Quien pasa hoy por la avenida Cuauhtémoc, a la altura del Viaducto, alcanza a ver, detrás de un muro, la torre de una capilla neogótica. Esa torre pertenece al Panteón Francés de la Piedad, un cementerio que a lo largo de más de un siglo reunió una de las colecciones de arte funerario más importantes de la Ciudad de México.
La historia comenzó durante el imperio de Maximiliano. En esos años, la colonia francesa de la capital pidió un lugar propio para sepultar a los suyos, y el proyecto se instaló en un terreno de las afueras, cerca del antiguo pueblo de La Piedad. Al principio, el panteón contaba con apenas una capilla y tres manzanas.
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Sus primeros ocupantes fueron, sobre todo, franceses, suizos y belgas. La caída del Imperio no cerró el cementerio. Tras la salida de las tropas francesas en 1867, el panteón volvió a recibir sepulturas y, con el tiempo, admitió a otras familias.
Durante el Porfiriato, familias de la élite mexicana como los Escandón, los Landa y los Barrón construyeron sus capillas sobre la calle principal. Para entonces, el panteón ya recibía obras de arquitectos y escultores de renombre, autores de muchas de las piezas más valiosas del conjunto.
Uno de esos autores fue Antonio Rivas Mercado, el arquitecto a cargo de la Columna de la Independencia. Otro fue Adolfo Ponzanelli, escultor formado en academias europeas que trabajaba al mismo tiempo en obras públicas, como el Palacio de Bellas Artes, y en capillas funerarias para familias acomodadas.
En el panteón también dejaron obra el escultor Jesús F. Contreras y Arturo Pani, entre más de un centenar de autores que hoy están identificados.
El trabajo de esos artistas todavía puede verse en las tumbas. Las imágenes que más se repiten son la cruz y el Sagrado Corazón de Jesús. Las cruces están hechas en piedra, metal o madera, y algunas llevan hojas y ramas como símbolo de la esperanza de salvación.
Los ángeles ocupan el otro gran lugar. Algunos se llevan la mano a la boca para pedir silencio, otros sostienen la trompeta del Juicio Final y otros cargan una antorcha invertida, el atributo que identifica al ángel de la muerte.
La Virgen se presenta principalmente en tres advocaciones: la Dolorosa, la de Guadalupe y la del Rosario. En algunos sepulcros, en cambio, la escultura no representa a una figura religiosa, sino a la propia persona sepultada, retratada de cuerpo completo.
La obra más visible del Porfiriato es la capilla neogótica que el arquitecto francés E. Desormes levantó a finales del siglo XIX. Su torre, rematada en hierro, es la misma que hoy se ve desde la avenida. En su interior guarda nichos con lápidas de mármol, vitrales firmados por Félix Gaudin y pinturas con escenas del Nuevo Testamento.
En los años cuarenta, el panteón se quedó sin espacio. Para ampliar su capacidad, la sociedad de beneficencia que lo administraba abrió otro cementerio, el Panteón Francés de San Joaquín. Aun así, las familias siguieron levantando monumentos en el de la Piedad durante el resto del siglo XX.
Por eso, en sus calles conviven las capillas más antiguas, construidas con muros de cantería y mármol, con monumentos de estilos que llegaron después, como el art nouveau y el art déco. Esa mezcla, reunida a lo largo de más de un siglo, convierte al Panteón Francés de la Piedad en uno de los conjuntos de arte funerario más importantes de la Ciudad de México.



