Dentro de la columna que sostiene al Ángel de la Independencia, el monumento más fotografiado de la Ciudad de México, hay una estatua que casi ningún visitante nota. Muestra a un preso con las manos atadas a la espalda, instantes antes de ser quemado vivo. Corresponde a Guillén de Lampart, un irlandés nacido en Wexford en 1611, cuyo proyecto para liberar a la Nueva España se adelantó siglo y medio al movimiento que después encabezaría Miguel Hidalgo.
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Llegado a territorio novohispano en 1640 dentro de la comitiva del virrey Diego López Pacheco, Lampart tuvo oportunidad de observar de cerca las condiciones de vida de indígenas, esclavos y mestizos bajo el régimen colonial. De ahí surgió su idea de romper con la Corona española: proponía que otras potencias europeas reconocieran la autonomía del virreinato, liberar a la población esclavizada y recompensar a quienes se sumaran a la causa insurgente.
El plan quedó truncado apenas se puso en marcha. El Santo Oficio lo apresó y lo mantuvo en prisión durante años, periodo en el que Lampart siguió perfeccionando su proyecto de independencia. Consiguió huir en diciembre de 1650, pero la libertad apenas le alcanzó para dos días: fue delatado por un vecino de oficio sastre y localizado en una vivienda de la calle de Donceles. Volvió a prisión y permaneció ahí casi una década más, hasta que en noviembre de 1659 la Inquisición lo condenó a morir en la hoguera.
La vida de Lampart trascendió al terreno literario en el siglo XIX, cuando Vicente Riva Palacio la convirtió en la novela «Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart». Con el paso de las décadas su figura quedó asociada a los primeros intentos de independencia, lo que explicaría por qué su efigie fue tallada dentro del mismo recinto que resguarda los restos de Hidalgo, Morelos y otros héroes de 1810. Lo que ningún archivo aclara es quién ordenó colocarla ahí ni en qué momento exacto ocurrió, así que el origen de la estatua sigue sin documentarse con certeza.

