La infancia de Gloria Schoemann estuvo marcada por la pérdida. Quedó huérfana siendo niña y creció entre la dificultad, aunque logró estudiar taquimecanografía, el oficio con el que después se ganaría la vida. A los veinte años viajó a Los Ángeles, donde alternó su trabajo como mecanógrafa con pequeños papeles como extra en producciones de Hollywood, incluido un papel secundario junto al tenor y actor José Mojica, entonces una de las figuras latinoamericanas más reconocidas de la industria estadounidense.
En 1935, de vuelta en México y con veinticinco años, Gloria Schoemann encontró su vocación por accidente. Durante el rodaje de «Hombres del mar», del director Chano Urueta, se topó por primera vez con una moviola, la máquina que permite cortar y unir los rollos de película fotograma por fotograma. Esa breve experiencia frente a la cámara, tanto en Hollywood como en México, le había dejado además una incomodidad que nunca terminó de explicar del todo. La cámara no era su lugar. La moviola sí. Ahí decidió que quería aprender el oficio. Su maestro fue Emilio Gómez Muriel, junto a quien colaboró varios años sin que su nombre apareciera en los créditos, hasta que en 1943 asumió sola la edición de «Distinto amanecer», de Julio Bracho.
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La edición cinematográfica es el proceso de seleccionar, ordenar y unir las tomas filmadas para construir la narrativa final de una película. De ahí surgen el ritmo, la tensión y hasta las emociones que percibe el público, aunque casi nunca se noten como una decisión deliberada. En el cine mexicano de la época, el trabajo de una editora tenía además una complejidad particular. A diferencia de Hollywood, donde una escena faltante podía resolverse programando una nueva filmación, en México casi nunca existía esa posibilidad. Esto obligaba a la persona detrás de la moviola a resolver con el material disponible, aunque hubiera huecos narrativos o fallas de continuidad y a construir una película coherente con lo que hubiera.
Con Julio Bracho, con quien colaboró en cintas como «Distinto amanecer», «Cantaclaro» e «Historia de un corazón», Gloria Schoemann construyó una relación de trabajo tan cercana como ruidosa. En una de las pocas entrevistas que concedió, dijo sobre él: «Me llevo estupendamente con él, se trabaja muy a gusto a su lado». Aun así, no era raro escuchar su voz discutiendo con Bracho sobre las decisiones de montaje desde los pasillos junto a la sala de edición.
En ese oficio, Gloria Schoemann se convirtió en una de las figuras más prolíficas de la historia del cine. A lo largo de más de cuarenta años de carrera editó más de doscientas películas, entre ellas «María Candelaria», «Macario», «Enamorada» y «La perla», además de títulos como «Dos tipos de cuidado» y «El niño y la niebla». Trabajó de manera constante con Emilio Fernández, uno de los directores más temidos de su generación por su carácter volátil, aunque ella misma recordó que fue «un encanto trabajar con él». También editó «Lola Casanova» y «La Negra Angustias», ambas dirigidas por Matilde Landeta, una de las pocas mujeres que logró dirigir cine en esa época, con quien formó parte de una generación de mujeres pioneras dentro de una industria dominada por hombres.
Su trabajo fue reconocido en catorce ocasiones con una nominación al Ariel de Plata, de las cuales ganó tres, por «Enamorada», «El niño y la niebla» y «La rebelión de los colgados». En 1993 recibió la Medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico, otorgada por la Cineteca Nacional, y en 2004 fue distinguida con el Ariel de Oro por su trayectoria. Murió en la Ciudad de México en septiembre de 2006, después de haber definido, desde un cuarto oscuro en los Estudios Churubusco, el pulso de algunas de las películas más queridas del cine nacional.



