En el corazón húmedo de Mixquic, donde el agua moldea la vida y el paisaje, la tierra late con un ritmo propio. Las chinampas —estas islas agrícolas que desde tiempos prehispánicos han alimentado al Valle de México— guardan saberes que resisten al tiempo. Uno de ellos es el chapín, una técnica ancestral que transforma el lodo del canal en cuna fértil para nuevas plantas. Aquí, de la mano de quienes trabajan la tierra, descubrimos la ciencia profunda que sostiene este ecosistema.
El suelo que cuenta historias
Pablo es nuestro guía y nos narra que el suelo de las chinampas es un cuerpo vivo: la tierra se originó de la mezcla de material que proviene de los cerros que un día fueron volcanes, las arcillas, las plantas acuáticas, el pasto, los restos vegetales… todo se mezcla lentamente en un proceso que podría parecer humilde, pero es el resultado de siglos de interacción ecológica. Este suelo es muy rico en materia orgánica, nutrientes y sales que aprovechan las plantas y además ayuda a que retenga mayor cantidad de agua.
Por eso, caminar sobre una chinampa es, literalmente, caminar sobre un reservorio natural de vida y de clima: un sumidero que captura dióxido de carbono y sostiene biodiversidad, alimento y paisaje.

Humedales: los pulmones silenciosos
Los humedales como Mixquic son sistemas vivos que respiran por sus plantas. Año con año, absorben dióxido de carbono, crecen, mueren y se reintegran al suelo. Debido al poco oxígeno que necesitan, esta materia no se descompone del todo; queda atrapada, almacenando carbono en el sedimento.
Este equilibrio es delicado:
- Puede capturar grandes cantidades de dióxido de carbono.
- Pero también generar metano, un gas más potente si no hay manejo adecuado.
Pablo lo explica con sencillez: conservar el humedal es garantizar que gane la captura de carbono sobre la emisión. Cuidarlo significa proteger la biodiversidad, la alimentación y la salud emocional de quienes encuentran aquí un respiro ante el ruido de la ciudad.

Moldear la vida con las manos: El método del chapín
La demostración del chapín comienza con una imagen simple: un pastel de lodo. Pero en realidad es una técnica precisa, cargada de significado agrícola.
- Se extrae el lodo del canal, líquido, oscuro, cargado de nutrientes.
- Se limpia a mano, retirando las hojas e impurezas que impedirían un buen corte.
- Se vacía en un molde rectangular, donde descansa un día hasta comenzar a endurecer.
- Con los nudillos se corrigen grietas, se alisa con un poco de agua y se deja listo para el siguiente paso.
- Se utiliza un rallador o cortador, es una herramienta tradicional para seccionar el bloque en tablillas rectangulares (como barras de chocolate) que formarán los chapines.
- A cada tablilla se le hace un pequeño hoyo con el dedo o una varita: ahí reposará la semilla.

Los chapines pueden medir desde unos centímetros para hortalizas pequeñas como acelgas, cilantro o chiles, hasta almácigos gigantes de 20 metros por 5, usados para producción a gran escala.
Una vez hechos, estos bloques mantienen la humedad durante días. Son el vivero perfecto: una matriz que sostiene a la semilla mientras germina, absorbe agua, respira y crece. Al finalizar el proceso, llega el ensamble más delicado: la siembra. En esta ocasión se utilizaron semillas de margarita mediterránea, que al desmoronarse liberan pequeñas pepitas negras, con tres semillas es suficiente para que después sean trasplantados a la chinampa, donde el agua, el lodo y el sol completarán el ciclo.
La técnica del chapín es más que un método agrícola: es un recordatorio de cómo un ecosistema entero sustenta la vida humana. En Mixquic, la tierra no solo produce alimentos; sostiene identidad, memoria y un modo de relación con el entorno que desafía el olvido urbano. En cada tablilla de lodo hay siglos de conocimiento, en cada semilla un gesto de continuidad. Y en cada chinampa, el eco de un pasado que sigue alimentando al presente.




