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Cihuacóatl, el origen mexica del llanto de La Llorona

En el recinto ceremonial de Tenochtitlan tuvo su templo Cihuacóatl, deidad de los partos, la guerra y la muerte. Los textos de Sahagún y Durán la asocian con una voz que, antes de la Conquista, se oía de noche advirtiendo a sus hijos. De ese registro surgió una de las leyendas más conocidas de la Ciudad de México.

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Detrás de la Catedral Metropolitana, donde hoy se recorren las ruinas del Templo Mayor, se extendía el gran recinto ceremonial de Tenochtitlan. Entre sus edificios había uno llamado Tlillan, consagrado a Cihuacóatl. Su nombre une dos palabras nahuas, cihuatl, mujer, y cóatl, serpiente, y correspondía a una deidad presente en muchos ámbitos de la vida mexica. En Culhuacan y Xochimilco, al sur del lago, era la protectora principal. Las parteras la tenían como aliada en el momento del nacimiento, y su figura se vinculaba con las cihuateteo, el grupo de mujeres fallecidas en el parto que recibían en la muerte una dignidad comparable a la de los soldados. El término tenía además un uso civil, pues designaba al funcionario que compartía el gobierno con el tlatoani, puesto que ejerció Tlacaélel durante el siglo XV.

La relación entre esta diosa y una voz que llora de noche surge de documentos escritos después de 1521. En el Libro XII del Códice Florentino, el volumen que el franciscano Bernardino de Sahagún dedicó a la guerra de conquista a partir de testimonios de colaboradores nahuas, se enlistan ocho prodigios ocurridos en los años previos al desembarco de Cortés. El sexto se refiere a una mujer cuyo llanto atravesaba la ciudad noche tras noche. En sus gritos se dirigía a sus hijos, les advertía que tendrían que marcharse y no encontraba un lugar donde resguardarlos. Ese capítulo no la nombra. El vínculo aparece en el Libro I, donde Sahagún se ocupa de Cihuacóatl, conocida también como Tonantzin, y anota que se le atribuían voces nocturnas y una costumbre extraña: dejar en el mercado una cuna que, al revisarla, contenía únicamente una navaja de pedernal de las empleadas en los rituales de sacrificio.

Otro religioso, el dominico Diego Durán, recogió una versión protagonizada por Moctezuma II. Inquieto por los anuncios de que su gobierno terminaría, el tlatoani quiso enterarse de lo que la gente soñaba o veía e instruyó a quienes transitaban de noche para que, si se cruzaban con la mujer del llanto, la interrogaran sobre su pena (Durán, 1951, I, p. 525). No hay forma de saber cuánto de estas historias circulaba antes del arribo de las tropas de Cortés y cuánto se armó después para explicar la derrota, y buena parte de los historiadores considera los presagios una elaboración posterior. Lo que los documentos sí muestran es cómo se representaba a la diosa. En el folio 102r del Códice Ixtlilxóchitl, que reúne imágenes de deidades, Cihuacóatl tiene la quijada sin piel, un ojo con forma de estrella, un escudo adornado con plumas de águila y un tzotzopaztli, la tabla de madera que en el telar de cintura servía para apretar el tejido y que aquí empuña como arma. Caracoles y flores de cuatro pétalos decoran su falda. La imagen junta en un solo cuerpo el trabajo doméstico, la guerra y la muerte.

Tras la Conquista el culto desapareció y el Tlillan quedó bajo las nuevas construcciones, pero el relato sobre una madre que lamenta la suerte de sus hijos siguió contándose en la capital novohispana. En las primeras décadas del siglo XX, Luis González Obregón incluyó en Las calles de México la versión urbana del relato, situada hacia la mitad del siglo XVI: una aparición de blanco que atravesaba el centro durante la noche, hacía un alto en la Plaza Mayor y se perdía rumbo al lago. En ese tránsito la figura cambió de sentido. La diosa que lloraba por todo un pueblo terminó convertida en una mujer que paga una culpa personal, y con los siglos el relato llegó a cada barrio con variantes propias. El escenario de origen, sin embargo, se conservó en lo esencial: el centro de la ciudad, la oscuridad y el agua. Las ruinas que hoy se visitan junto al Zócalo son el punto donde coinciden la diosa de los códices y la aparición de la leyenda.

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«¡Hijitos míos! ¿A dónde voy a llevármelos?» 🌙🕊️ Mucho antes de que La Llorona recorriera las calles coloniales, en el antiguo Valle de Anáhuac ya se escuchaba un lamento desgarrador en medio de la noche. Era Cihuacóatl, la diosa madre y protectora que presagió la caída de Tenochtitlan y el sufrimiento de su pueblo. Inauguramos octubre con nuestra nueva sección LeyendasChilangas 💀✨. Prepara los audífonos y adéntrate en las historias y mitos que habitan las calles de la CDMX. 💬 ¿Conocías el origen prehispánico de esta leyenda? Déjalo en los comentarios. 📌 Fuentes e imágenes: • Códice Florentino, Libro XII. • Códice Ixtlilxóchitl, f.102r, INAH. • Durán, 1951, I, p.525, en Arqueología Mexicana. • Material visual y de apoyo: Arqueología Mexicana, INAH, Thomas Kole, DW, TV UNAM. CallesChilangas Cihuacóatl LaLlorona CDMX Tenochtitlan #spookyseason #historiasdeciudad

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Fuentes

Sahagún, fray Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino), Libros I y XII, Editorial Porrúa, tomos I y IV, México, 1956.

Códice Ixtlilxóchitl, f. 102r, sección de deidades. Fotografía: Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, INAH.

Durán, fray Diego, Historia de las Indias de Nueva España e islas de la tierra firme, Editora Nacional, t. I, México, 1951, p. 525.

Muñoz Camargo, Diego, Historia de Tlaxcala, México, 1982.

González Obregón, Luis, Las calles de México, Editorial Porrúa, Colección Sepan Cuántos, núm. 568, México, 2003.

Matos Moctezuma, Eduardo, “¿La leyenda de la Llorona es de origen prehispánico?”, Arqueología Mexicana, núm. 122, pp. 88-89.

Noguez, Xavier, “Cihuacóatl. Algunas representaciones”, Arqueología Mexicana, núm. 183, pp. 11-15.

Imágenes: Arqueología Mexicana, INAH, Thomas Kole, DW, TV UNAM.

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