Antes de que Pedro Infante subiera a una motocicleta frente a las cámaras, la Ciudad de México ya conocía a esos hombres. Corría 1928 cuando el gobierno de Plutarco Elías Calles ordenó formar los primeros escuadrones motorizados para poner orden en unas calles que, apenas treinta años después de la llegada del primer automóvil a la capital, ya no daban abasto con tantos coches. Los agentes patrullaban entre el tránsito de una ciudad que empezaba a modernizarse a toda prisa y ahí, entre el ruido de los motores y el trabajo diario, nació algo que nadie había planeado.
Con los años apareció un segundo cuerpo, la Policía Federal de Caminos y con él llegó la rivalidad. Los agentes de ambas corporaciones empezaron a competir para demostrar quién dominaba mejor su motocicleta: pirámides humanas de pie sobre dos ruedas en marcha, giros cerrados, maniobras que más de una vez terminaron en quemaduras o huesos rotos. Los mandos, en lugar de detener el riesgo, decidieron reconocerlo. De esa manera, lo que empezó como una pulla entre compañeros se convirtió en disciplina formal y las acrobacias salieron de los patios de las estaciones de policía para instalarse en plazas de toros y desfiles, frente a un público capitalino que empezó a mirar a estos motociclistas casi como héroes de la ciudad.
El día que la Ciudad de México se paralizó para despedir a Pedro Infante
La escena clandestina de Los Caifanes en la Diana Cazadora
Ese era el paisaje urbano cuando Ismael Rodríguez decidió llevarlo al cine. En 1951 estrenó «A toda máquina», escrita junto con Jesús Camacho Villaseñor, más conocido en la industria como Pedro de Urdimalas. La historia de Pedro Chávez y Luis Macías, los motociclistas de tránsito que interpretan Pedro Infante y Luis Aguilar, no inventó nada: tomó una rivalidad que ya existía en las calles reales de la ciudad y la convirtió en comedia, en canción, en la imagen de dos amigos que compiten por trabajo y por amor con las mismas suertes que los verdaderos agentes practicaban a diario.
La película hizo que esa admiración, que ya vivía en las banquetas de la capital, se volviera nacional. Otras instituciones, como la Dirección de Materiales de Guerra y el IMSS, formaron también sus propios equipos de acróbatas en motocicleta, y durante años la Ciudad de México vio multiplicarse estas exhibiciones en plazas de toros y explanadas públicas. Fue la época de mayor auge de esta disciplina en el país, y la mediateca del INAH todavía guarda fotografías de aquellos acróbatas, tomadas hacia 1967, como testimonio de ese momento.
Con el tiempo las grandes funciones fueron espaciándose, pero la tradición nunca desapareció del todo de las calles que la vieron nacer. En 2016, el escuadrón acrobático de la Policía Federal volvió a presentarse en público, y hoy agrupaciones de motociclistas de distintos estados siguen practicando y heredando estas suertes, la misma acrobacia que un día surgió del tránsito capitalino y que Pedro Infante, sin saberlo del todo, ayudó a volver inmortal.
