En 1942 Paseo de la Reforma todavía era una avenida en construcción de identidad, más ancha en sus intenciones que en su historia, y el gobierno de Manuel Ávila Camacho quiso llenarla de símbolos que hablaran del país que México pretendía ser. Ahí, el 10 de octubre, quedó de pie una escultura de bronce de dos toneladas que representaba a la diosa Diana con el arco tenso hacia el norte. La obra, encomendada al escultor Juan Fernando Olaguíbel y al arquitecto Vicente Mendiola Quezada, se llamó oficialmente «La Flechadora de las Estrellas del Norte», aunque la ciudad terminaría por rebautizarla con el nombre que hoy todos usan.
La reacción no se hizo esperar. Una mujer desnuda de bronce, por más que remitiera a la escultura clásica, resultaba una provocación para los sectores más conservadores de la capital, y grupos como la Liga de la Decencia exigieron que se cubriera antes de que la avenida más importante del país se convirtiera, según ellos, en un escaparate de inmoralidad. La discusión trascendió los círculos religiosos y llegó hasta la prensa, que en esos años debatía si el lugar de Diana era Reforma o si convenía sustituirla por figuras ligadas directamente a la historia nacional.
¿CÓMO LLEGÓ ANFORAMA A SER LA CADENA QUE HOY LE DICE ADIÓS A LA CDMX?
El Autocinema Lomas fue el primer cine para automóviles en la Ciudad de México
La presión terminó por imponerse. Según distintos relatos, fue la propia primera dama, Soledad Orozco, quien pidió que se le colocara un taparrabo de bronce a la diosa para cubrir su desnudez. Olaguíbel aceptó, pero no sin resistirse primero: fundió la prenda con apenas tres soldaduras, una solución deliberadamente frágil que dejaba abierta la posibilidad de retirarla el día en que la ciudad cambiara de parecer.
Ese cambio tardó más de dos décadas en llegar. Mientras la Diana permanecía cubierta, la ciudad que la rodeaba se transformaba a un ritmo muy distinto: crecían los edificios sobre Reforma, se multiplicaban los automóviles y, hacia los años sesenta, una nueva generación empezaba a cuestionar las costumbres que habían justificado el taparrabo en primer lugar. Fue en 1967, con la ciudad preparándose para recibir los Juegos Olímpicos del año siguiente, cuando se decidió restaurar la escultura a su forma original. El intento salió caro: al desprender la pieza soldada, el bronce se dañó de tal manera que la única solución fue fundir una escultura nueva a partir del molde inicial. La Diana que hoy conocemos no es, en sentido estricto, la misma que se develó en 1942.
La pieza original, ya sin calzón ni censura, salió de la ciudad en 1970 rumbo a Ixmiquilpan, en Hidalgo, donde permanece hasta la fecha en el jardín principal del municipio. La nueva copia, en cambio, quedó atada al pulso urbano de la capital: primero se ubicó cerca de la Puerta de los Leones del Bosque de Chapultepec, después las obras del Circuito Interior la desplazaron en 1974 al entonces Parque Ariel, junto a donde hoy se levanta la Torre Mayor, y no fue sino hasta 1992, gracias a la gestión de un grupo de artistas e intelectuales, que encontró su sitio definitivo en la glorieta de Paseo de la Reforma y Río Misisipi.
Detrás del bronce hubo también un rostro real: Helvia Martínez, la modelo que posó para dar forma a la diosa, recibió en 2016 un reconocimiento del Senado y otro del Gobierno de la Ciudad de México por su papel en una de las imágenes más reproducidas de la capital. Ocho décadas después de aquella develación entre protestas, la Diana Cazadora ya no necesita defender su lugar en Reforma: se volvió parte del paisaje que alguna vez intentó rechazarla, y su historia, tan llena de vueltas como la propia avenida que la sostiene, sigue siendo una de las postales más contadas de la ciudad.
