700 años de México-Tenochtitlán

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Christian Ramírez Carrillo

Hoy, 26 de julio de 2025, la Ciudad de México cumple 700 años.  Mi ciudad es chinampa en un lago escondido, dice la canción,  ciudad que aunque han querido medirla por kilómetros, por pesos, por cifras, esta ciudad no solo se mide en números, también se mide por memoria, por ruido, por antojo, por como se disfruta entre sus calles, comida, bebida y fiesta y cómo se agarra el alma cuando tiembla.

No soy hombre de pocas palabras y 700 años no se cumplen fácil, pero guardando el recuerdo de la antigua palabra y la historia de nuestra patria, sirvan estas líneas como pequeño homenaje y esperando que quien la lea, la mire más como una introducción, que como una recuerdo íntegro de acontecimientos, porque por estos tiempos de las redes sociales en que vivimos de la prontitud y los segundos son ley, alguna vez, por estos lugares en los que antes de que existieran banquetas, semáforos o torres, antes del ruido de los coches y del sonido de: se compran, colchones…  hubo un lago. 

Un lago inmenso, divido en 5 para ser exactos, 3 de agua dulce, 2 de agua salada, rodeado de montañas sagradas, donde los volcanes eran dioses dormidos y las nubes reflejaban el cielo dos veces: una arriba y otra en el agua. Los aztecas llegaron tras décadas de andar y de ser rechazados. Venían de Aztlán, traían dioses, maíz, cantos y una profecía. Y en medio del lago de Texcoco, vieron la señal prometida por Huitzilopochtli: un águila posada sobre un nopal, devorando una serpiente. Era 1325 y donde otros veían solo agua y tule, ellos vieron futuro.

Dejaron pues de ser aztecas para ser Mexicas. Allí, clavaron estacas y construyeron chinampas. Allí, levantaron templos con manos de barro y obsidiana. Allí, fundaron México-Tenochtitlán. La ciudad ombligo del mundo y centro del universo, la ciudad del pueblo del sol, la del quinto sol. Una ciudad que flotaba y respiraba, una ciudad que hablaba con el sol y la luna.

La ciudad fue creciendo como flor de agua. Tenía barrios llamados también calpullis: Moyotlan, Cuepopan, Atzacoalco y Teopan. Nacieron Calzadas como Tacuba, Tepeyac y Taxqueña, que la conectaban con tierra firme, y canales por donde navegaban canoas cargadas de flores, pescado, maíz y cacao.

En el centro estaba el Templo Mayor, el ombligo del universo, donde el fuego nunca se apagaba y los sacrificios daban continuidad al mundo. Casa de Huitzilopochtli y Tláloc, pero también lugar de Cuatlicue y la Tonatzin y un sinfín de Diosas y Dioses que ayudan a construir la cosmovisión del Mundo.

Tenochtitlán no era una ciudad improvisada. Era un proyecto cósmico, político, agrícola, militar, espiritual. Un orden donde cada día tenía nombre, cada acción un símbolo, cada calle un destino. Un espacio donde convivían los comerciantes en la Hermana Tlatelolco, los artesanos del sur, los sacerdotes del centro y los guerreros del norte.

Durante el siglo XV, con el liderazgo de los Huey Tlatoanis como Itzcóatl y Moctezuma Ilhuicamina, Tenochtitlan se convirtió en el corazón del imperio mexica. Una ciudad poderosa, organizada, hermosa y temida, con más de 200,000 habitantes, más que cualquier ciudad europea de su tiempo.

Aquí el maíz no solo se sembraba: se cantaba. Aquí el chile no solo ardía en la boca: ardía en la sangre. Aquí el lago no era obstáculo: era camino, alimento y espejo del cielo.

Tenochtitlan fue una flor y aunque el tiempo, la guerra y la conquista la quisieron enterrar, esa flor sigue viva, bajo cada piedra, en cada esquina, en cada palabra náhuatl que aún se pronuncia. Porque esta ciudad no nació en tierra firme. Nació sabiendo flotar.

Moctezuma Xocoyotzin y Hernán Cortés se encontraron por primera vez en la Calzada de Taxqueña en 1519, el encuentro de dos mundos se hizo oficial, los extranjeros que llegaron la miraron con asombro: tenía mercados más ordenados que los de Sevilla, avenidas anchas, leyes claras, acueductos, templos, jardines y poesía.

Poco duró el encuentro y comenzó el desencuentro, el mestizaje, la imposición,  La flor que brotó del agua fue arrancada con fuego. Tenochtitlan no cayó en un solo día. Cayó en 93 días de asedio, de hambre, de enfermedades traídas por el viento, de traiciones disfrazadas de alianzas. Cayó en silencio, mientras el lago se teñía de sangre y ceniza.

En 1521, los ejércitos de Hernán Cortés, junto con pueblos aliados, entraron a una ciudad exhausta. Las piedras sagradas del Templo Mayor fueron desmanteladas. Sobre sus ruinas, comenzó a levantarse una ciudad con otro nombre, otra lengua y otra cruz.

Pero no fue borrón: fue superposición. Los españoles trazaron nuevas calles, pero muchas siguieron el mismo cauce que los antiguos caminos. Drenaron el lago, pero el agua siguió filtrándose por los sueños.

Así nació la capital de la Nueva España: una ciudad que aspiraba a parecer europea, pero que vibraba con corazón mesoamericano.

Se erigieron iglesias con piedras de los templos mexicas. El Zócalo, antes centro ceremonial, se volvió Plaza Mayor: ahí desfilaban virreyes, se leían bandos reales, y también se ajusticiaba a quienes desafiaban el orden colonial. Se vivieron catástrofes como la inundación de 1629 y epidemias de la viruela, el sarampión, el matlazáhuatl y el tifus. 

A su alrededor se construyeron palacios, conventos, portales. La ciudad se llenó de campanas, sotanas, espadas y gremios. Pero también de lenguas indígenas, tamales y rezos en náhuatl. En 1539 se fundó la primera imprenta de América, y en 1551, la Real y Pontificia Universidad de México. Estudiaban criollos, enseñaban frailes en Colegios como San Ildefonso y San Francisco, pero también se crearon instituciones como el Colegio de las Vizcaínas y el Monte de Piedad,  y en los márgenes, los indígenas aprendían los que no podían entrar.

En el convento de San Jerónimo, vivió y escribió Sor Juana Inés de la Cruz,
la voz más clara del barroco novohispano, la mujer que desafió el silencio con tinta y razón. También fue tierra de Carlos de Sigüenza y Góngora, un polímata con intereses en astronomía, historia y literatura, y de  Bernardino de Sahagún, quien recopiló valiosa información sobre la cultura indígena. De Francisco Javier Clavijero y su historia antigua de México.

Y en los patios, en los claustros, en las cocinas de los pueblos de indios, la ciudad se mestizaba: pan de trigo, maíz cocido en cal, mole con más de veinte ingredientes, dulces de convento y caldos de barrio. El cacao se volvió chocolate espeso: oro negro y hasta para algunos, pecado para el alma. El chile conoció la carne de cerdo, la tortilla se hizo taco, y nació el mole, mezcla de conquista y resistencia. También comenzaba sin querer, la dieta T de nosotros, los chilangos.

La ciudad crecía, y también se estratificaba. Había colonias de españoles, barrios de indígenas, barrios de castas. San Juan Moyotla, San Sebastián Atzacualco, San Pedro y San Pablo Tepito, San Pablo Teopan. Los afrodescendientes esclavizados y los indígenas construyeron iglesias y drenajes, y sus herencias quedaron en la música, en la sazón, en los gestos. Las calles eran de barro, empedradas y polvorientas. El agua llegaba por los acueductos y los aguadores; la basura, la llevaban mulas. ¡Aguas! Que aquí todavía no teníamos sistema de manejo de residuos. 

Era una ciudad de contrastes: devota y supersticiosa, refinada y brutal, con procesiones de santos y juicios de la Inquisición, con virreyes iluminando palacios y pueblos enteros viviendo con hambre.

Pero aún así, Tenochtitlán no murió. Vivía bajo la piedra colonial, en el ritmo de los tambores en los barrios, en el maíz que nunca dejó de sembrarse, en el náhuatl que seguía hablándose a escondidas, en el copal que aún se quemaba en los patios de tierra.

Porque la ciudad no desapareció: aprendió a disfrazarse, a resistir, a mezclarlo todo. Y en medio de rezos, hornos y decretos, se gestaba, lenta y poderosa, una nueva forma de ser: la mexicana.

La nao de China, tría consigo la porcelana, la ciudad era parte del Imperio donde el sol no se apagaba; Primo de Verdad y las primeras conspiraciones, intentaron escapar de las garras de la Inquisición y el Virrey; poco a poco la llama de la independencia comenzó a escucharse en sus calles.

Una noche de 1810, Miguel Hidalgo encendió una mecha en Dolores, pero esa chispa tardó once años en llegar al corazón de la ciudad. Durante una década, la capital virreinal miró con miedo las noticias del campo: rebeliones, insurgentes, saqueos, fusilamientos. José María Morelos escribió desde Oaxaca que México debía ser libre; Leona Vicario conspiró desde salones; Guadalupe Victoria cruzó sierras y Vicente Guerrero le dio un abrazo, que tal vez nunca existió a Iturbide, pero nos dejó la frase: La Patria es Primero.

Y el 27 de septiembre de 1821, el Ejército Trigarante entró por la calle de Plateros y Agustín de Iturbide, entre flores y pólvora, proclamó el final del Virreinato. Entre Chiles en Nogada y Pipianes, se festejó.  La ciudad colonial, todavía con balcones de hierro y acento ahora extranjero, recibió a una nación nueva con alma indígena, lengua y corazón dividido.

La Independencia no fue el fin de una era: fue el inicio de una ciudad que tendría que aprender a inventarse desde las ruinas… otra vez. La ciudad se volvió capital de un país joven, herido de guerra, pero lleno de futuro. Un día despertó como capital de una nación libre, pero con cadenas nuevas y heridas abiertas.

El siglo XIX fue un torbellino: Golpes de Estado, batallas en todo el territorio, banderas que cambiaban de un día a otro, pero también: invasiones extranjeras. Ejemplo la de 1847,  en que la bandera de Estados Unidos ondeó en el Palacio Nacional, pero también fue resistencia de Tepito y de los hombres y mujeres que lucharon por su patria, nacieron las leyendas que aún se cuentan en cada escuela.

Después vino el orden que traía leyes. Benito Juárez, oaxqueño, austero y terco, caminaba por las calles empedradas de la ciudad. Desde la Suprema Corte y el Palacio Nacional, dictó las Leyes de Reforma, separó la Iglesia del Estado y modernizó la república entre sermones liberales y telegramas urgentes. Se abrieron escuelas, se suprimieron privilegios, y la ciudad comenzó a pensarse como nación. Muchos conventos desaparecieron, muchos espacios cambiaron, las huellas del pasado comenzaron a resurgir. Pero no todo era mármol. A petición de Antonio López de Santana se creó en San Agustín de las Cuevas, el Caldo Tlalpeño, que se creía tenía el beneficio de curar la cruda y los impuestos a las ventanas y a los perros, también sorprendieron a la Ciudad.

Pero los imperios no mueren fácil. En 1864, llegaron Maximiliano y Carlota, que crearon el Pase de la Emperatriz, que sería el Paseo de la Reforma, buscando una Ciudad entre alamedas y carruajes. Desde el Castillo de Chapultepec al que llamaron Miravalle, miraba los volcanes y dictaba edictos. Trajeron con ellos cocineros franceces y vieneses, costumbres afrancesadas y pan dulce de múltiples formas, colores y sabores. Llegaron la navidad, con sus árboles y adornos, pero también los pambazos y las galletas de mantequilla. Pero los emperadores y sus cercanos, no entendieron al pueblo. Y el pueblo no lo entendió a él. En 1867, Maximiliano salió de la Ciudad y fue fusilado en Querétaro.

Después vino la calma porfiriana, la del orden con progreso, progreso con silencio. Porfirio Díaz iluminó la ciudad con luz eléctrica, la ciudad comenzó su modernización y su trazo, con avenidas inspiradas en París, y vistió los mercados con hierro forjado. Se fundaron las colonias elegantes y las primeras fuera de la Ciudad: La San Rafael, La Roma, La Juárez, Santa María la Ribera, y el Hipódromo de la Condesa, que en ese momento no sabían que iban a ser gentrificadas. Pero allí nación la ciudad afrancesada: cafés con mesitas al borde de la acera, mujeres con sombrilla y hombres con bastón.

En los barrios populares como La Merced, San Pablo, Peralvillo, Tepito se cocinaba la ciudad verdadera. Ahí se vendían tamales en canasta de mimbre, tlacoyos calientes envueltos en servilleta de tela, y guisados que empezaban a salir de las primeras fondas de a peso. Se amasaba el pan de pulque y se vendían dulces de cajeta; mientras el pulque, traído de Hidalgo y alrededores en burro y garrafón, se servía en las pulquerías con nombres de novela: La Hija de los Apaches, El Recreo de los Danzantes, La Bella Unión. En las calles de tierra, los pregoneros y el sereno.  Y así, mientras las élites cenaban en vajilla de porcelana, el pueblo forjaba la gastronomía que aún nos sostiene.

El siglo XX no llegó en silencio. Llegó con un estallido, con un tren cargado de campesinos, con generales que olían a pólvora, y con un pueblo que había aprendido a decir ya basta. Dos Porfirio se fue en la Estación del Tren, rumbo al exilio y con él, la ciudad afrancesada. En 1910, Francisco I. Madero desafió al régimen desde la palabra. En 1913, fue traicionado y asesinado. La ciudad fue escenario de la Revolución… y también su testigo cansado.

Zapata y Villa cruzaron la ciudad, cabalgaron por el Paseo de Bucareli y Avenida Juárez con más ideales que protocolos. Villa cambió Plateros por Francisco I. Madero. Desayunaron en el Jockey Club y entraron a Palacio Nacional, se sentaron en la silla presidencial, y la abandonaron como si quemara. 

Después llegó la calma violenta de los gobiernos posrevolucionarios. Pero la ciudad encontró nuevas formas de hablar: los muros.

Desde la Escuela Nacional Preparatoria, Diego Rivera pintó el pasado indígena, David Alfaro Siqueiros gritó con color, José Clemente Orozco trazó la contradicción mexicana, y Frida Kahlo, desde su casa azul en Coyoacán, pintó su dolor como si fuera el de todos.

Hubo una época en que la Ciudad de México se veía mejor en blanco y negro. Cuando la pantalla grande convirtió sus calles en leyenda y su acento en símbolo de lo nacional. Fue el tiempo del Cine de Oro mexicano, y la ciudad entera se convirtió en estudio, en paisaje, en protagonista.

Las vecindades se volvieron escenarios de comedia y drama. El Zócalo, testigo de encuentros y despedidas. Garibaldi, refugio de mariachis dolidos. La Lagunilla, mercado de pasiones, y el cabaret, templo del bolero y la tragedia. Todo estaba allí: la Plaza de Santo Domingo, la Alameda, la colonia Roma de los Olvidados de Buñuel y la Avenida Juárez y Paseo de la Reforma, capturadas por la lente de Emilio “El Indio” Fernández, con la fotografía inmortal de Gabriel Figueroa, que pintó con sombras un país lleno de luz.

En los cines de la ciudad, el Orfeón, el Regis, el Palacio Chino, los chilangos se miraban a sí mismos en la pantalla: en la picardía de Tin Tan, el carisma de Pedro Infante, la fuerza de Dolores del Río, el llanto de Sara García, la elegancia de Jorge Negrete, la furia de María Félix, cuyos ojos mandaban hasta a presidentes. 

El D.F. era entonces la Meca del español cinematográfico. De aquí salía el cine que veía toda América Latina. Y aunque muchas veces era una ciudad idealizada, limpia, alegre, sin tráfico ni desigualdades, el espectador la reconocía como suya.

En esas películas, la ciudad se volvió eterna. Porque el celuloide no olvida: allí siguen las canciones, los portales, los besos bajo la lluvia, los taxis de sitio, las tortas de la esquina.

En 1952, se inauguró Ciudad Universitaria, una ciudad dentro de la ciudad, con murales que hablaban más fuerte que muchos discursos. Ahí se consolidó la UNAM como conciencia crítica, como espacio de libertad, de ciencia, de poesía.

Nacieron también colonias como Portales, Tacuba, la Industrial y Lindavista, mientras la ciudad se volvía un mosaico de calles rectas y nostalgias torcidas. Las panaderías vendían conchas que aún sabían a infancia. Las neverías ofrecían nieve de limón con voz de pregonero. Y las tortillerías ya no eran sólo señoras cociendo tortillas al calor del comal, también eran las máquinas modernas que comenzaban a abrir a partir de las 6 am. Ciudad de recetas, novelas y comida familiar, se abrió paso la fonda de la esquina: con sopa aguada, arroz rojo, sopas de fideo, tortitas de papa, milanesa con arroz, en platos hondos pozole, caldo tlalpeño y mole de olla, con agua de jamaica y gelatina de mosaico.

La modernidad llegó con cemento, pero la memoria seguía colándose por las rendijas. Hasta que un día, la esperanza fue acribillada. El 2 de octubre de 1968, en la plaza de Tlatelolco, los estudiantes fueron silenciados a tiros. Ahí, a unos metros del lugar donde cayó Tenochtitlan, el poder volvió a disparar contra su propio pueblo. Y la ciudad, herida, se tragó el grito. Pero no lo olvidó.

Porque esta ciudad escribe su historia en los muros, pero la recuerda en los cuerpos. La ciudad siguió creciendo como si no hubiera orilla. Lo que antes fue islote, luego se hizo centro. Y lo que fue pueblo, se volvió colonia, luego barrio, luego delegación.
La ciudad era ya una megalópolis, un monstruo con miles de brazos que se extendían por el oriente, el poniente, el sur profundo y el norte sin fin.

En 1969, comenzaron a rodar los primeros vagones del Metro: una ciudad subterránea que hablaba con íconos en sus estaciones, donde los trayectos no se miden en kilómetros sino en estaciones: Pino Suárez, donde duerme un templo azteca. Fuimos Ciudad Olímpica y el mundo volteó a vernos, como faro de modernidad y edificios futuristas. 

La ciudad se transformó en velocidad. Insurgentes se volvió vena central. Se asfaltaron calzadas antiguas. Se trazaron Periférico, Viaducto, Tlalpan. Y entre los coches y el smog, sobrevivieron los tamales, las nieves de garrafa, los tacos de canasta. La ciudad crecía sin freno: barrios enteros nacían en lo que ayer fue canal o milpa. Iztapalapa, Iztacalco, Gustavo A. Madero, Cuajimalpa.

Donde no llegaba el Estado, llegaba la señora de la esquina con su comal. Y el niño con su caja de dulces. Y el tianguis, ese milagro móvil que se monta y desmonta cada martes ó domingo según sea la colonia, como si la ciudad respirara a través de sus lonas multicolores.

Pero nada marcó tanto como el 19 de septiembre de 1985. A las 7:19 de la mañana, la tierra rugió desde sus entrañas. La ciudad crujió. Cayeron hospitales, vecindades, oficinas. Hubo polvo, gritos, silencio, escombros.

Y luego, la gente.

No el gobierno. No el ejército. La gente. Los vecinos. Los anónimos. Los que salieron con lo que tuvieran: una cuerda, una cubeta, una radio, una pala, sus propias manos. Así nacieron los Topos, las cadenas humanas, las listas escritas a mano. Así nació la sociedad civil, esa fuerza silenciosa que aún hoy mantiene viva a esta ciudad.

Desde entonces, surgió un sentimiento que guardamos los que nacimos y habitamos aquí: la solidaridad. Esta ciudad aprendió que no puede esperar ayuda: se organiza, se defiende, se levanta sola.

Y entre tanta herida, siguió la vida. El puesto de quesadillas abrió al día siguiente. Las panaderías regalaron bolillos. Las fondas cocinaron con lo que quedaba. Y las calles, llenas de grietas, siguieron siendo escuela, cocina, refugio y campo de juego.

En los 90, la ciudad ganó autonomía. Dejó de ser Distrito Federal controlado desde arriba, y empezó a elegirse a sí misma. Cuauhtémoc Cárdenas fue el primer jefe de gobierno electo. Y con él, llegarán otro más, más marchas, más cultura, más memoria.

A finales del siglo, la ciudad era ya muchas ciudades:
la de los grandes corporativos en Santa Fe,
la de los pueblos originarios en Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta,
la de las luchas sociales en Iztapalapa,
la de los poetas y artistas en Coyoacán,
la de los comerciantes en La Merced,
la de los danzantes en el Zócalo,
la de los obreros en Azcaptzalco,
la de los estudiantes en CU,
la de todos… y la de nadie.

Porque esta ciudad no se define por sus mapas, sino por su gente, por su capacidad infinita de reinventarse, y por una terquedad hermosa: la de seguir de pie, incluso cuando todo alrededor se derrumba.

Los 2000 llegaron como una canción de Natalia Lafourcade y con promesas de cambio y cicatrices abiertas. La ciudad se sacudió el nombre de Distrito Federal y comenzó la batalla por volver a ser… la Ciudad de México. Después de Cárdenas llegaron otros Gobernantes, Obrador, Mancera, Ebrard. Pero lo importante ya había ocurrido: la ciudad comenzaba a elegirse a sí misma.

Y entonces, la capital se volvió vanguardia. Aquí se legalizó primero el matrimonio igualitario. Aquí se aprobó el derecho a decidir. Aquí se celebró el orgullo sin esconderse. Aquí las mujeres caminaron juntas para decir «ni una más». Aquí se legisló con perspectiva social, aunque allá afuera, la desigualdad siguiera esperando el semáforo en rojo.

Mientras tanto, la ciudad siguió creciendo hacia adentro: se densificó, se apretó, se duplicó. Donde antes había casas, hoy hay torres. Donde hubo vecindades, hoy hay hostales. La Roma, Condesa, Juárez, se llenaron de Airbnb, y Santa María, Doctores, Escandón miraron cómo el alquiler subía y los vecinos de siempre eran reemplazados por nombres en inglés y pan de masa madre.

La ciudad que había sido refugio, comenzó a expulsar a sus propios hijos. Pero en muchos barrios, la vida siguió en la banqueta. En Milpa Alta, Tlalpan, Tláhuac y los Barrios Originarios algunas lenguas como el náhuatl se siguió hablando. En Xochimilco, las trajineras siguieron bailando sobre agua antigua. En Tepito, el barrio siguió cuidando lo suyo, como lo ha hecho desde hace siglos.

Y luego, otra vez, tembló. El 19 de septiembre de 2017, a las 13:14 horas, la tierra recordó lo que ya había dicho 32 años antes. Se cayeron escuelas, edificios, sueños. Y la ciudad, sin que nadie se lo pidiera, volvió a salir.

Otra vez las manos, otra vez los cascos,
otra vez los radios, los víveres, las listas.
Otra vez la ciudad que se levanta sola.
Otra vez la ciudad que no se deja enterrar.

Mientras tanto, en la calle, la vida siguió: los tacos al pastor giraron en el trompo, la señora de los tlacoyos siguió calentando en su comal, el agua de horchata siguió sirviéndose en bolsita y la salsa siguió picando. Porque si algo aprendimos en este siglo, es que esta ciudad se cura comiendo. Y no sólo entre el debate de las quesadillas sin queso o con queso. Que por cierto, para mí, siempre serán sin queso, no por otra cosa sino por mi intolerancia… a la lactosa.

Aquí la comida es más que alimento: es barrio, es orgullo, es consuelo. La torta de tamal, la torta de chilaquiles, el tlacoyo azul con nopales, el taco de carnitas con cuerito y el suadero a las 3 de la mañana. Aquí se come de pie, con prisa, con ganas. Y muchas veces, con la mano.

La ciudad también se volvió digital. Se discute en redes, se expone en hilos, se organiza en grupos de WhatsApp, pero sigue amándose en el tianguis, en la mesa de plástico, en el beso furtivo en Bellas Artes, en el mariachi que no deja de cantar en Garibaldi, en la cumbia que retumba en el microbús, en las batallas de freestyle en el Monumento a la Revolución, el las micheladas de la Lagunilla, en la barberías de la Cuahutémoc, en el grafiti de Tlalpan, en la lágrima de satisfacción de los alumnos que se gradúan en CU. En los restaurantes de la Condesa y Polanco.

Porque esta ciudad es muchas ciudades. Es contradicción y refugio. Es ternura y rabia. Es memoria y presente. Y sobre todo, es una sola cosa: vida.

Esta ciudad es mi casa, pero también casa común de más de nueve millones de almas que la sueñan, la caminan, la maldicen y la celebran. En esta ciudad, donde el albur convive con la épica, siempre ha habido quienes se detienen a escuchar. Y han escrito, han cantado, han filmado, han pintado lo que significa vivir en esta urbe sin orillas, donde el pasado aún respira bajo los adoquines y el presente se escribe en cada esquina con voz propia.

Francisco Cervantes de Salazar fue el primero, en pleno siglo XVI, y ya entonces se maravillaba del orden de sus calles, de sus fuentes, de cómo entre el cielo y el agua se erguía una ciudad distinta a todas. Artemio de Valle Arizpe la relató y rescató los nombres de las calles, con una narración casi encantadora, dándole voz a monjas, virreyes, bandidos y portales con historia. Manuel Payno, en el siglo XIX, la llenó de bandidos y poetas, de carretas y conspiraciones, de caminos con niebla y fondas con sopa. Luis Gonzalez Obregón y su México Viejo. Guillermo Prieto la quiso entrañable, Gutiérrez Nájera la escribió como un sueño de gas y tranvías, mientras Salvador Novo la vistió de lentejuelas y bisturí, porque en su pluma, el chisme se volvió documento y el goce, patrimonio.

Carlos Monsiváis la narró completa: la ciudad del sismo, del Santo, del mitin y de la marcha y los gays, de la lucha libre y la fotonovela, la que se vende en Tepito y la que se conserva en la Fonoteca. A su lado, José Emilio Pacheco la lloró con una nostalgia anticipada, como quien extraña una ciudad que aún no ha desaparecido. Guillermo Tovar y de Teresa, con mirada amorosa y erudita, nos recordó que el arte también hace patria y que la belleza puede ser una forma de resistencia. Y también están los que la contaron desde la banqueta, desde la esquina donde no llega el canon pero sí el alma. Chava Flores la cantó con risas, con apodos y doble sentido: “¿A qué le tiras cuando sueñas chilango?”, preguntaba, y en esa pregunta vivía todo el D.F. en un Sábado Distrito Federal. Armando Ramírez la gritó desde Tepito, le puso letras punk a las piedras viejas y las risas nuevas.  Cristina Pacheco la escuchó con la paciencia de quien sabe que cada casa guarda personas y cada persona, una historia. Cada cocina, una biblioteca. Y semana tras semana, en Aquí nos tocó vivir, recogió lo que la historia oficial no ve: el alma doméstica de esta metrópoli indomable.

Ángeles González Gamio sigue deshojando el Centro Histórico, lo barrios, las villas y las Ciudades, como quien barre siglos con palabras suaves y saberes extensos. Jorge Pedro Uribe Llamas, con ojo irónico y pop, revivió el orgullo de las banquetas y de los letreros de neón, pero también le da voz a la palabra antigua desde las calles, los museos, los restaurantes y las pláticas interminables. Rodrigo Hidalgo, explorador archivos, de callejones y secretos, nos enseña que toda ciudad es también una arqueología de lo invisible. Y Héctor de Mauleón, con pluma aguda, nos devuelve la ciudad que creímos perdida: la de los portales antiguos, la de las traiciones políticas, la de las caminatas con memoria junto a Veka Duncan que ha sabido narrar la Ciudad de México desde los márgenes del arte y la historia, tejiendo puentes entre el pasado y la cultura popular con una mirada crítica y profundamente chilanga.

Estos cronistas, son solo algunos, pero homenaje a todas y todos los que han escrito sobre ella, porque no solo describen la ciudad: la tejen como una cobija que abriga hasta a quien duerme en el suelo. La defienden con metáforas, la celebraron con ironía, la lloran, la bailan, la cocinaron, la eternizaron. Gracias a aquellos que saben que esta ciudad no termina cuando cae el sol, ni cuando se apaga el bullicio. Porque alguien, siempre alguien, ya la narró antes de que se la llevara el polvo. Y mientras quede un cronista con cuaderno, guitarra o cámara, la Ciudad de México seguirá latiendo, aunque la memoria tiemble.

En esta ciudad ha sido testigo de imperios, revoluciones, terremotos y canciones, lo único que no ha cesado es la voz que la cuenta. Desde los primeros trazos de Tenochtitlán hasta el murmullo contemporáneo de las redes, la Ciudad de México ha sido escrita, filmada, susurrada, tejida con palabras. Setecientos años han pasado desde que un águila sobre un nopal anunció el nacimiento de una ciudad imposible. Una ciudad que aprendió a flotar, a resistir, a reinventarse. Que fue capital de imperios y virreinatos, de repúblicas y revoluciones, de sueños truncos y esperanzas necias. Una ciudad donde la historia no se guarda en vitrinas: se camina, se come, se canta, se sufre y se celebra.

Aquí caben las pirámides y el concreto, los códices y los memes, los tacos y los influencers. Aquí el tiempo no es línea recta, es un tianguis donde el pasado y el presente se saludan como vecinos. Aquí la nostalgia no se llora: se enchila con salsa de la que pica y se baila el los antros y salones. Aquí el futuro no se espera: se construye con adoquines viejos y sueños nuevos.

Ciudad de México: Nombre que ama y que abraza. Que vibra, que tiembla, que resiste. Que se cae, pero no se rinde. Que no cabe en una crónica, ni en siete siglos.

Hoy, a 700 años de su fundación, esta ciudad no envejece: se transforma. Y mientras haya quien la habite, la imagine y la defienda, la ciudad seguirá latiendo. Con todos sus nombres, con todos sus rostros, con todas sus calles abiertas como libros que aún no se terminan de escribir lo decimos con certeza:

“En tanto dure el mundo, no acabará la fama ni la gloria de México-Tenochtitlán.”

Autores

  • calleschilangas
  • Christian Ramírez Carrillo

    Christian Ramírez Carrillo es un cronista y narrador visual que explora las historias escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Ha trabajado en varios países en Consultoría y es fundador de proyectos culturales como el Museo Puertas Abiertas y La Transformación, Christian combina su pasión por la fotografía con un profundo interés en el tejido social de la ciudad. Desde su perspectiva, la crónica es una forma de rescatar la identidad de la ciudad, capturando momentos que reflejan tanto lo efímero como lo eterno, hablar de la historia es entender que todos somos parte de ella. En Calles Chilangas, su lente se posa sobre lo cotidiano para revelar las conexiones entre las personas, el espacio y la historia, invitando al lector a ver la Ciudad de México como un ser vivo, cambiante y rebosante de relatos. Su trabajo, en el que el arte y la palabra se encuentran, ofrece una puerta abierta a las historias que dan forma a esta metrópoli compleja y fascinante.

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