Quien camina hoy por Coyoacán, Xochimilco o cualquier parque de la Ciudad de México puede toparse con un xoloitzcuintle: piel oscura, orejas erguidas, casi sin pelo. Verlo resulta tan cotidiano que cuesta imaginar que hace setenta años conseguir uno de linaje confiable era una tarea casi imposible. Su presencia actual tiene una explicación concreta: una búsqueda organizada en 1954 y un trabajo de registro que tomó años.
La raza carga una historia larga. El nombre viene del náhuatl y junta a Xólotl, deidad ligada a la muerte y al inframundo, con itzcuintli, perro. Para los mexicas, este animal tenía una tarea en el más allá: conducir a los muertos hasta el Mictlán. Esa función religiosa le costó cara tras la conquista. Al perseguirse las prácticas rituales indígenas, criarlo dejó de tener sentido en el centro del país, y los ejemplares que quedaron terminaron dispersos en pueblos lejanos.
El Panteón de San Fernando y la memoria de la CDMX
El origen de la leyenda de Don Juan Manuel
El impulso para recuperarlo nació en la capital. En la primera mitad del siglo XX, el nacionalismo cultural hizo de lo prehispánico una bandera, y el xolo entró en esa conversación. En la Casa Azul de Coyoacán, Frida Kahlo y Diego Rivera tuvieron varios y los llevaron a sus cuadros. Al cierre de los años cuarenta, estos perros comenzaron a llegar a las exposiciones caninas del país, y con ello se volvió visible un problema: eran escasos y nadie había definido por escrito qué rasgos debía reunir uno auténtico.
Para resolverlo se organizó la Expedición Xolo. En 1954, el británico Norman Pelham Wright, estudioso de la raza, salió con un grupo de expertos de México y del Reino Unido, con respaldo de la Federación Cinológica Internacional (FCI). Recorrieron poblados aislados del país en busca de ejemplares que conservaran los rasgos originales. De los perros que revisaron, eligieron 10 con la complexión más sólida, y esos diez fueron el punto de partida de una crianza controlada.
Faltaba darle existencia formal. La Federación Canófila Mexicana, creada en 1940 para llevar el control genealógico de los perros de raza, abrió el registro del xolo en 1955. En 1956 quedó vigente su primera norma, escrita por un comité que dirigió Wright: un texto técnico que fija medidas, estructura, tipo de piel, dientes y carácter, y que permite a jueces y criadores decidir si un perro cumple o no. Las cifras muestran lo lento del arranque: en 1960 el país apenas sumaba 40 xolos inscritos. Con los años, la FCI lo incorporó a su catálogo internacional, y hoy la federación mexicana reconoce tres tallas: estándar, intermedio y miniatura.
Un capítulo de esta historia sigue a la vista en la ciudad. En los años cincuenta, Diego Rivera obsequió dos xolos a Dolores Olmedo, coleccionista y amiga suya. Sus descendientes viven en La Noria, en Xochimilco, la antigua hacienda convertida en Museo Dolores Olmedo, que volvió a recibir público el 30 de mayo de 2026 después de casi seis años cerrada. El tema también llegó al Congreso: en diciembre de 2025 se presentó en la Cámara de Diputados una propuesta para que cada 27 de octubre se celebre el Día Nacional del Xoloitzcuintle.
