Salvador Novo López nació en la Ciudad de México el 30 de julio de 1904. Tenía seis años cuando, en 1910, su familia se mudó a Torreón, Coahuila, donde cursó la educación básica mientras el país entraba en la Revolución. Regresó a la capital alrededor de los doce años para estudiar en la Escuela Nacional Preparatoria. Ahí conoció a Xavier Villaurrutia, el primero de los vínculos que definirían su vida intelectual. Más tarde ingresó a la Universidad Nacional para estudiar leyes, carrera que abandonó sin terminar.
El empujón decisivo se lo dio Pedro Henríquez Ureña, quien lo encaminó hacia la cátedra literaria y el periodismo. Por esos años, Novo, Villaurrutia y Jorge Cuesta formaron el núcleo de Los Contemporáneos, el grupo que sacudió la poesía y la crítica mexicanas en las décadas de 1920 y 1930. Novo escribía rápido, con una prosa ágil que sus contemporáneos describieron como llena de picardía: el mismo filo que más tarde lo haría, según el poeta Hugo Gutiérrez Vega, alguien «muy famoso y solicitado, muy admirado y muy zaherido» en los círculos culturales del país.
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Esa prosa encontró su forma definitiva en la crónica. Novo escribió sobre la ciudad con una curiosidad que no distinguía entre lo solemne y lo marginal: tituló textos como «La Ciudad de México en 1867», «Breve historia de Coyoacán» y, de manera reveladora para entender su carácter, «Las locas, el sexo y los burdeles», una crónica sobre los márgenes urbanos de la capital. Fue, según ha señalado la crítica literaria, el primero en detenerse con seriedad en la vida cotidiana, la cocina y el pasado de la ciudad como temas centrales y con ello le dio a la crónica mexicana un peso que no tenía antes de él.
Esa mirada culminó en 1946 con «Nueva grandeza mexicana», el libro con el que ganó el Premio Ciudad de México ese mismo año. La obra retoma el título y la estructura de la «Grandeza mexicana» que Bernardo de Balbuena escribió en 1604 sobre la misma capital, y la traslada a su presente: un recorrido por mercados, cantinas, calles y costumbres de la Ciudad de México de mediados del siglo XX. El crítico Carlos Monsiváis la calificó después como una de las pocas visiones unitarias y completas que se han escrito sobre la ciudad, la penúltima, dijo, antes de «La región más transparente» de Carlos Fuentes.
Mientras escribía sobre la ciudad, Novo también la administraba culturalmente. En 1947, Carlos Chávez lo nombró jefe del Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes. En 1952 fue elegido miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, silla XXXII. En 1953 abrió el Teatro de la Capilla en Coyoacán, que dirigió personalmente y que se convirtió en uno de los espacios escénicos de referencia en la ciudad durante esos años.
El reconocimiento institucional llegó a su punto más alto en 1965, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo nombró Cronista de la Ciudad de México, cargo que había quedado vacante desde la muerte de Artemio de Valle Arizpe en 1961. En 1967 recibió el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, y un año después, en 1968, la calle donde vivía fue renombrada con su nombre: la firma del cronista pasó a ser, también, una dirección postal.
Todo esto ocurrió mientras Novo vivía su homosexualidad de manera abierta, sin las cautelas que el ambiente cultural de la época exigía. Carlos Monsiváis lo describió como «el homosexual belicosamente reconocido y asumido» en una época de «afirmación despiadada del machismo». El propio Novo, en una entrevista de 1958 con Emmanuel Carballo, lo dijo a su manera: a diferencia de otros escritores de su generación, que solo habían tenido biografía, él había tenido vida y contarla con honestidad heriría las «buenas costumbres» de su tiempo. No la contó del todo, pero tampoco la escondió: la llevó puesta, en público, mientras presidía la Academia de la Lengua y firmaba la crónica oficial de la capital.
Salvador Novo murió en la Ciudad de México el 13 de enero de 1974, a los 69 años, en funciones como cronista oficial. Dejó detrás una ciudad que había aprendido a mirar a través de sus textos y un precedente poco común: el de un funcionario cultural de alto perfil que nunca tuvo que elegir entre la institución y la identidad. Las dos cosas convivieron en la misma persona y son juntas, la razón por la que su nombre sigue apareciendo medio siglo después.
