Diciembre de 1966. Paseo de la Reforma todavía se cruzaba de lado a lado sin cerrar carriles, y fue justo ese tránsito el que sirvió de coartada a un equipo de filmación sin permiso para trabajar ahí. Se apostaron junto a la fuente de la Diana Cazadora, escondieron la cámara entre los coches que pasaban y dejaron a alguien vigilando por si llegaba la policía. Con ese margen de improvisación quedó registrada una de las escenas que hoy se recuerdan de «Los Caifanes«: Ernesto Gómez Cruz, en el papel de «El Azteca», trepa al basamento de la escultura y le anuda un taparrabo, un gag callejero que la fotografía terminó por inmortalizar.
Esa travesura abre la película. «Los Caifanes» cuenta, episodio tras episodio, una sola noche en la vida de cuatro mecánicos queretanos, el Capitán Gato, el Mazacote, el Estilos y el Azteca, que se topan con una pareja de novios acomodados, Jaime y Paloma, interpretados por Enrique Álvarez Félix y Julissa. La ciudad no funciona como decorado sino como motor de la historia: del cabaret Géminis a una funeraria, de una vecindad a la misma Diana, cada locación real empuja a los dos personajes de clase alta hacia una noche que termina por desnudarlos, en más de un sentido. La fotografía a color es de Fernando Colín, quien trató esas calles como si Centro Histórico y Paseo de la Reforma fueran un solo barrio.
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Llegar a esa toma costó más que una noche de rodaje. El guion, escrito por Carlos Fuentes junto con el director Juan Ibáñez bajo el título original «Fuera del Mundo«, había ganado el Concurso Nacional de Argumentos y Guiones Cinematográficos en 1965. Ganarlo no bastó para filmar: el Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica y la Asociación Nacional de Actores se opusieron a que debutantes como Óscar Chávez, Sergio Jiménez, Ernesto Gómez Cruz y Eduardo López Rojas, recién salidos de la Escuela Nacional de Bellas Artes, tomaran papeles protagónicos sin pasar antes por personajes menores. El rodaje se detuvo hasta quince veces por falta de permisos en exteriores, y los productores Fernando Pérez Gavilán y Mauricio Walerstein sólo consiguieron destrabarlo negociando con ambos sindicatos y presentando el largometraje como una serie de cinco episodios.
La cinta se estrenó el 17 de agosto de 1967 en los cines Roble, Mariscala y Estrella, donde se mantuvo siete semanas en cartelera antes de viajar a otras ciudades de México, Estados Unidos y América Latina. Con los años se volvió referente del Nuevo Cine Mexicano por narrar una noche completa con locaciones reales en vez de foros, y hoy ocupa el lugar 58 en la lista de las 100 mejores películas del cine mexicano. La fotografía del taparrabo clandestino resume esa historia mejor que cualquier ficha técnica: una travesura filmada entre el tráfico de Reforma y la mirada de un vigía, que terminó convertida en una de las escenas más citadas del cine nacional.
