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Viaje por la nostalgia en el Ruta 100: «Nadie nos va a extrañar» y los 90

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La Ciudad de México es como un palimpsesto, si se nos permite el cuántico traslado del término; es muchas ciudades en una sola, capa sobre capa sin que las subsecuentes borren el scripto inferior. Basta una mirada o un sonido, para que del fondo de las Calles Chilangas y del fondo de la memoria, regresen como fantasmas las historias. Basta una serie como Nadie nos va a extrañar (México, Prime Video, 2024-2026) para recordar que entre los espíritus de la memoria también habitan sombras de reglas absurdas y golpes de madurez que, a veces, todavía duelen.

Sería difícil precisar qué hace de Nadie nos va a extrañar una de las series mexicanas más exitosas de los últimos años, pero la nostalgia es, sin duda alguna, un factor decisivo. Ambientada en 1994, la producción de la serie hace un esfuerzo monumental por recrear una Ciudad habitada por camiones colectivos amarillos, videoclubes, tardeadas adolescentes, cassettes y Compact Disc (CD) en ascenso, para contar la historia de Memo, Tenoch, Daniela, Marifer y Alex, cinco adolescentes que están (como el país en ese mismo año) a punto de vivir uno de los momentos más determinantes de su vida. A lo largo de la primera temporada somos testigos de cómo la aparente inocencia de la trama (nerds venden tareas para ganar dinero) oculta debajo la turbulencia de crecer, y las características de una época mucho más dura para temas como la salud mental y la orientación sexual de lo que tal vez seamos capaces de concebir hoy en día.

Camión de la Ruta 100. Imagen: El Sol de México.

La Ruta 100 inaugura la serie y nos coloca de golpe en otra Ciudad de México que, aunque no lo parezca, yace a más de tres décadas de nuestros días. La icónica ruta de camiones amarillos creada por el gobierno de José López Portillo a principios de los 80, se consolidó como una de las favoritas de los habitantes del entonces Distrito Federal porque cubría casi 7 mil kilómetros a través de las 16 delegaciones y de 10 municipios del Estado de México. Se trataba de un servicio con unidades amplias y horarios establecidos de funcionamiento. En la serie, Tenoch, líder autonombrado del grupo y “futuro presidente de México”, es un usuario regular de la ruta.

El negocio de venta de tareas, pequeña mafia bien escondida debajo de la apariencia de niños buenos de Tenoch, Daniela, Marifer y Alex, se ve ampliado con la llegada de Memo, un estudiante nuevo que viene a llenar un hueco en la oferta del emprendimiento: las tareas de inglés. Sin embargo, Memo también será un personaje clave para apuntalar el desarrollo de sus nuevos Súper Amigos, y un ejemplo de la batalla silenciosa que se oculta detrás de algunas de las sonrisas más brillantes.

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Algunos de nosotros, demasiado jóvenes en 1994, también resonamos con algunos de los otros elementos característicos de la época que la producción de la serie se esfuerza por traer de vuelta. Todavía en la primera década de los 2000, los Boing de triangulito de la Cooperativa Pascual S.A. de C.V. habitaban las cooperativas escolares y los recreos, que terminaban con una chicharra y el sonoro grito de niños y niñas que echábamos a correr como si buscáramos liberar los últimos vestigios de energía ,antes de volver a las aulas a mirar el pizarrón y copiar la tarea. También seguían ahí los Chocotorros, pastelitos llenos de azúcar a los que volveremos más adelante, con menos sonrisas y el corazón en la mano.

Nadie nos va a extrañar presenta un coming of age que camina sobre la cuerda floja, muy bien tensa y balanceada, entre comedia y drama. Nos lleva de escenas como la narración de una desastrosa (¿traumática?) catafixia en el muy longevo En familia con Chabelo, programa que sobrevivió medio siglo en televisión abierta, hasta momentos como el reclamo de Alex a su padre porque ya nunca hablan de su mamá, fallecida prematuramente. Porque en la vida y en la Ciudad de México conviven ambas cosas: los momentos de los que nos reímos y las conversaciones incómodas, los monumentos blancos que contienen las bellas artes y las más alejadas periferias donde duele mirar las pérdidas y las carencias.

Tenoch (Virgilio Delgado) y Memo (Alex Madrazo). Imagen: Fuera de foco.

La llegada de Memo cambia todo para el grupo, pues se convierte en confidente individual de sus cuatro amigos. Así descubrimos que Tenoch no es solo un capitalista que lucra con su conocimiento, sino un sobrino que quiere ayudar a sus tíos, que lo acogieron para estudiar en el DF; entendemos que Marifer desea descubrirse a sí misma, sin estar ligada a un hombre; conocemos el secreto romántico de Daniela; y comprendemos la repentina crisis que Alex vive con su sexualidad. Todo al ritmo de Caifanes, Duncan Dhu y “A dónde va el viento”, canción original de Julieta Venegas para la serie que resume la incertidumbre de cambiar con la vida.

Memo es el agente insospechado que catapulta al grupo de nerds e inadaptados a un nivel de popularidad con el que solo Alex había soñado, en su pasada época de badboy con la camisa desabotonada y la chamarra amarrada en la cintura. Es ahí donde la producción trae de vuelta una práctica que parece muy lejana: las tardeadas, fiestas que empezaban cerca de las 4 de la tarde y concluían antes de las 9 de la noche. La popularidad de Memo hace que el resto de sus compañeros lo vea casi en todas las tardeadas que se hacen al salir de clases, aunque él no vaya a ninguna. Y aquí yace uno de los efectos narrativos más potentes de la serie, que desata toda su fuerza hacia la recta final: la popularidad como invisibilidad.

Memo lo sabe todo de los demás, como que Alex (bully retirado, ex novio de Marifer) tiene un repentino crush con Rafa, un cliente del videoclub de su familia. (Para quien ya no lo recuerda, un videoclub era un lugar donde uno podía ir a rentar películas en formato físico, en este caso, VHS). Pero ¿qué sabemos de Memo? Le gusta Duncan Dhu… su padre trabaja en Houston, Texas… vive solo con Pascual, su chofer… y tiene una de las pocas computadoras de escritorio particulares (con el juego de un gatito).

Marifer (Camila Calónico). Imagen: Chilango.

Y este conocimiento llega de golpe hacia el final de la primera temporada cuando los padres de Memo vuelven de Estados Unidos para decirle que se mudarán, otra vez. Memo explota y, de alguna manera, también colapsa debajo del peso de no ser escuchado, de ser invisible a pesar de estar ahí todo el tiempo. La traducción de todas las canciones de un cassette, una bolsa gigante llena de dulces, la entrega de una colección entera de música, y una última treta académica cuya recompensa es un Chocotorro… Mientras los personajes ven gestos aleatorios o amables, la audiencia de los últimos capítulos de Nadie nos va a extrañar, ve signos de alerta y contempla con impotencia cómo nadie se da cuenta de que Memo da pasos hacia un final que puede evitarse.

El octavo y último episodio de la primera temporada de Nadie nos va a extrañar es el desborde emocional de todas las turbulencias que escondían los Boing de triangulito, los Chocotorros, los cassettes y los walkmans. Es el recordatorio de que crecer duele pero que no todo tiempo pasado fue mejor. En el caso de los años 90, la salud mental aún era un tema tabú, y padecimientos como la depresión eran descalificados, sobre todo en la adolescencia, como “pereza” o “falta de motivación”. También era una época de dificultades para miembros de la comunidad LGBT+ pues, aunque la homosexualidad ya no era delito en los 90, las autoridades policiacas esgrimían conceptos ambiguos como las “faltas a la moral y las buenas costumbres” para detener, extorsionar y violentar a parejas homosexuales.

Marifer (Camila Calónico) y Memo (Axel Madrazo). Imagen: Vogue.

Y tras el trauma, queda preguntarse “¿y ahora qué?”. Ese es el enfoque de la segunda temporada de Nadie nos va a extrañar, que estrenó el 7 de agosto en Prime Video. Seguimos a Tenoch, Dani, Marifer, Alex, Rafa y Diego al lidiar con la pérdida de Memo y con las consecuencias de sus decisiones en el amor y en el futuro. La segunda temporada está ubicada en la recta final de 1994, justo antes de la gran crisis económica conocida como el Efecto Tequila y la turbulencia por el levantamiento en armas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

Nadie nos va a extrañar es un viaje por la nostalgia que se hace en la Ruta 100, pero también es una exploración de los descubrimientos que todas y todos hacemos en nuestro años de adolescencia: el amor, la decepción, la amistad, la formación de una identidad desmarcada de nuestras familias. Y también es un vehículo para que los fantasmas de las historias emerjan de las Calles Chilangas y de los fondos de la memoria, para contemplar con el corazón en la mano y un Boing de triángulo en la otra, de dónde venimos.

CC
Calles Chilangas
Crónica urbana de la Ciudad de México. Sus calles, su gente y la memoria que guardan sus rincones.
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