Los Reyes Magos en la memoria chilanga

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Enero trae rosca, juguetes y el cierre del maratón Guadalupe-Reyes. Con esta tradición se apagan las luces navideñas y se cierra un ciclo festivo para dar paso a un año nuevo, cargado de propósitos, rutinas por estrenar y memorias que regresan cada 6 de enero.

En lo personal, tengo que confesar que mi temporada favorita siempre fue la llegada de los Reyes Magos. Durante años no entendí por qué mis hermanos y yo encontrábamos juguetes debajo del árbol, hasta que mi hermana —cinco años mayor— me explicó que había que dejar el zapato acompañado de una carta. Ella ya lo sabía; yo aprendí después. Así empecé a escribir mis peticiones y a dejarlas cuidadosamente en mi zapato ortopédico negro y poco agraciado. Algunas veces, por si acaso, también mandaba mis deseos en un globo. Todo comenzaba igual: “Queridos Reyes Magos…”, seguido de una lista que iba cambiando con los años y con la imaginación.

De todos los juguetes que recibí, el recuerdo más nítido es la llegada de mi súper triciclo verde, cuando tenía cuatro años. Mi hermana recibió uno amarillo con canastilla y mi hermano, de tres años, un carro de bomberos en el que él era el jefe. Los tres eran de la marca Apache y, como decía su eslogan, “duran, duran, duran”. Éramos niños felices en una pequeña vecindad de la Colonia Moctezuma, primera sección, donde en los años ochenta muchas viviendas conservaban patios centrales que funcionaban como punto de encuentro y territorio de juego.

Ahí, mi hermano y yo aprendimos a esquivar macetas —las nuestras y las de los vecinos— para no chocar con ellas, aunque algunas veces las rompimos con toda la intención de ver la resistencia del coche y nos ganabamos un regaño que incluía barrer la tierra y pedir disculpas. Todos los días salíamos a “lavar” los coches; según nosotros, los pulíamos y los secábamos con trapos viejos. A veces jugábamos a los bomberos; otras, se me ocurría amarrar los triciclos con mecates para hacer un doble remolque y pasear a mis muñecas. Eran tiempos en los que la imaginación y el juguete eran los verdaderos protagonistas.

Con los años, los juguetes también cambiaron. Algunos no pasan de moda y otros dejaron de existir físicamente, pero siguen intactos en la memoria de quienes los recibimos. Más allá del objeto, lo que permanece es el ritual: la espera, la sorpresa y la emoción compartida. En ese cruce entre tradición y recuerdo, el Día de Reyes conserva un significado que viene de mucho más atrás.

La Biblia narra que cuando Jesús nació en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, llegaron de oriente unos magos que siguieron una estrella. Esa luz los guió hasta el lugar del nacimiento; al ver al niño con su madre María, se postraron, lo adoraron y abrieron sus tesoros para ofrecerle oro, incienso y mirra. Desde entonces, el gesto de dar y recibir se volvió símbolo de fe, esperanza y celebración.

Así, cada zapato colocado con cuidado, cada carta escrita con letra temblorosa y cada juguete esperado enlazan la infancia con una historia más antigua. En la memoria chilanga, el Día de Reyes no solo reparte regalos: reparte recuerdos que siguen rodando por patios, vecindades y calles donde todavía se aprende a jugar.

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