Andrés es primo de Luis, mi esposo. Vive en Bogotá, tatúa, dibuja, fotografía, y tiene esa cualidad rara de los que hacen muchas cosas bien: que ninguna parece esfuerzo. Lo conocí hace algunos años, cuando vino a México por primera vez. Recuerdo poco de esa visita porque pasó lo de siempre que pasa con las visitas familiares, demasiadas comidas y demasiadas noches y al final uno ya no sabe en qué casa estaba ni qué dijo. Pero recuerdo con precisión un momento. Andrés mordiendo una Picafresa por primera vez, en la cocina, con cara de no saber bien si le gustaba o si le ofendía.
Le gustaba. Tardó dos segundos en decidirlo. Pidió otra.
Esa visita fue el principio de un sistema que hoy ya tiene su propia logística. Cada vez que viajamos a Bogotá, Luis y yo facturamos una maleta extra. Una maleta dedicada, exclusiva, que nunca lleva ropa. Lleva dulces. Lleva salsas. Lleva el botín. Y antes de hacerla, nos sentamos en la mesa de la casa con las cosas extendidas como en un Tetris comestible.
Hay reglas, porque a estas alturas ya hay reglas. A Andrés y a Laura les van las Picafresas, en buena cantidad, porque es lo que más reparten ellos a su vez. A las tías les tocan las Glorias, esas obleas de cajeta con nuez envueltas en celofán transparente, que tienen una elegancia decimonónica que las tías reconocen al instante. A Nico le mandamos los Manzapanes, esos rombos de mazapán de cacahuate que se desmoronan en cuanto los miras. A Paulina, el agua de horchata en sobre, porque le encanta y porque allá no la consigue. A Bibi, el Miguelito y el Tajín, en cantidad suficiente para que aguante hasta el siguiente viaje. Y, para los que aceptan el reto, las salsas que pican: Valentina negra, Búfalo, Tajín del que pica, Salsita Tamazula, alguna macha o alguna que estoy seguro que no se consigue all. Yo siempre llevo más salsas de las necesarias, debo confesarlo. Luis se ríe y me echa bronca, mientras me dice que a todo le pongo salsa. Es verdad. Lo intento corregir y no me sale. Una salsita le da sabor a las cosas, y a estas alturas ya no sé si es vicio o si es una forma menor de seguir siendo mexicano.
Las bolsitas las armamos a cuatro manos. Más de sesenta, porque la familia y los amigos en Bogotá son muchos, y porque a estas alturas el círculo ya no es solo de Luis. Pequeñas, transparentes, cerradas con un moño. Tardamos una tarde entera. Cada una lleva su mezcla específica, según para quién es, lo cual a veces nos enreda y nos hace reírnos porque alguno mete una Pica donde tocaba Manzapán y hay que rehacerla. Cuando terminamos, la mesa parece lo que probablemente es: la trastienda de un negocio raro y que opera nada más entre familia y amigos.
Siempre, eso sí, sobran algunas piezas de reserva que guardo en el bolso, en la mochila, a veces en el bolsillo del saco. No son por accidente. Son a propósito. Las llevo conmigo durante los días que estoy en Bogotá, porque ocurre con frecuencia que en una mesa, en algún museo, en alguna tienda o en una conversación cualquiera, alguien me pregunta si soy mexicano. Y entonces saco algún dulce y la dejo sobre la mesa seguido de la frase: Sí, soy mexicano, pruébalas, son dulces mexicanos. También llevo virgenes de Guadalupe, pero esa, es otra historia. Es la forma más eficiente que he encontrado de presentarme. Más rápida que cualquier explicación, más honesta que cualquier dato curioso. La cultura, cuando es portátil, viaja sin discurso.
Lo llamamos botín porque, medio en broma, decimos que es contrabando. Tengo varias historias del aeropuerto y he regalado varias a oficiales, que no me creen que son para mi familia. Pero la palabra correcta es otra y no la sé. No es regalo, porque los regalos tienen ceremonia y estos no. No es souvenir, porque los souvenirs no se comen. Es algo más cercano a una traducción. Algo que solo significa lo que significa si uno lo come, no si uno lo describe.
Esto me hizo pensar, hace algunas semanas, en qué cosa estaba traduciendo exactamente.
Una noche, después de armar bolsitas hasta tarde, me senté a buscar el origen de la Picafresa con el celular en la mano. Luis ya estaba dormido. Lo que encontré es una historia que podría ser una novela mexicana.
Vero empezó en 1952, en Guadalajara, como un negocio familiar llamado Los Pinos. Lo fundaron Ángel Ibarra Dávila y su esposa María del Refugio Robles. Hacían un dulce amarillo, parecido al turrón, envuelto en celofán de colores. Nada que anticipara una industria del chile.
Cinco años después, una sequía de tres años golpeó al país. La frase me detuvo cuando la leí, porque a primera vista una sequía no quiebra una fábrica de dulces. Las sequías quiebran cosechas. Pero cuando se quiebra el campo se quiebra todo lo que depende del campo, incluyendo el azúcar y el ánimo. La familia se mudó a Culiacán, reabrió la fábrica con otro nombre, Dulces Gloria, y empezó a hacer paletas grandes con palo de madera. Esas mismas que comía la Chilindrina en las repeticiones eternas del Chavo del 8.
Volvieron a Guadalajara en 1965 con otro nombre todavía, Dulces Teresa. Solo en los años setenta, después de una década entera de trabajo silencioso, llegó el nombre Vero. Todas las fuentes que consulté repiten que Vero era el nombre de una nieta de los fundadores. Lo repiten con la misma frase, lo cual me hizo desconfiar. Esa unanimidad sospechosa que tienen los datos cuando todos los copiaron de un solo lugar. Lo dejo como leyenda razonable y sigo.
La Picafresa apareció en algún punto de los ochenta, cuando Vero empezó a especializarse en productos con base en chile. No encontré la fecha exacta. Es raro, me parece, que un dulce tan central a la infancia de millones de personas no tenga una fecha documentada. O quizá no es raro. Quizá las cosas que se vuelven cotidianas dejan de necesitar fecha. Las fechas son para lo extraordinario.
Apagué el celular y pensé un rato.
Lo que se me quedó dándome vueltas no era la sequía, ni la nieta posiblemente apócrifa, sino una pregunta más concreta. A finales de 2022, Grupo Bimbo vendió Ricolino, que incluía a Vero, a Mondelēz International, una corporación estadounidense con sede en Chicago. La misma que hace los Oreo y el Toblerone. Es decir, esas Picafresas que Luis y yo metíamos en bolsitas sobre la mesa de la casa son hoy producto de una multinacional con sede en Illinois.
Me dio una sensación rara. Porque uno sigue mordiendo el mismo dulce, sigue siendo del mismo color, sigue picando igual. Lo que cambió no se siente en la lengua. Se sabe nada más por las noticias. Y entonces uno empieza a dudar de si lo que yo cargo en la maleta a Bogotá es una cosa mexicana, o si lo mexicano de la Picafresa es solamente la receta y el recuerdo, y todo lo demás ya está en otro lado. No tengo respuesta para eso. Sospecho que no la hay del todo.
Y sin embargo. Cuando Andrés muerde una Picafresa, no sabe a Chicago. Sabe a algo que es difícil de explicar a alguien que no creció en México, y que él, sin haber crecido aquí, entendió de inmediato. Lo cual me hace dudar también de la teoría según la cual los sabores pertenecen al lugar donde uno fue niño. A lo mejor los sabores son portátiles. A lo mejor lo que viaja, en estos casos, no es exactamente la nostalgia, sino la posibilidad de adoptar nostalgias ajenas y volverlas propias sin haberlas vivido.
Pero el flujo, hay que decirlo, no es de un solo sentido. Yo también traigo de Bogotá. Yo también he adoptado nostalgias ajenas. Las almojabanas las descubrí ahí y ahora las pienso a media semana, esa textura entre queso y miga que no se parece a nada mexicano y que sin embargo se me volvió familiar. El caldo de costilla, ese caldo de papa con cilantro que se sirve antes de las nueve de la mañana en cualquier desayunador bogotano, lo pido cada vez que voy, sin importar la circunstancia. La operación es simétrica, aunque yo no haga bolsitas con almojabanas para repartir en México (no aguantarían el vuelo, además). El cariño cruza fronteras en distintos formatos, según lo que cada cocina permita. La mía permite Picafresas. La suya permite chocorramos y bocadillo, ya hablaré de ellos.
Y ahí, supongo, está el punto. Las bolsitas que armamos Luis y yo no son una operación de exportación cultural unilateral. Son media parte de un trueque. Lo que yo dejo en Bogotá en forma de Picafresas, Glorias, Manzapanes, horchata, Miguelito, Tajín y Valentina, regresa a mí en forma de almojábanas, en ese chocorramo pequeñito y ese dulce de dulce de leche y coco de Soata, el nombre es panocha, no piense mal estimado lector mexicano, que no es albur, así se llama. Estos sabores que ya no logro pensar como completamente ajenos, porque cada vez que voy, cada vez que vuelvo, el inventario afectivo se mueve. Algo deja de ser exclusivamente mío. Algo deja de ser exclusivamente suyo.
Eso, para mí, es lo que justifica facturar la maleta extra. No es la Picafresa en sí. Es lo que la Picafresa permite, que es entrar a una cocina ajena con la confianza de quien ya tiene un pase. Y, también, aprender a entregarse uno mismo en una bolsita transparente, sobre cualquier mesa, cuando alguien pregunta de dónde uno viene.
Lo demás, el chile y el azúcar, son nada más el envoltorio.
Calles Chilangas te invita: si tienes a alguien fuera de México a quien quieres mucho, llévale dulces la próxima vez que lo visites. No tienen que ser muchos. No tienen que ser caros. Pero pocas cosas son más eficaces que un puñado de Picafresas en una bolsita pequeña para volver portátil aquello que uno creía que solo se podía sentir aquí

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Christian Ramírez Carrillo es un cronista y narrador visual que explora las historias escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Ha trabajado en varios países en Consultoría y es fundador de proyectos culturales como el Museo Puertas Abiertas y La Transformación, Christian combina su pasión por la fotografía con un profundo interés en el tejido social de la ciudad. Desde su perspectiva, la crónica es una forma de rescatar la identidad de la ciudad, capturando momentos que reflejan tanto lo efímero como lo eterno, hablar de la historia es entender que todos somos parte de ella. En Calles Chilangas, su lente se posa sobre lo cotidiano para revelar las conexiones entre las personas, el espacio y la historia, invitando al lector a ver la Ciudad de México como un ser vivo, cambiante y rebosante de relatos. Su trabajo, en el que el arte y la palabra se encuentran, ofrece una puerta abierta a las historias que dan forma a esta metrópoli compleja y fascinante.



