Pocos de quienes recorren la Avenida Presidente Masaryk, la arteria más cara y elegante de Polanco, se detienen a pensar que su nombre esconde un gesto diplomático de hace casi un siglo. Desde 1936, por decisión del presidente Lázaro Cárdenas, la avenida honra a Tomáš Masaryk, el primer presidente de Checoslovaquia y una de las figuras democráticas más respetadas de la Europa de entreguerras. El homenaje terminó por cobrar cuerpo, y de manera literal, en el año 2000, cuando la ciudad de Praga donó la estatua de bronce del estadista que hoy preside la glorieta. La pieza no es una copia improvisada: se fundió con el mismo molde de la escultura levantada frente al Castillo de Praga, de modo que, separadas por casi diez mil kilómetros, las dos capitales contemplan hoy el mismo semblante sereno del fundador del Estado checoslovaco.

Pero la huella checa en la Ciudad de México no se agota en el lujo de Polanco ni en el brillo de su bronce. Su capítulo más hondo se esconde en el sur, en una colonia de la Magdalena Contreras cuyo nombre guarda una de las tragedias más estremecedoras del siglo XX. En junio de 1942, como represalia por el atentado que costó la vida al jerarca nazi Reinhard Heydrich, las tropas alemanas arrasaron el pueblo checo de Lídice: fusilaron a sus hombres, deportaron a las mujeres a los campos de concentración, arrancaron a los niños de sus familias y dinamitaron hasta la última casa, con la voluntad expresa de que el lugar desapareciera para siempre del mapa y de la memoria. El efecto fue el contrario. La noticia recorrió el mundo y encendió una ola de solidaridad, y comunidades enteras adoptaron el nombre de la aldea para que el designio nazi jamás se cumpliera. La Ciudad de México fue de las primeras: a finales de agosto de ese mismo año, en una ceremonia oficial, la sección norte de San Jerónimo Aculco pasó a llamarse San Jerónimo Lídice y la aldea borrada por el fuego volvió a existir en el corazón del sur capitalino.
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El centro de esa memoria es la Plaza Lídice, donde se levanta el mural “Campo de luz y muerte”, del artista Ariosto Otero, un alegato plástico contra la barbarie que vigila el espacio y convoca cada año a la comunidad. El 10 de junio, en el aniversario exacto de la masacre, mujeres mexicanas que llevan el nombre de Lídice depositan rosas rojas ante el monumento, en una ceremonia tan sencilla como conmovedora que renueva el lazo entre dos pueblos separados por un océano. Así, de la glorieta más exclusiva del país a una plaza arbolada del sur, la Ciudad de México conserva en bronce y en piedra el recuerdo de una nación lejana, y demuestra que una avenida y un nombre pueden custodiar, al mismo tiempo, la elegancia de la diplomacia y la dignidad de la memoria.
