Mucha gente en la Ciudad de México ha visto alguna fotografía de Enrique Metinides sin saber quién la tomó. Durante casi cincuenta años sus imágenes llenaron las páginas de La Prensa, el diario que durante décadas llevó la nota roja a los puestos de periódicos de la capital. Hoy esas mismas fotos están en museos y libros, y se estudian como algo más que registros policiacos: son uno de los archivos más completos de cómo se vivía en la ciudad durante la segunda mitad del siglo XX.
Su historia empezó muy temprano. Hijo de una familia griega que se estableció en la colonia Guerrero, creció entre las cámaras del negocio de su padre y las películas de gánsteres. Siendo apenas un adolescente ya acompañaba a los reporteros de la fuente policiaca, y por su edad los fotógrafos veteranos lo apodaron El Niño. Desde entonces su lugar de trabajo fue la calle: viajaba en ambulancias de la Cruz Roja, donde también fue voluntario, en camiones de bomberos y en patrullas, con el objetivo de llegar antes que nadie a cada suceso.
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Lo que lo separó de otros fotógrafos de su tiempo fue la forma de mirar. Metinides tomó del cine la manera de encuadrar y armaba cada imagen como si fuera una escena completa, con un primer plano, un fondo y personajes. Muchas veces dirigía la cámara no hacia el accidente, sino hacia los mirones, las personas que se detenían a ver qué había pasado. Esas multitudes, con sus rostros, su ropa y sus gestos, terminaron por convertirse en uno de los temas centrales de su obra y en un retrato involuntario de los capitalinos de cada época.
También tenía una idea clara de los límites, su trabajo se guiaba por la consideración hacia las familias afectadas, y buscaba ángulos que no agredieran a quien veía el periódico. Él mismo explicó en distintas entrevistas que aspiraba a una fotografía de mayor nivel, cercana al arte.
Ese oficio tuvo un precio. A lo largo de su carrera sufrió 19 accidentes, entre ellos dos atropellamientos, y acumuló siete costillas rotas. Aun así siguió en la calle hasta finales de los años noventa, cuando dejó La Prensa. Ese mismo año, 1997, obtuvo el Espejo de Luz por su trayectoria, uno de los reconocimientos más importantes para la fotografía en el país.
Fuera del trabajo, su casa en la colonia Escandón guardaba una colección de miles de juguetes de bomberos, paramédicos y ambulancias. Ya retirado, los usó para recrear en miniatura escenas que había fotografiado décadas antes, una forma de volver a esas historias desde otro lugar.
Su obra sigue presente en la ciudad. El MUAC de la UNAM conserva parte de ella en su colección, incluida su imagen más conocida, tomada en Avenida Chapultepec en 1979. En 2023, un año después de su muerte, el Complejo Cultural Los Pinos le dedicó la exposición El ojo infinito, con más de 100 fotografías, su primera cámara y parte de su colección de ambulancias. Conocer a Metinides es conocer una parte de la Ciudad de México que casi nunca se cuenta: la de sus calles, su gente y sus tragedias cotidianas, vistas por alguien que pasó medio siglo registrándolas con cuidado.

