coproductora de la cinta, y su esposo Gustavo Alatriste quienes lo persuadieron de filmar en México y quienes finalmente dieron con esta residencia de Polanco, lo bastante parecida a lo que el director tenía en la cabeza.

El rodaje fue, para el elenco, tan incómodo como la trama que representaban. Jacqueline Andere, quien entonces tenía veinte años, recordó que en el foro «nos despeinaban, nos iban rasgando la ropa» para que lucieran como un grupo de náufragos, y que después pasaban horas untados de miel y tierra para simular el deterioro de sus personajes. En medio de ese ambiente llegó, en febrero de 1962, una visita que nadie esperaba: Marilyn Monroe, de paso por México, pidió conocer a Buñuel y se presentó en el set. Ahí saludó al director, conversó con el fotógrafo Gabriel Figueroa y se tomó fotografías con varios miembros del reparto. Silvia Pinal, cubierta de miel y tierra para la escena que filmaban en ese momento, decidió mantenerse lejos: contó después que prefirió esconderse antes que dejarse ver así frente a la actriz, cuya sola llegada bastó para desatar el revuelo de todos los presentes.

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El apodo de «mansión maldita» con el que hoy se conoce a la casa no viene de un solo episodio, sino de la suma de varias coincidencias inquietantes. Está, primero, el destino de su dueño original, muerto apenas un año después de estrenar la residencia y bajo sospecha de haber sido envenenado. Está también la propia película, cuya atmósfera de encierro, hambre y desesperación quedó impresa en las paredes de mármol donde se filmó, al grado de que el nombre de la cinta terminó por contagiarse a la casa real. Y está, más tarde, la suerte del propio edificio, que con el paso de las décadas quedó literalmente atrapado entre los condominios que crecieron a su alrededor, como si la ciudad hubiera decidido repetir sobre la mansión el mismo encierro que Buñuel le impuso a sus personajes.

La casa no dejó el cine después de Buñuel. En 1983 volvió a aparecer en pantalla como sede ficticia de la embajada soviética en «El juego del halcón», protagonizada por Sean Penn, y años más tarde prestó sus muros para el video musical de «Si no es ahora», de Timbiriche. Entre una producción y otra tuvo etapas menos glamorosas: ahí operó durante un tiempo una productora de cine, más tarde ocupó sus oficinas la firma cosmética Yves Rocher, y finalmente el espacio se convirtió en centro de capacitación de la aseguradora MetLife.

A finales de los años sesenta, ya sin su marido, la dueña de la casa optó por deshacerse del jardín frontal, un espacio de más de dos mil metros cuadrados que con el tiempo se convirtió en varios predios distintos, ocupados hoy por otras casas y edificios. Sin ese jardín como amortiguador, la mansión quedó desde entonces oculta en medio de la manzana, invisible desde la calle Homero, y por eso mucha gente cree hasta la fecha que ya no existe. En 2016, un grupo de inversionistas compró lo que quedaba del terreno para construir ahí un desarrollo más denso de departamentos, y la vieja residencia acabó encajada entre dos edificios nuevos, apenas visible desde la calle. Distintas versiones coinciden en que parte de la fachada original se conservó, aunque el destino final de los interiores que una vez recorrieron Buñuel, su elenco y, por una tarde, Marilyn Monroe, sigue sin quedar del todo claro.

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