El 13 de septiembre de 1821, dos semanas antes de la entrada del Ejército Trigarante a la Ciudad de México, tres hombres se reunieron en una hacienda al norte de la capital, cerca de la Villa de Guadalupe: Juan O’Donojú, jefe político enviado por España; el mariscal Francisco Novella, que controlaba la ciudad desde la destitución del virrey Apodaca, y Agustín de Iturbide. De ese encuentro salió el acuerdo que suspendió las hostilidades y abrió la capital a los trigarantes. La hacienda se llamaba La Patera y era propiedad de María Ignacia Rodríguez de Velasco, la Güera Rodríguez.
Nació en la Ciudad de México el 20 de noviembre de 1778. Su padre, Antonio Rodríguez de Velasco, era regidor perpetuo del Ayuntamiento, es decir, miembro vitalicio del cabildo que gobernaba la capital, un cargo que las familias criollas acaudaladas compraban y heredaban y que les daba voz directa en los asuntos de la ciudad. Después de dos matrimonios que terminaron en viudez, María Ignacia llegó a los años de la crisis política con fortuna y haciendas propias, algo poco común para una mujer de su época.
La cruz de pericón, la flor de Tláloc que sigue en las puertas de la ciudad
Los Indios Verdes: la historia detrás del monumento que da nombre al norte de la CDMX
Esa crisis estalló en 1808, cuando Napoleón invadió España y obligó a Fernando VII a abdicar. Sin rey legítimo, el Ayuntamiento de México propuso que la Nueva España se gobernara de manera provisional con sus propias autoridades. A ese sector se le conoce como autonomista, porque no buscaba separarse de la Corona, sino que los criollos tuvieran voz propia en el gobierno del reino. Sus voces principales fueron el síndico Francisco Primo de Verdad, el regidor Juan Francisco Azcárate y el fraile peruano Melchor de Talamantes, y el virrey José de Iturrigaray se mostró dispuesto a escucharlos.
La respuesta llegó en la madrugada del 16 de septiembre de 1808, cuando un grupo de comerciantes peninsulares encabezado por Gabriel de Yermo depuso a Iturrigaray y encarceló a los promotores del proyecto. Primo de Verdad murió en prisión semanas después, Talamantes murió en 1809 en San Juan de Ulúa y Azcárate pasó varios años preso. Por el cargo de su padre y por sus amistades, la familia de María Ignacia pertenecía a ese mundo del Ayuntamiento, y Azcárate formaba parte de su círculo cercano. En su entorno estaba también el canónigo José Mariano Beristáin, su compadre y uno de los letrados más conocidos de la capital, que durante la guerra se volvió un férreo defensor de la causa realista. Sus relaciones atravesaban a los dos bandos.
En 1809 ella misma entró en la disputa. Denunció un supuesto complot de europeos contra el virrey Francisco Javier de Lizana, pero la investigación se volvió en su contra y el episodio terminó con su destierro a Querétaro en 1810. Años más tarde, el historiador Lucas Alamán atribuyó el incidente a la intriga de una dama de familia distinguida, célebre en su tiempo por su belleza.
Durante la guerra, su nombre apareció en denuncias, entre ellas una carta anónima de 1814, que la acusaban de enviar dinero, paño para uniformes y papel a los insurgentes. Su postura, sin embargo, fue ambigua: en diciembre de 1811, cuando los rebeldes ocupaban dos de sus haciendas en Guanajuato, se refirió a ellos como enemigos. La historiadora Silvia Marina Arrom sostiene que sus contactos con ambos bandos respondían sobre todo a la defensa del patrimonio familiar.
Su vínculo más firme con la consumación fue su amistad con Agustín de Iturbide, documentada desde 1809 en cartas donde él relataba sus visitas a la casa de los padres de ella, y que se reflejó en la cercanía de su familia con la corte durante el Primer Imperio. Sus rivales le atribuyeron además un romance con él y la redacción del Plan de Iguala, versiones difundidas por Vicente Rocafuerte, adversario político de Iturbide, que nunca se han comprobado. Lo que sí consta es que la reunión que destrabó la entrega de la capital se celebró en su propiedad.
Dos años después de la caída del Imperio contrajo matrimonio con Juan Manuel de Elizalde, y en 1846, con la invasión estadounidense en curso, se sumó a otras trece mujeres para crear una junta de apoyo a los hospitales que recibían a los soldados heridos. Murió el 1 de noviembre de 1850 y sus restos descansan en el Templo de San Francisco, en el Centro Histórico. Su lugar en la Independencia no está en los campos de batalla, sino en los espacios donde la élite de la capital negoció el poder, del Ayuntamiento de 1808 a la hacienda donde se pactó la entrega de la Ciudad de México.

BIBLIOGRAFÍA
Alamán, Lucas. Historia de Méjico desde los primeros movimientos que prepararon su independencia en el año de 1808 hasta la época presente. 5 vols. México: Imprenta de J. M. Lara, 1849-1852.
Arrom, Silvia Marina. “La Güera Rodríguez: la construcción de una leyenda”. Historia Mexicana 69, núm. 2 (octubre-diciembre de 2019). México: El Colegio de México. https://doi.org/10.24201/hm.v69i2.3972
Arrom, Silvia Marina. La Güera Rodríguez. Mito y mujer. México: Turner, 2020.
Osegueda, Rodrigo. “La Güera Rodríguez, ¿la mujer que independizó México?”. México Desconocido, 26 de mayo de 2020. https://www.mexicodesconocido.com.mx/la-guera-rodriguez-la-mujer-que-independizo-mexico.html