Cada 15 de septiembre, la Ciudad de México repite un ritual de nombres: Hidalgo, Allende, Morelos. Pocas veces aparece el de Mariana Rodríguez del Toro, aunque su nombre está inscrito en letras de oro en la Cámara de Diputados desde 1948, el mismo honor que reciben los héroes que sí se mencionan cada año. Conocer su historia es entender que la insurgencia no se organizó solo en el Bajío o en las serranías: también se planeó en una sala de la capital, alrededor de una mesa, encabezada por una mujer.

Un matrimonio comprometido con la causa
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Mariana Rodríguez del Toro estaba casada con Manuel Lazarín, quien compartía sus simpatías por el movimiento insurgente. La pareja vivía cerca del Zócalo y convertía su casa en punto de encuentro para quienes apoyaban la causa, un espacio doméstico que terminaría siendo el origen de una conspiración política.
El origen de la conspiración
En abril de 1811, la Ciudad de México recibió la noticia de la captura de Miguel Hidalgo e Ignacio Allende, ocurrida días antes en Acatita de Baján. Ante la noticia de la derrota, Mariana propuso un plan para aprehender al virrey Francisco Xavier Venegas y utilizarlo como rehén, con el objetivo de negociar la liberación de los líderes insurgentes capturados.
La detención y la prisión
El plan fue descubierto antes de poder ejecutarse. El 29 de abril de 1811, Mariana fue detenida junto con Lazarín y otros participantes de la conspiración. Durante los años siguientes, permaneció encarcelada sin revelar los nombres de sus compañeros. Fue liberada hasta finales de 1820 y murió en 1821, meses antes de que se consumara la Independencia de México.

Por qué su historia importa hoy
Su participación desafía la idea de que las mujeres tuvieron un papel secundario en la Independencia. Mariana no acompañó una conspiración: la encabezó, la ideó y sostuvo el silencio bajo presión durante nueve años de cárcel. Su historia también es una historia de la ciudad: ocurrió a unas cuadras del Zócalo, en un espacio doméstico que se convirtió en centro de decisiones políticas, algo poco común para una mujer de su época.
Su reconocimiento en la Ciudad de México
Desde 1948, su nombre está inscrito con letras de oro en el Muro de Honor del Salón de Sesiones de la Cámara de Diputados, uno de los primeros reconocimientos de este tipo otorgados a una mujer en México. También da identidad a una calle peatonal del Centro Histórico, ubicada entre República de Chile y Allende.