El retrato que no estaba en el plan

Continúa leyendo

Al Foro Valparaíso entré por una razón que no tiene nada de noble. Iba caminando por Isabel la Católica, había dejado un pendiente en Venustiano Carranza, y el sol del Centro a las dos de la tarde puede ser bastante terco. Vi el portón abierto y entré. Ni siquiera tenía claro qué guardaba ese palacio. Sabía, vagamente, que era de Banamex; sabía, también vagamente, que era del siglo XVIII. Lo demás iba a tener que averiguarlo ahí adentro.

La frescura del patio me reconcilió con el plan, si es que había plan. Caminé sin prisa entre vitrinas, pintura virreinal, esa quietud que los museos del Centro suelen tener a media tarde, cuando el ruido de afuera no entra y los pocos visitantes hablan en voz baja como si estorbaran. Y de pronto me detuve frente a un cuadro sin haber decidido detenerme.

Era Sor Juana.

Me costó un segundo entender por qué me había parado. La he visto mil veces, todos la hemos visto mil veces, está en el billete de doscientos, en las paredes de las primarias, en las portadas de los libros que no leímos en la prepa. Pero aquí estaba a tamaño casi real, a un metro escaso, y eso era otra cosa. Era como cruzarse con alguien a quien dabas por conocido y caer en cuenta de que en realidad nunca lo habías mirado.

Me acerqué a la cartela. Y ahí vino lo segundo, que terminó importándome más que lo primero.

El cuadro está fechado en 1732 y lo firma un tal Fray Miguel de Herrera. Sor Juana murió en 1695. Treinta y siete años de diferencia. Esta Sor Juana, la que me estaba mirando a mí o a la pared o al fantasma de quienquiera que entrara a esa sala, no había posado para nadie. La pintaron de memoria, o de imaginación, o de copia, o de las tres cosas a la vez. La pintaron, en cualquier caso, cuando ya no estaba.

Eso cambió el cuadro. O más bien, cambió lo que yo creía estar viendo. Un retrato hecho en vida intenta parecerse. Uno hecho después tiene otro trabajo, y ese trabajo no es del todo inocente. El siglo XVIII novohispano sabía bien cómo se fabrica una figura pública. No con la pintura sola, sino con la pintura más la cartela, que en estos casos no es decoración: es expediente.

Me quedé un rato leyéndola. Enaltece a Sor Juana con esa elocuencia barroca que no sabía decir poco: Fénix de la América, gloria de su sexo, honra del Nuevo Mundo. Arriba, como letrero de esquina, Dezima Musa. Y luego, con una precisión que ya no es elogio sino contabilidad, fija las fechas. Nació el 12 de noviembre de 1651, a las once de la noche. Tomó el hábito jerónimo en esta Ciudad de México. Murió el domingo 17 de abril de 1695, a los cuarenta y cuatro años, cinco meses, cinco días y cinco horas. Requiescat in pace.

Esa exactitud me dio mala espina. No la desconfianza habitual frente a la solemnidad barroca, que también, sino algo más concreto. Me pareció que el cuadro no quería recordarla, quería sellarla. Que entre los títulos y las fechas y los cinco-cinco-cinco no hubiera por dónde escapársele. Que ningún visitante, ni del XVIII ni del XIX ni yo en 2025 sudando en el patio, pudiera salir con una versión propia. La cartela no estaba ahí para informar al espectador. Estaba ahí para disciplinarlo.

Y aquí es donde me costó tomar postura, y me sigue costando ahora que escribo. Porque el cuadro me parecía, y me sigue pareciendo, hermoso. Y al mismo tiempo me pareció una operación. Las dos cosas a la vez. Pasa con todos los retratos importantes; pasa, sospecho, con la mayoría de las cosas importantes en esta ciudad.

Lo único que el cuadro no consigue del todo es callarla. Le pone los títulos, le pone las fechas, le pone la cuenta exacta de los meses y los días, y aun así hay algo en la cara que no se deja administrar. No mucho. Lo justo.

Salí a Isabel la Católica sin haber resuelto qué pensaba del cuadro. El sol seguía siendo terco. Caminé hacia Madero pensando que en esta ciudad nos pasamos la vida administrando memorias ajenas, y que a veces uno se topa sin buscarlo con el momento exacto en que esa administración fue puesta en marcha. 1732, óleo, Fray Miguel de Herrera. La maquinaria sigue funcionando. Si para bien o para mal, francamente, no lo sé.

Autor

  • Christian Ramírez Carrillo

    Christian Ramírez Carrillo es un cronista y narrador visual que explora las historias escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Ha trabajado en varios países en Consultoría y es fundador de proyectos culturales como el Museo Puertas Abiertas y La Transformación, Christian combina su pasión por la fotografía con un profundo interés en el tejido social de la ciudad. Desde su perspectiva, la crónica es una forma de rescatar la identidad de la ciudad, capturando momentos que reflejan tanto lo efímero como lo eterno, hablar de la historia es entender que todos somos parte de ella. En Calles Chilangas, su lente se posa sobre lo cotidiano para revelar las conexiones entre las personas, el espacio y la historia, invitando al lector a ver la Ciudad de México como un ser vivo, cambiante y rebosante de relatos. Su trabajo, en el que el arte y la palabra se encuentran, ofrece una puerta abierta a las historias que dan forma a esta metrópoli compleja y fascinante.

    Ver todas las entradas
Más recientes
Anuncios y aliados