La Ciudad de México guarda, en dos puntos distintos de su geografía urbana, el nombre de Antonio José de Sucre, el general venezolano que selló la independencia de Ecuador en la Batalla de Pichincha en 1822. El primero está en la colonia Del Valle Norte, donde el Parque Mariscal Sucre, sobre Avenida División del Norte, lleva más de un siglo funcionando como punto de encuentro vecinal con su quiosco de estilo francés donado en los años veinte. El segundo está sobre el Paseo de la Reforma, en el cruce con Avenida Explanada en Lomas de Chapultepec, donde una estatua ecuestre donada por Venezuela alrededor de 1981 marca su presencia en la avenida más ceremonial de la capital. Son dos homenajes al mismo personaje histórico: uno integrado al ritmo cotidiano de un barrio, otro plantado en la escala monumental de la ciudad.
Décadas después, otro ecuatoriano dejó huella en esta ciudad, esta vez desde los estudios de grabación. Cuando Julio Jaramillo firmó con la disquera capitalina Peerles a principios de los años sesenta, la Ciudad de México se convirtió en la plataforma desde la que su voz alcanzó a toda América Latina. Su canción más conocida, «Nuestro juramento», una pieza criolla del puertorriqueño Benito de Jesús que Jaramillo adaptó al bolero en 1957, había llenado el Teatro Guayas en Guayaquil durante doscientas funciones consecutivas antes de llegar aquí. Desde la CDMX, su repertorio circuló hacia Venezuela, Colombia, Perú y Argentina, consolidando al Ruiseñor de América como una de las voces más escuchadas del continente. En el Mundial 2026, «Nuestro juramento» volvió a sonar en las gradas ecuatorianas como segundo himno, décadas después de haber cruzado fronteras desde esta misma ciudad.
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Antes de Jaramillo, la Ciudad de México ya había formado al artista visual más importante que Ecuador produjo en el siglo XX. Entre 1942 y 1943, el pintor quiteño Oswaldo Guayasamín trabajó aquí como asistente de José Clemente Orozco, absorbiendo la escala monumental del muralismo mexicano y fusionándola con el expresionismo indigenista que lo haría reconocible en todo el mundo. La CDMX lo recibió de nuevo en 1968, cuando presentó en el Museo de Bellas Artes la serie «La edad de la ira», compuesta por 260 obras que retrataban la violencia y el dolor de los pueblos latinoamericanos. Hoy su obra puede verse en la Fundación Guayasamín en Quito, que incluye la Capilla del Hombre y su casa museo, pero el origen de ese lenguaje visual está en esta ciudad.
El vínculo más profundo entre Ecuador y la Ciudad de México, sin embargo, es institucional. En 1933, el escritor Benjamín Carrión llegó a la capital mexicana como Ministro Plenipotenciario de su país y encontró aquí el ambiente intelectual que transformó su manera de pensar la cultura latinoamericana. En esta ciudad trabó amistad con Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos y David Alfaro Siqueiros, y fue aquí donde maduró la teoría de la pequeña gran nación, la convicción de que un país sin recursos militares ni económicos puede ser grande a través de su cultura. Esa reflexión, plasmada en «Cartas al Ecuador» en 1943, fue la que directamente motivó la fundación de la Casa de la Cultura Ecuatoriana en 1944, institución que sigue siendo hasta hoy la más importante del país en materia cultural. La Ciudad de México no fue solo el lugar donde Carrión vivió un tiempo: fue el laboratorio donde se gestó la política cultural de un país entero.


