En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, entre mármoles blancos traídos de Toscana y líneas curvas de inspiración europea, el Palacio de Bellas Artes guarda un detalle que la mayoría de sus visitantes nunca advierte. No está en las cúpulas ni en los murales que narran la historia del país, sino en la ornamentación de una de sus entradas, donde un pequeño rostro tallado en piedra recuerda a Aída, la perrita que acompañó al arquitecto italiano Adamo Boari durante los años en que levantó, piedra sobre piedra, lo que entonces se llamaba el Teatro Nacional.
Boari nació el 22 de octubre de 1863 en Marrara, una aldea del territorio de Ferrara, en Italia, y estudió arquitectura en las universidades de Ferrara y Bolonia, donde obtuvo el título de ingeniero civil en 1886. Su carrera lo llevó primero a Brasil, adonde se trasladó en 1889 en busca de oportunidades profesionales, y más tarde a Chicago, ciudad donde diseñó rascacielos y proyectos de vivienda social y donde conoció al arquitecto estadounidense Frank Lloyd Wright, quien años después lo recordaría en sus memorias. Boari llegó a México hacia 1897 y 1898, invitado a realizar obras como la parroquia de Matehuala, en San Luis Potosí, y el Templo Expiatorio de Guadalajara. En ese periodo participó también en el concurso para el nuevo Palacio Legislativo, certamen en el que obtuvo el segundo lugar.
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Fue en 1898 cuando Aída, una perrita de raza setter, llegó a México junto a Boari y se convirtió, desde entonces, en su compañera constante. En 1904, el gobierno de Porfirio Díaz encargó al arquitecto italiano, junto con el ingeniero mexicano Gonzalo Garita, el diseño del Teatro Nacional, un edificio pensado para engalanar los festejos del centenario de la Independencia. Boari trazó una fachada de mármol blanco de Carrara y una decoración de inspiración art nouveau que buscaba, según explican historiadores del propio recinto, un estilo europeo con acentos mexicanos. Mientras supervisaba cada detalle de la obra, Aída lo seguía cada mañana entre andamios y bloques de piedra, y su presencia diaria terminó por convertirse en parte del ritmo cotidiano de la construcción.
La perrita murió antes de que el edificio quedara terminado. Conmovido por su lealtad, Boari decidió tallar su figura en relieve en uno de los costados de una de las entradas del recinto, entre las musas y los guerreros mexicas que forman parte de la ornamentación exterior. Ese pequeño rostro canino, discreto entre figuras de mayor tamaño, se convirtió con el tiempo en lo que algunos especialistas del Instituto Nacional de Bellas Artes describen como la firma artística del arquitecto italiano dentro de su obra más ambiciosa.
La construcción del Teatro Nacional se detuvo en 1916 a causa de la Revolución Mexicana, y Boari abandonó el país para instalarse en Roma, donde escribió un libro sobre construcción y diseño de teatros. Murió el 24 de febrero de 1928 sin ver concluida la obra a la que había dedicado buena parte de su vida. El edificio fue retomado años después por el arquitecto Federico Mariscal, quien incorporó elementos art decó al interior, y finalmente se inauguró en 1934 bajo un nuevo nombre, Palacio de Bellas Artes, decidido así porque el recinto pasaría a albergar distintos espacios museísticos. Hoy, una de sus salas lleva el nombre de Adamo Boari en su honor.
A casi un siglo de aquella inauguración, la escultura de Aída permanece en su sitio, ajena al bullicio de los visitantes que cruzan a diario las puertas del palacio. No hay una placa que la señale ni un recorrido que se detenga frente a ella. Es, simplemente, el rastro más íntimo que dejó un arquitecto extranjero en el edificio que terminó por definir el rostro cultural de la Ciudad de México.

