Hoy, en el aniversario 57 del alunizaje del 20 de julio de 1969, vale la pena recordar que la primera escala internacional de esa historia no fue en Europa ni en Asia, sino en el Zócalo capitalino.
El 29 de septiembre de aquel año, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins aterrizaron en el aeropuerto de la Ciudad de México a bordo del avión presidencial Air Force Two, en el arranque formal de la gira mundial de buena voluntad bautizada como «Giantstep». La travesía, solicitada personalmente por el presidente estadounidense Richard Nixon, llevaría después a la tripulación por 24 países en apenas 45 días, pero México fue el primer destino fuera de Estados Unidos que los astronautas pisaron tras el regreso de la Luna. En la pista los esperaban flores, mariachis y una comitiva encabezada por el embajador estadounidense Robert McBride y el representante del presidente Gustavo Díaz Ordaz.
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Lo que debía ser un recorrido protocolario terminó desbordado por el entusiasmo popular. Apenas la comitiva abandonó el aeropuerto rumbo al Zócalo, la multitud comenzó a cerrar el paso del vehículo en el que viajaban los astronautas. A la altura de Tlaxcoaque le fue retirada la capota al automóvil y a partir de ahí miles de manos se agitaron para alcanzar a los tripulantes bajo una lluvia constante de papel picado. Un hombre le entregó un sombrero de charro a Armstrong sin soltarle la mano, al grado de que el astronauta llegó a mostrarse visiblemente inquieto, mientras que en uno de los apretujones Michael Collins perdió la medalla que minutos antes le había obsequiado el entonces regente capitalino.
En el Salón de Cabildos de la Plaza de la Constitución, el jefe del Departamento del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal, declaró a los tres astronautas huéspedes de honor de la ciudad y les entregó las llaves de la capital ante un aplauso que se prolongó por más de dos minutos. En su discurso calificó el viaje lunar como «la hazaña más portentosa de la Humanidad» y comparó a los tripulantes con Julio Verne y Leonardo da Vinci. Armstrong respondió a nombre de sus compañeros con una frase breve que resumía el ánimo de la visita: «Es para nosotros un gran placer volver».
La palabra volver no era casual. Armstrong recordó ante los asistentes que aquella no era su primera visita al país, pues quince años atrás había pasado su luna de miel en territorio mexicano. También compartió una reflexión que se volvería memorable entre las crónicas de la época, sobre cómo desde el espacio no lograban distinguir las fronteras entre naciones, de la misma manera en que los pueblos debían unirse en propósitos comunes.
La jornada cerró en Los Pinos, donde el presidente Díaz Ordaz ofreció un almuerzo a los astronautas y sus esposas. Ahí les obsequió mancuernillas y llaveros de oro trabajados en filigrana oaxaqueña, además de una réplica de las instalaciones olímpicas de 1968, mientras que la primera dama entregó a las esposas rebozos de Santa María bordados con sus nombres. A cambio, la tripulación dejó una réplica de la placa depositada en la superficie lunar y fotografías firmadas por los 72 jefes de Estado cuyos mensajes viajaron grabados en un disco hasta la Luna.
Casi seis décadas después, la escena conserva algo que ninguna misión espacial posterior ha vuelto a replicar en estas calles: la imagen de tres hombres recién bajados de otro mundo, envueltos en sombreros y ponchos, incapaces de avanzar entre una ciudad que se negaba a dejarlos ir.
