El edificio que hoy ocupa el Gran Hotel Ciudad de México no nació como hotel. Se construyó entre 1895 y 1899 por encargo de un grupo de comerciantes franceses asentados en la capital y abrió sus puertas el 2 de septiembre de 1899 como el Centro Mercantil, la primera tienda departamental de la Ciudad de México. El proyecto estuvo a cargo de los arquitectos Daniel Garza y Gonzalo Garita, su diseño tomó como referencia a Le Bon Marché de París, uno de los grandes almacenes que definieron el comercio moderno europeo del siglo XIX. La obra encajaba con el gusto por lo afrancesado que predominaba en las últimas décadas del gobierno de Porfirio Díaz.
El Centro Mercantil no era solo un espacio comercial: era también una vitrina de modernidad. Contaba con alumbrado eléctrico, drenaje, servicio de telégrafo y elevadores de la marca Otis, con estructura metálica y un enrejado ornamental que llegó directo desde Francia, una novedad tecnológica para la ciudad de finales del siglo XIX. Ese diseño de jaula metálica es, hasta hoy, uno de los elementos más reconocibles del inmueble.
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El otro gran sello del edificio llegó unos años después. En 1908, el vitralista francés Jacques Grüber terminó la gran cúpula de vidrio de colores que corona el patio central, hecha por secciones y montada después como una sola pieza. Junto con el resto de la decoración interior, es considerada uno de los primeros ejemplos de arquitectura Art Nouveau en México.
El Centro Mercantil funcionó como tienda departamental hasta 1958. El edificio permaneció cerrado una década, hasta que en 1968, justo a tiempo para los Juegos Olímpicos que se celebraron ese año en la ciudad, reabrió como hotel bajo la marca Howard Johnson. Entre 2003 y 2005 el inmueble pasó por una remodelación adicional y adoptó el nombre con el que se le conoce hoy: Gran Hotel Ciudad de México.

Esa doble vida (tienda departamental porfiriana y hotel de mediados del siglo XX) es la que convirtió al edificio en una locación atractiva para el cine. El Gran Hotel ha sido usado como escenario en dos producciones de la saga de James Bond, con casi tres décadas de diferencia. La primera vez fue en Licencia para matar (1989), protagonizada por Timothy Dalton. La segunda fue en Spectre (2015), con Daniel Craig como Bond, dirigida por Sam Mendes.
La secuencia de Spectre es, además, un ejemplo de cómo el cine puede maquillar una ciudad. En la escena, Bond y el personaje de Estrella, interpretado por Stephanie Sigman, cruzan lo que parece ser la entrada del hotel durante un desfile de Día de Muertos. Esa fachada no es la del Gran Hotel real, que se ubica sobre avenida 16 de Septiembre junto al Zócalo: pertenece a un edificio distinto, ubicado en la calle de Tacuba. La producción colocó ahí el logotipo del hotel para que la transición pareciera continua. Pero en cuanto los personajes cruzan la puerta, la locación cambia sin que se note en pantalla: el vestíbulo y el elevador de hierro ornamentado que aparece a continuación sí son los del Gran Hotel Ciudad de México, el mismo elevador que treinta años antes ya había aparecido frente a las cámaras en Licencia para matar.
El desfile de Día de Muertos que abre Spectre, por cierto, no existía como tradición organizada antes de la filmación: fue creado para la película. Su éxito llevó a que, a partir de 2016, la Ciudad de México adoptara un desfile similar como evento anual, hoy uno de los más concurridos del Centro Histórico. El elevador del Gran Hotel, protagonista discreto de esa escena, quedó así ligado a un pedazo de la historia reciente de la ciudad que va mucho más allá del cine.
