Cuando pensamos en la Revolución Mexicana es fácil imaginar a los caudillos, los ferrocarriles y los campamentos llenos de hombres armados. Pero entre todo ese movimiento también caminaron miles de mujeres que sostuvieron la vida de las tropas. A muchas de ellas se les conoce como adelitas, un nombre que nació del corrido popular de la época y que con el tiempo se convirtió en símbolo de la participación femenina durante la guerra. El corrido hablaba de una joven llamada Adela, admirada por su valentía y su trabajo como enfermera. Esa figura inspiró el apodo que después se usó para referirse a cualquier mujer que viajaba, acompañaba o luchaba dentro de la revolución.
Entre estas mujeres destacó Adela Velarde Pérez, originaria de Ciudad Juárez. A los 13 años se unió a la Cruz Blanca Constitucionalista y dedicó su vida a atender heridos, organizar campamentos, transportar víveres y caminar junto a las tropas. Su labor fue tan reconocida que muchos soldados la identificaron como la posible inspiración del corrido de “La Adelita”, aunque el origen exacto de la canción nunca se confirmó. Aun así, su nombre quedó ligado para siempre al imaginario revolucionario.
Las adelitas participaron por distintas razones. Algunas siguieron a sus familias para protegerlas, otras escaparon de violencias o buscaron libertad. También estuvieron las que defendieron sus tierras, las que cocinaron para cientos de personas, las que enviaron mensajes ocultos entre campamentos y las que curaron heridas en improvisados hospitales. Su trabajo fue fundamental para que los ejércitos avanzaran, resistieran y mantuvieran el movimiento vivo. Aunque la historia oficial tardó en reconocerlas, sin ellas la revolución no habría tenido el mismo alcance ni la misma fuerza.
En esta historia aparece un objeto que se volvió prácticamente inseparable de ellas: el rebozo. Antes de la Revolución ya era una prenda común en pueblos y barrios de México, pero durante la guerra adquirió funciones nuevas. Con el rebozo cargaban provisiones, envolvían armas, protegían a sus hijos, enviaban recados y se ocultaban del polvo o del frío. También servía para pasar desapercibidas en caminos vigilados, ya que nadie sospechaba que debajo de una prenda cotidiana podían viajar mensajes, medicamentos o municiones. Cada región tenía su propio estilo de tejido, colores y nudos, lo que volvió al rebozo un símbolo de identidad dentro de un país en conflicto.

La Ciudad de México fue uno de los escenarios donde estas historias también dejaron huella. Las adelitas pasaron por estaciones como Buenavista, donde llegaban trenes cargados con tropas y familias enteras. Cruzaron plazas y calles del Centro, donde se imprimían periódicos revolucionarios y se repartían mensajes que muchas veces viajaban ocultos en rebozos. En el Castillo de Chapultepec, hoy Museo Nacional de Historia, el mural “Del porfirismo a la Revolución” de David Alfaro Siqueiros muestra la tensión del momento histórico y también la presencia femenina en ese periodo. La ciudad fue centro de organización, de comunicación y de paso obligado para cientos de mujeres que transitaban entre el frente y la vida cotidiana.
Por eso, desde Calles Chilangas, recuperar la historia de las adelitas no es un simple ejercicio de memoria, es reconocer que la Revolución también se caminó en estas calles. Entre andenes, plazas y barrios se movieron mujeres que sostuvieron el conflicto con trabajo silencioso, resistencia diaria y decisiones difíciles. Y es aquí, en la CDMX, donde su huella sigue presente en museos, mercados, ferias textiles y espacios que guardan parte de esa identidad colectiva.
Hoy, el rebozo sigue vivo en mercados como La Lagunilla, en talleres artesanales, en estaciones de Metro y en las calles donde la ciudad mezcla pasado y presente. Y las adelitas continúan siendo símbolo de fuerza, agencia y memoria. Recordarlas es reconocer que la historia del país no solo se escribió con batallas, sino también con manos que cocinaron, curaron, cargaron, tejieron y caminaron al ritmo de un México que estaba cambiando.



