La historia detrás de los cacahuates japoneses que nacieron en México
En noviembre de 1932, un japonés de veintidós años llamado Yoshigei Nakatani bajó del barco que lo trajo desde su natal Hyogo hasta el puerto de Manzanillo. Llegaba contratado por Heijiro Kato, dueño de la tienda departamental «El Nuevo Japón», en el Centro Histórico, y de una fábrica de botones de concha nácar. Antes de partir, le había prometido a su madre que solo regresaría a Japón si triunfaba. Se instaló en los alrededores de La Merced, uno de los barrios con mayor presencia de comunidad japonesa en la ciudad.
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La vida cambió con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El gobierno mexicano, bajo sospechas de espionaje contra empresarios japoneses, ordenó el cierre de varios negocios, entre ellos los de Kato, quien terminó deportado. Nakatani, ya casado con la mexicana Emma Ávila y con varios hijos, se quedó sin trabajo ni ingresos en 1943, en medio de un país que veía con desconfianza a la colonia japonesa.
Recurrió entonces a lo único que tenía a la mano: una receta de dulces que había aprendido de niño en una fábrica de golosinas japonesa. En el cuarto de la vecindad donde vivían, sobre la calle de Carretones, la pareja empezó a freír muéganos. Después probaron una fritura de trigo y sal llamada oranda, y finalmente se animaron con una variante del mamekashi japonés, cacahuates cubiertos con una mezcla de harina de arroz y salsa de soya. La harina de arroz era casi imposible de conseguir en el México de esos años, así que la sustituyeron por harina de trigo. Ese cambio, obligado por la escasez, terminó siendo la clave del sabor que hoy todos reconocen.
Los vecinos del barrio empezaron a pedir «los cacahuates del japonés», apodo que con el tiempo se acortó al nombre que conservan hasta hoy. Toda la familia participaba en el negocio: los hijos mayores amasaban y empacaban, las hijas menores llenaban bolsas de celofán, y Yoshigei y Emma salían a vender por las calles cercanas al mercado. La demanda creció tanto que mandaron construir maquinaria artesanal con herreros del rumbo y, más adelante, rentaron un local propio dentro de La Merced.
En 1950, la familia decidió ponerle nombre a su negocio: lo llamó Nipón, en honor a su país de origen. Fue Elvia, una de las hijas, quien dibujó a la geisha que identificaría el producto durante décadas. La marca se registró oficialmente hasta 1977, aunque para entonces el cacahuate japonés ya era una botana popular en toda la ciudad.
Nakatani nunca patentó la fórmula. Desde 1957, otras marcas como Nishikawa empezaron a fabricar sus propias versiones, y en los años ochenta se sumaron gigantes como Barcel y Sabritas, lo que disparó el consumo del producto a escala nacional y relegó a la familia creadora a un segundo plano. En 2017, la empresa Nipón fue adquirida por Totis.
El hijo del inventor fue el cantante Yoshio, quien en 2019 recordó en redes sociales que el cacahuate japonés era una creación de sus padres, no una importación. Con el tiempo, la mezcla de nostalgia, necesidad y adaptación de una familia migrante se convirtió en una de las botanas más consumidas de México, un invento chilango disfrazado, durante más de ochenta años, de recuerdo extranjero.

