Lugares Chilangos

Siguiendo el hilo de México

Hace poco tuve la inquietud de visitar el recién inaugurado Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos. Llegar hasta ahí resultó una experiencia distinta a mis habituales recorridos por el Centro Histórico. Entre las fechas mundialistas y las movilizaciones magisteriales en las inmediaciones de la calle 20 de Noviembre, el acceso a varias zonas se encontraba restringido.

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Entre calles cerradas y nuevos descubrimientos

Hace poco tuve la inquietud de visitar el recién inaugurado Museo Textil de los Pueblos Indígenas y Afromexicanos. Llegar hasta ahí resultó una experiencia distinta a mis habituales recorridos por el Centro Histórico. Entre las fechas mundialistas y las movilizaciones magisteriales en las inmediaciones de la calle 20 de Noviembre, el acceso a varias zonas se encontraba restringido.

Tuve que avanzar entre turistas, policías, vallas metálicas y calles cerradas. El ingreso habitual por el corredor del Templo Mayor estaba cerrado, así que continué mi camino por Donceles. Después de caminar entre edificios históricos y puestos ambulantes, finalmente llegué al museo.

La entrada se realiza a través de la tienda del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart), por lo que antes de ingresar a las salas es necesario atravesar diversos espacios donde se exhiben textiles y artesanías de distintas regiones del país. El inmueble aún presenta algunos trabajos de adecuación y restauración, pero eso no le resta atractivo al recorrido.

Un palacio con siglos de memoria

Antes de hablar de los textiles, el palacio que los alberga ya tiene mucho que contar.

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Pocos saben que este inmueble fue una de las últimas grandes obras de Manuel Tolsá durante el siglo XVIII. Además, una parte de su estructura fue edificada sobre la antigua pirámide de Cihuacóatl, cuyas escalinatas aún pueden observarse bajo el nivel del patio central.

A lo largo de los siglos, el palacio tuvo distintos propietarios y usos. Entre sus muros funcionaron oficinas gubernamentales, fue sede de la Lotería Nacional y también albergó dependencias vinculadas a José Vasconcelos durante su paso por la administración pública. Más tarde fue ocupado por la Secretaría de Industria y Comercio y posteriormente por Conasupo.

En 1984 comenzaron importantes trabajos de restauración impulsados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, permitiendo conservar uno de los inmuebles históricos menos conocidos, pero más interesantes del Centro Histórico.

El arte de tejer identidad

Al comenzar el recorrido llaman la atención las escaleras de mármol que inician en la planta baja y en el techo del tercer piso se aprecia un vitral donde el águila está devorando una serpiente. En la pared del primer piso se puede apreciar un mural realizado por artesanos de Guerrero que representa escenas de la vida cotidiana: mujeres haciendo tortillas, personas trabajando el campo, cuidando animales o transportando mercancías. Esta técnica se elabora principalmente sobre papel amate con tinta china, y fue plasmada así como una introducción perfecta al universo que resguarda el museo: el de las comunidades que han preservado sus conocimientos a través de generaciones.

Los tejidos y bordados exhibidos muestran el vínculo entre las personas y la tierra que habitan. Cada pieza refleja costumbres, creencias y formas de entender el mundo que han sobrevivido gracias a la transmisión de conocimientos entre madres, hijas, abuelas y nietas.

Muchos de los textiles fueron elaborados en telar de cintura, una técnica ancestral practicada principalmente por mujeres. Las fibras utilizadas son tan diversas como los pueblos que las producen: ixtle obtenido de las pencas del maguey, algodón, lana, pelo de conejo, seda silvestre, chichicastle e izote, entre otros materiales.

Los colores que nacen de la naturaleza

Una de las salas presenta un muestrario de hilos teñidos mediante técnicas tradicionales. Los colores provienen de elementos naturales como la grana cochinilla, raíces, plantas y diversos recursos obtenidos del entorno.

Especialmente interesante resulta la sección dedicada al caracol púrpura. Un documental muestra cómo en Pinotepa Nacional, Oaxaca, continúa practicándose una técnica ancestral para obtener este valioso pigmento sin dañar a la especie.

Sin embargo, la creciente presión turística y los cambios ambientales han afectado la disponibilidad del molusco, provocando que los tintoreros reduzcan la cantidad de madejas teñidas y que las piezas elaboradas con este color alcancen precios cada vez más elevados.

El sonido de los telares

En las salas siguientes se encuentra un telar de pedal que permite apreciar de cerca su estructura de madera, la compleja disposición de los hilos y los diseños que posteriormente se transformarán en tapetes, cortinas, colchas y otras piezas de gran formato.

Al verlo recordé una visita que hice hace algunos años a un taller en la ciudad de Oaxaca. Los telares tienen algo hipnótico: el movimiento constante de los pies, el sonido de la madera golpeando las distintas piezas y el ritmo pausado con el que los tejidos van tomando forma.

Observar uno de estos instrumentos ayuda a comprender el tiempo, la paciencia y el conocimiento necesarios para crear cada una de las obras que aquí se exhiben.

Las piezas que permanecen en la memoria

Me considero una persona amante del arte textil porque cada pieza habla de un lugar, de una cultura y de las manos que la imaginaron y confeccionaron.

Entre todas las obras hubo tres que captaron especialmente mi atención. La primera fue un huipil del siglo XIX donde es posible apreciar con detalle la delicada unión de cada hilo y la extraordinaria precisión de su elaboración.

La segunda fue un bordado de pecho con colores intensos y diseños sumamente llamativos. La tercera, otro huipil decorado con estrellas, destaca por la finura del hilo, la precisión de cada figura y una delicada cadenilla que parecía desafiar el paso del tiempo.

Un pequeño misterio

En la última sala encontré una pieza que me dejó con más preguntas que respuestas.

Algunos de sus hilos parecían contener pequeñas estructuras semejantes a microorganismos observados en una caja de Petri. Su textura recordaba al algodoncillo o a los filamentos de una flor de diente de león.

La pieza no contaba con una ficha informativa que explicara sus características y no había personal disponible para resolver la duda. Nunca supe si aquella apariencia formaba parte de la técnica original o si el material estaba experimentando algún cambio con el paso de los años.

A veces los museos también dejan espacio para el asombro y la curiosidad.

Un recorrido por la diversidad de México

Aunque Oaxaca tiene una presencia importante dentro de la colección, también pueden encontrarse piezas provenientes de Campeche, Veracruz, Puebla, Estado de México y otras regiones del país.

Huipiles, blusas, rebozos, mañanitas, capas, colchas, tlacoyales para el cabello y trajes completos permiten apreciar la enorme diversidad cultural de México a través de su indumentaria tradicional.

Un detalle que conviene tomar en cuenta es que las salas mantienen una temperatura bastante baja para la conservación de las piezas, por lo que recomiendo llevar una prenda ligera para cubrirse durante el recorrido.

Además de las salas textiles, el museo permite observar vestigios arqueológicos hallados en el inmueble y las escalinatas prehispánicas que permanecen bajo el patio central. Antes de abandonar el recinto, una visita a la tienda permite seguir explorando el trabajo artesanal que da vida al museo.

Un hilo que conecta pasado y presente

Salí del museo pensando que detrás de cada hilo hay mucho más que una técnica artesanal. Hay tiempo, memoria y personas que continúan transmitiendo conocimientos que han sobrevivido durante generaciones.

Te invitamos a descubrir este espacio donde los telares, los bordados y las fibras naturales nos recuerdan que la identidad de México también se teje puntada a puntada.

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Porque si vives o visitas la Ciudad de México, también eres parte de su historia.

CC
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