Centro Histórico

Los palacios que la Ciudad de México construyó para el cine

Caminar hoy por Luis Moya y toparse con la fachada Art Déco del Orfeón es, en ese sentido, toparse con un fragmento sobreviviente de aquella ciudad que se vestía de gala para ir al cine. La próxima vez que se recorra esa calle del Centro Histórico, vale la pena levantar la mirada.

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Hubo una época en que ir al cine no era una salida cualquiera, sino un pequeño ritual social. Las familias abrían el periódico para elegir la función, se vestían con esmero, cruzaban un vestíbulo alfombrado y ocupaban su lugar en salas con capacidad para miles de espectadores, bajo candelabros y frente a pantallas gigantes. Ese fenómeno construyó, entre los años veinte y los sesenta, decenas de palacios cinematográficos en la Ciudad de México. Hoy sobreviven muy pocos, y el Cine Orfeón, en la calle Luis Moya del Centro Histórico, es uno de sus últimos testigos en pie.

Surgió, el 29 de junio de 1938, se presentó entonces como «el cine de México» y fue proyectado por la firma estadounidense John y Drew Eberson, especializada en este tipo de teatros ambientales. Con capacidad cercana a los 4,628 espectadores, llegó a ser la quinta sala más grande del país. Por su pantalla pasaron algunos de los estrenos más relevantes del cine hecho en México y en el extranjero, entre ellos el de «Viridiana», de Luis Buñuel, el 24 de mayo de 1962.

Ir a uno de estos cines era, en palabras del arquitecto y cronista de la colonia San Rafael, Rubén Ochoa Ballesteros, «toda una experiencia sensorial única», que comenzaba desde la elección de la película en la cartelera del periódico y continuaba con la llegada al cine, el anuncio luminoso en la fachada y la convivencia familiar en el intermedio, junto a la dulcería. Esa relación cotidiana entre la ciudad y sus salas de cine, documentada también por la antropóloga Ana Rosas Mantecón, convirtió a estos edificios en puntos de encuentro social tan importantes como monumentos arquitectónicos.

El modelo empezó a fracturarse en los años setenta. La producción cinematográfica crecía, y resultaba más rentable dividir una sola sala gigante en varias salas pequeñas que sostener el esquema de un solo cine monumental, el diseño arquitectónico dejó entonces de ser prioridad para las nuevas salas. Ya en los años ochenta se sumaron otros golpes: la crisis del cine mexicano, el agotamiento del modelo de exhibición y, sobre todo, el sismo de 1985, que destruyó o inhabilitó varias de estas salas y aceleró su desaparición o abandono.

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De aquella red de decenas de palacios que alguna vez cubrió el centro y los barrios de la ciudad quedan hoy muy pocos ejemplos en pie, y menos aún en operación. El Cine Ópera, en la colonia San Rafael, y el propio Orfeón figuran entre los últimos sobrevivientes arquitectónicos de esa época, mientras que otros, como el Palacio Chino, ya han sido demolidos o cerrados de forma definitiva.

Caminar hoy por Luis Moya y toparse con la fachada Art Déco del Orfeón es, en ese sentido, toparse con un fragmento sobreviviente de aquella ciudad que se vestía de gala para ir al cine. La próxima vez que se recorra esa calle del Centro Histórico, vale la pena levantar la mirada.

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