En 1949, el escritor y cronista Salvador Novo compró un terreno en Coyoacán que había pertenecido a una vieja hacienda; entre sus construcciones se conservaba una capilla diminuta. Novo, según contó él mismo, vio en ese espacio «la cara de un teatro» y llamó al arquitecto Alejandro Prieto Posada para convertirla en uno. El resultado, inaugurado en 1954, se llamó Teatro La Capilla: un foro a la italiana de apenas 84 butacas, en la calle de Madrid número 13. El proyecto cerró años después, incapaz de sostener sus propios costos y el espacio quedó disponible.
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Quienes lo reactivarían eran, para entonces, una pareja consolidada. Jesusa Rodríguez y Liliana Felipe se conocieron en 1979 y desde el principio, construyeron su vida artística como pareja: dirigían, escribían y actuaban juntas, sin esconder que también eran pareja sentimental. Antes de llegar a la Capilla, probaron suerte con un cafetín de Coyoacán llamado El Cuervo, que rebautizaron El Fracaso y que terminaron vendiendo a la escritora Carmen Boullosa y al poeta Alejandro Aura. La oportunidad de administrar el Teatro La Capilla les llegó hasta la primavera de 1990, de parte del doctor Salvador López Antuñano, heredero de Novo.

La noche del 3 de noviembre de ese mismo año abrieron El Hábito. Desde el inicio, el proyecto se definió por una identidad que pocos espacios culturales mexicanos declaraban con esa misma franqueza en ese momento: una sensibilidad explícitamente lésbica, sostenida por dos mujeres que vivían y trabajaban juntas sin ocultarlo. Esa mirada llegó hasta los escenarios europeos: durante cinco años, Rodríguez y Felipe recorrieron el continente con una relectura lésbica de la ópera Don Giovanni, de Mozart, y en casa montaron piezas como «Coatlicue», donde rescataban el mito de la diosa prehispánica para hablar, con humor, del lugar de las mujeres en la historia oficial del país, y que llegó a postularse, en la ficción, a la presidencia de México. El espacio se convirtió, en ese proceso, en uno de los pocos refugios donde mujeres lesbianas y feministas podían encontrarse sin tener que justificar nada.
Esa franqueza no se quedó en el escenario. El 3 de agosto de 2007, después de 28 años juntas, Rodríguez y Felipe se casaron entre sí. Ese mismo día, en toda la Ciudad de México, solamente tres parejas más del mismo sexo lograron casarse junto a ellas.
El final de El Hábito, como proyecto de Rodríguez y Felipe, llegó la noche del sábado 21 de mayo de 2005, después de casi quince años de trabajo ininterrumpido. El nombre se fue con ellas, registrado como marca propia y el espacio pasó a manos de un nuevo colectivo: Las Reinas Chulas, integrado por Ana Francis Mor, Cecilia Sotres, Nora Huerta y Marisol Gasé, quienes tardarían otros tres meses en decidir el nombre definitivo del recinto. El elegido fue El Vicio, nombre bajo el cual el lugar continúa programando cabaret político hasta la fecha.
Hoy, el predio de Madrid 13 reúne cuatro espacios bajo un mismo techo: el Teatro La Capilla original, la Sala Novo, El Vicio, dedicado al cabaret, y el Café Bar Bejuco. La capilla que un hombre construyó como teatro terminó sosteniendo, durante quince años, la obra de dos mujeres que hicieron de su propia relación, sin esconderla, una de las piezas centrales del cabaret político mexicano.
