En el cruce donde hoy el tráfico de la Avenida Ejército Nacional rodea al Club Deportivo Mundet, no queda ninguna señal de lo que ahí ocurrió a partir del 2 de mayo de 1950. En ese terreno se levantó el Autocinema Lomas, el primer espacio de su tipo en la Ciudad de México y, de acuerdo con su propia publicidad, el primero en toda América Latina. Ningún letrero lo recuerda.
Quien llegaba en su automóvil pagaba ocho pesos por pareja en la entrada, dos pesos más por cada adulto adicional y uno por cada niño, una tarifa más alta que la de los autocinemas que abrirían después en la misma ciudad. Adentro, el auto avanzaba hacia un espacio ordenado frente a una pantalla gigantesca, y la experiencia se completaba con un menú que se alejaba de la dulcería tradicional: mariscos, pasteles, helados, empanadas, pollo a la parrilla y filete llegaban hasta la ventanilla.
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El sonido llegaba desde una bocina individual instalada en un poste junto al auto, como ocurría en el resto de los autocinemas de la época, y había que bajar el cristal de la ventanilla para escucharla con claridad. Frente a la pantalla se acomodaban decenas de vehículos, cada uno con su propia versión de la misma noche: familias completas, parejas en su primera cita, algún curioso que solo quería probar la novedad de ver cine sin salir del coche.
Detrás de esa escena había una ciudad que empezaba a organizarse alrededor del automóvil. Eran los años de una clase media, distinta a la de ahora, que todavía podía comprar una casa en zonas como Ciudad Satélite, y el modelo del autocinema llegó a México como una apuesta comercial que copiaba el patrón estadounidense, no como una necesidad cultural. La cartelera, sin embargo, no incluía los estrenos del cine mexicano de esos años, entonces uno de los más productivos de su historia, porque la Compañía Operadora de Teatros, dueña de las salas tradicionales, se quedaba con los estrenos nacionales para recintos como el Cine Alameda y dejaba a los autocinemas las cintas que ya habían circulado.
Al Autocinema Lomas le siguieron el Lindavista, en 1957, y el Satélite, en 1959, además del Del Valle, sobre Avenida Universidad, cerca de Coyoacán. Entre los cuatro llegaron a reunir, en una sola función, hasta quinientos automóviles frente a la pantalla. El Satélite fue el que más se sostuvo, hasta cerrar en la década de los noventa. El terreno donde estuvo el Del Valle es hoy la sede de Cinépolis Universidad.
Del Autocinema Lomas no quedó ni siquiera una fecha de cierre. A diferencia del Del Valle, cuyos anuncios dejaron de publicarse en julio de 1972, o del Satélite, documentado hasta 1991, el primer autocinema de la ciudad se apagó sin que ningún archivo consultado registrara el día exacto. Sobre el terreno de Ejército Nacional donde alguna vez cientos de parabrisas miraron hacia la misma pantalla, hoy no queda ningún rastro visible de lo que fue.
