
En una fotografía tomada cerca de 1900 y resguardada por The Latin American Library, un ataúd está colocado sobre el empedrado del Zócalo, a unos pasos de las vías. Junto a él esperan varias personas con sombrero y rebozo. Al fondo se distinguen los arcos del Portal de Mercaderes y, sobre la calle, los cables del tranvía eléctrico. La escena hoy parece extraña, pero en la capital de aquellos años era común: para llegar al panteón, los muertos no viajaban en carroza de motor, sino en tranvía.
El origen de esta costumbre está en las Leyes de Reforma. En 1859, el gobierno de Benito Juárez secularizó los cementerios y dejó de permitir los entierros en los templos. En 1871, el Ayuntamiento prohibió abrir nuevos panteones dentro de la ciudad. Los camposantos se trasladaron a terrenos alejados del Centro, como La Piedad, el Francés y el de Dolores. Con los panteones a varios kilómetros, las familias necesitaban un medio para llevar al difunto y a sus acompañantes.
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Las líneas de tranvía, entonces tiradas por mulas, ofrecieron una solución. Una nota publicada en 1887 por el diario estadounidense Cincinnati Enquirer aseguraba que, al abrirse las líneas, el empresario Gayosso compró las carrozas de la ciudad y mandó construir carros fúnebres adaptados a los rieles. En la década de 1890, la Compañía de Ferrocarriles del Distrito Federal, que controlaba la red, tenía una treintena de carros para este servicio, y a finales de 1899 la flota funeraria ya sumaba 90 unidades entre eléctricas y de mulitas
El Zócalo era el punto de partida natural. Viajeros de finales del siglo XIX anotaron que todas las líneas salían de la plaza principal y regresaban a ella. Por eso, según la Electric Railway Review en 1908, no era raro ver cinco o seis funerales salir de la plaza uno detrás de otro, cada uno formado por uno a tres carros. Como el convoy solo podía recoger al difunto donde había rieles, se recomendaba velarlo en una casa cercana a las vías o esperar su paso en la calle, como hace el grupo de la fotografía.
La electricidad llegó en 1900. En enero de ese año, Porfirio Díaz inauguró la primera línea de tranvías eléctricos, que iba de Indianilla a Tacubaya. En noviembre, durante la temporada de Día de Muertos, comenzó a funcionar la ruta eléctrica hacia el Panteón de Dolores, y uno de los primeros tranvías eléctricos llegó hasta sus puertas.
El servicio tenía tarifas para cada bolsillo. La revista de 1908 describía funerales de primera clase, de segunda y gratuitos, con un precio que dependía de la decoración del carro. El carro fúnebre era una plataforma techada, sostenida por cuatro postes y pintada de negro o de blanco, con una base elevada al centro para el féretro y las flores; detrás iban uno, dos o tres remolques con los deudos. La nota de 1887 señalaba que los carros para niños eran blancos. Para los funerales más costosos, la compañía tenía dos carros de lujo, llamados carrozas, con un espacio al frente para el ataúd y asientos detrás. En el otro extremo estaba el carro gratuito para personas sin recursos o sin identificar: un vagón cerrado con doce compartimentos, pagado por el gobierno, que recorría la ruta dos veces al día.
El negocio siguió creciendo. En 1906, año en que la Compañía de Tranvías de México, de capital canadiense, tomó el control de la red, el inventario incluía 28 carros funerarios eléctricos y 51 de mulitas. Para 1925 todavía operaban 29 carros funerarios y 27 remolques del mismo tipo. Con la llegada de los automóviles, las carrozas motorizadas empezaron a ocupar su lugar, porque podían llegar a cualquier calle. En enero de 1931, la prensa informó que la empresa, desde sus oficinas en Toronto, había ordenado suspender los trenes funerarios por la caída en la demanda. Desde entonces, los cortejos de la ciudad siguen a una carroza de motor, y escenas como la de la fotografía solo se conservan en imágenes de archivo.
Fuentes
«Estampas de los tranvías de la Ciudad de México». Dimensión Antropológica, núm. 65, Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Gómez Martínez. «Los tranvías eléctricos de la Ciudad de México: transformaciones urbanas y sindicalismo». Geocrítica, Universidad de Barcelona.
«El Panteón de Dolores y sus inicios». Boletín de Monumentos Históricos, Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Imagen: The Latin American Library.