La plaza principal de la Ciudad de México tiene un nombre oficial que casi nadie usa: Plaza de la Constitución. El apodo con el que todos la conocen, Zócalo, no viene de su tamaño ni de su forma, sino de una obra que se quedó a medias en el siglo XIX y cuyos restos siguen enterrados bajo el pavimento actual.
Todo comenzó en 1843. El presidente Antonio López de Santa Anna ordenó demoler el mercado del Parián, que ocupaba buena parte de la plaza y para entonces estaba en mal estado. El decreto, firmado el 27 de junio, autorizaba también levantar ahí mismo un Monumento a la Independencia. La demolición arrancó el 23 de julio y el terreno quedó libre el 11 de septiembre.
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Antes de construirlo, el gobierno abrió un concurso de diseño en la Academia de San Carlos. Ganó el arquitecto Enrique Griffon, pero Santa Anna decidió encargar la obra a otro: Lorenzo de la Hidalga, quien ya había trabajado en el mercado del Volador y en el edificio que se convertiría en el Teatro Nacional. Su proyecto contemplaba una columna coronada por una estatua de la República, apoyada en un basamento octagonal con figuras de héroes de la Independencia en cada ángulo.

La primera piedra se puso el 16 de septiembre de 1843. Santa Anna debía encabezar la ceremonia, pero una enfermedad se lo impidió, así que en su lugar asistió José María Bocanegra, ministro de Relaciones y Gobernación, junto con los responsables de Justicia y Hacienda. Dentro de la piedra, de mármol blanco, se selló una caja de zinc con el decreto de la obra, un ejemplar del Diario del Gobierno, un calendario de ese año, dos medallas y tres monedas acuñadas para la ocasión.
La columna y la estatua nunca se construyeron. Entre 1843 y 1844, México enfrentaba la amenaza de una guerra con Estados Unidos por la anexión de Texas, además de una crisis financiera y una inestabilidad política que meses después sacaría a Santa Anna del poder. La obra se detuvo hacia finales de octubre de 1844 y el anillo de piedra quedó ahí, sin terminar, en medio de la plaza.
A esa base inconclusa la gente empezó a llamarla zócalo, término de arquitectura que designa la parte inferior de una construcción. Los periódicos de la época la nombraban indistintamente zócalo del Monumento a la Independencia o zócalo de la Plaza de Armas, y gracias a el uso diario terminó por nombrar la palabra a la plaza completa. Para 1880, el escritor Ignacio Manuel Altamirano ya documentaba que otros estados usaban el término para sus propias plazas principales, aunque partiendo de una confusión: creían que zócalo era sinónimo de jardín.
En 2017, durante otra rehabilitación de la plaza, arqueólogos del INAH volvieron a excavar en esa zona. A treinta centímetros de profundidad y seis metros al norte del asta bandera encontraron una plataforma circular de 8 metros de diámetro, rodeada por una banqueta de 14 metros. Esa plataforma es más pequeña que el basamento de 1843, que medía 35 metros de diámetro, así que probablemente corresponde a la adecuación de 1859, construida sobre los restos del anillo original. Una exploración anterior, en 1983, sí había registrado un fragmento del anillo grande, con esos 35 metros documentados desde el siglo XIX.
El INAH colocó una placa en el sitio del hallazgo. Bajo el pavimento actual sigue el basamento que nunca se completó y que, sin que nadie lo planeara, terminó dándole su nombre a la plaza más grande del país.
