Cada septiembre, el mismo rostro se repite en escuelas, balcones y billetes: un hombre de edad avanzada, calvo, con el cabello blanco a los lados y vestido de negro. Sin embargo, ningún pintor retrató a Miguel Hidalgo frente a frente. La imagen que hoy identifica al Padre de la Patria se construyó durante casi un siglo de grabados, óleos y esculturas.
La censura explica ese vacío. Tras el fusilamiento del cura en Chihuahua, en julio de 1811, las autoridades virreinales persiguieron cualquier representación suya y, según el insurgente Pedro García, mencionarlo se castigó durante cerca de diez años. Por eso el historiador Gonzalo Obregón advirtió en 1955 que no existe un retrato del que pueda afirmarse con certeza que sea auténtico. Lo más cercano a su aspecto real es la descripción de Lucas Alamán, quien lo conoció en Guanajuato: un hombre de estatura mediana, moreno, de ojos verdes, canoso, calvo y cargado de espaldas, que vestía como cualquier cura de pueblo. En 1810, Hidalgo tenía 57 años.
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Consumada la Independencia, cada artista lo imaginó a su manera. En 1823, un grabado de Luis Montes de Oca para el calendario de José Joaquín Fernández de Lizardi lo presentó como general insurgente, con bicornio, sable y una bandera con la palabra Libertad. En 1828, el litógrafo italiano Claudio Linati lo convirtió en héroe romántico, con sombrero de plumas tricolores y un crucifijo en alto. En 1831, Antonio Serrano pintó el primer óleo de Hidalgo con carácter histórico: un hombre de estudio de rostro astuto e irónico, que Obregón consideró el más fiel a una etapa de su vida.

1828
Al mismo tiempo circulaba una estatuilla de madera atribuida a Clemente Terrazas, supuesto compadre de Hidalgo, de quien se decía que lo había retratado del natural durante la guerra. Obregón calificó esa historia de fantasía y fechó la pieza hacia mediados del siglo XIX, aunque reconoció que su rostro de nariz aguileña y arrugas marcadas tiene un aire de verdad. Sin un documento que la respalde, se volvió uno de los modelos más influyentes. Las convenciones de la época hicieron el resto: se le pintó totalmente calvo, porque la calvicie se asociaba con la inteligencia, y cada vez más anciano, porque, como explicó Edmundo O’Gorman, la vejez se vinculaba con la figura de un padre.

D. Miguel Hidalgo y Costilla, 1831

Hidalgo y Costilla
La versión definitiva surgió durante el Segundo Imperio. Como parte de la galería de héroes que Maximiliano de Habsburgo impulsó para el Palacio Nacional, en 1865 Joaquín Ramírez pintó a Hidalgo por encargo de Santiago Rebull, director de la Academia de San Carlos. Según Obregón, reunió los retratos considerados más fieles y datos de los parientes del caudillo para construir una figura ideal, con una vestimenta tomada de la estatuilla de Terrazas. El resultado fue un Hidalgo más anciano, erguido y esbelto que el descrito por Alamán, junto a un reloj que marca las 5:55 de la mañana, hora en que sonó la campana de Dolores.

El imperio cayó en 1867, pero la imagen permaneció. El cuadro se reprodujo miles de veces en fotografías, litografías y grabados, y durante el Porfiriato Hidalgo alcanzó su consagración definitiva, que culminó en 1910 con la escultura de Enrique Alciati en la Columna de la Independencia. La versión de que un botánico extranjero posó como modelo se difundió en torno al Bicentenario y no aparece en ningún documento de la época ni en los estudios de Obregón y de Guillermo Brenes Tencio. El rostro de Hidalgo no se copió de una sola persona: se formó entre la censura, la leyenda, las convenciones artísticas y la conveniencia política.
Fuentes: Gonzalo Obregón, Notas sobre la iconografía de Hidalgo, Anales del Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1955; Guillermo Brenes Tencio, Miguel Hidalgo a la luz del arte: iconografía del héroe nacional, Padre de la Patria mexicana (siglos XIX y XX), Káñina, Universidad de Costa Rica, 2010; Lucas Alamán, Historia de Méjico, tomo I, 1849.