Desde finales de noviembre y comienzos de diciembre, las calles cercanas al Mercado de Sonora y el mercado de la Merced, se llenan de puestos de artículos navideños, series de luces multicolores, objetos para adornar las casas, piñatas y hasta ropa navideña.
Los puestos de la calle de Cabaña, especialmente, van cambiando de artículos conforme avanza el año, semanas atrás, podrías haber encontrado el mejor disfraz para el Halloween y las tradicionales Catrinas para el Día de Muertos, pero justo en la esquina con Fray Servando Teresa de Mier, se encuentra un puesto de estampas con imágenes de Santos, Novenarios y algunos artículos religiosos. No recuerdo la primera vez que vine, pero sí recuerdo a mi abuela y mi madre pasearse por los pasillos para comprar alguno de los artículos que ahí venden.

En el número 98 de la calle de Guatemala y desde hace algunas décadas, se encuentra “Ediciones Aguilar” o al menos así lo dice en la que es una de sus publicaciones más famosas y más conocidas en el imaginario colectivo de nuestra Ciudad: la “Antigua Novena Para Posadas”, de portada rosa e impresa en papel color gris, que a veces no está bien cortado, supongo que por descuido o quizás por ahorro de costos, la novena ha acompañado a las tradicionales posadas de las Calles Chilangas y de todo el país.
Hay objetos que te transportan a un tiempo concreto, no se tiene el dato oficial de la primera edición, pero sí sabemos que fueron los frailes agustinos de Acolman quienes crearon la mayoría de los textos en su interior con modificaciones de los siglos posteriores y llegados hasta nosotros en este compendio que muchas otras veces ha sido copiado por diversas casas editoriales e iglesias.
La pequeña publicación tiene un costo de tres por diez pesos, una oferta común y que permite su venta masiva. Platico con la vendedora y ve con añoranza los viejos tiempos, me dice que los peregrinos ya no importan, que el niño Jesús ya no se arrulla: “ahora todo es salir a cotorrear, divertirse y ponerse borracho, ya casi no se venden éstos”.
Después de dar las gracias, continúo mi camino por la calle de Cabaña, entre juegos de baño con forma de Santa Claus, árboles de navidad de todos colores, esferas de cristal y hasta de plástico, que van desde el color verde hasta el negro y con formas que van desde la tradicional hasta el modelo inspirado en la Guerra de las Galaxias, no se diga las mil y un formas de las piñatas y puestos de dulces que venden desde chocolates y hasta micheladas.
El origen de las posadas comenzó en Acolman, actual Estado de México, con una celebración iniciada por los frailes agustinos y que recuerda los nueve meses de gestación del mesías, preparando a los creyentes para la Navidad. Pero también tienen una historia que va un poco más atrás y se mezcla con el culto a Huizilopochtli; ya que del 7 y hasta el 26 de diciembre, se celebraba el mes de Panquetzaliztli su nombre significa “Erección de banderas” y era la decimoquinta veintena del calendario solar mexica.
El sincretismo también creó tradiciones y como medida de evangelización, los frailes de Acolman crearon las misas de “aguinaldo”, que conmemoran la llegada al mundo del niño Jesús. Fue en 1587 que Fray Diego de Soria obtuvo del papa Sixto V la autorización para celebrar entre el 16 y el 24 diciembre las que después llamaríamos Posadas.
Durante el siglo XX y gracias ala cine y la televisión, fue creando la estructura de las posadas tradicionales y para el siglo XXI casi como si fuera otro capítulo de las “Crónicas de Un Patrimonio Perdido” de Don Guillermo Tovar y de Teresa, comenzamos a observar la caída de una de las tradiciones decembrinas más arraigadas. Los nacimientos de barro, cambiaron a los de yeso, los de resina y hasta en plástico.
Pero la tradición de las posadas, como cualquier otra, se ha ido modificando con el paso de los años, añadiendo símbolos, cantos, colores, sabores y formas de festejarlas. De las frías noches de Acolman, han transitado muchas formas a las que ahora se suman posadas sin contexto religioso y alto grado de reguetón.
La procesión con los peregrinos, ha sido cambiada por la procesión al OXXO más cercano para comprar bebidas. La casa familiar cambiada por los restaurantes o salones de eventos que ofrecen el todo incluido en su servicio. La piñatas de barro que tantas fracturas y golpes causaron, ahora no sólo tienen coloridos picos, también formas casi infinitas y su tradicionalidad a cambiado a estar en casi cualquier fiesta o cumpleaños mexicano. Pienso esto mientras pregunto por el precio de un árbol de navidad, que va desde los trescientos y hasta los doce mil pesos.
Regresemos un poco a la historia. Las bolsitas de aguinaldo que comenzaron como una misa, se fueron modificando hasta bolsas de cacahuates y dulces embolsados que casi nadie quería, sin pensar en la colación, ese dulce tan desdeñado por la gran mayoría, entre los que me incluyo, porque también alguna vez intenté morder alguna almendra confitada y casi me cuesta un diente, pero hoy son cada vez menos los puestos que lo venden.
Pertenezco a la generación de los paseos por la Alameda para tomarse la foto con los Reyes Magos, porque en mi casa no llegaba Santo Clos, como le llamaban mis padres; de visitar el alumbrado del Zócalo y caminar por la Merced para comprar las cosas para la posada, pero adicionalmente tengo un motivo especial para recordarlas, ya que nací un 16 de diciembre, así que la gran mayoría de mis cumpleaños, no tuve fiesta convencional, tuve posada.
Entre los empujones de la piñata y las quemadas de las manos por la cera de la velita en la procesión o cuando se caía un poco del ponche accidentalmente, diciembre como espero que para muchos, es uno de los meses más felices del año, porque todo era sabores, colores y fiesta.
Entrando al mercado de la Merced, recuerdo que la línea del metro se encuentra cerrada, se encuentra en proceso de remodelación integral, según leo en los carteles de los accesos. Tocará caminar un poco más, pero siempre me ha gustado caminar por entre los puestos de la Merced, viendo ingredientes y comparando precios, las cenas navideñas en el 2022 son por mucho más caras, debe ser producto de la inflación.
Vuelvo a encontrarme el pequeño panfleto de Ediciones Aguilar y aunque ya llevo algunos, vuelvo a comprar otro tres por diez, no puedo ni pensar en el momento en que las posadas pierdan los símbolos de mi niñez, sin el cargar los peregrinos y esperar algunas horas entre verbena popular para recibir los aguinaldos, encontrando las galletas de animalitos y la colación.
Recordando el diálogo entre los Peregrinos y lo Posaderos nos relata con teatralidad los relatos bíblicos mezclados con una melodía casi natural entre nosotros:
“Peregrinos: En el nombre del cielo os pido posada, pues no puede andar mi esposa amada.
Posaderos: Aquí no es mesón, sigan adelante. Yo no puedo abrir, no sea algún tunante.”
No sé cuántas veces pregunté en mi niñez, qué era un tunante o incluso porqué la canción dice que la la virgen iba solita, si estábamos cantando muchas personas.
Caminé por entre las calles del centro, experimentando el cambio de productos y sonidos, de ofertas y sabores, pero decidí ir hasta el número 98 de la calle de Guatemala, más como un divertimento de esos que nos caracterizan a los buscadores de historias de las Calles Chilangas pero también como acto de agradecimiento, pero para mi sorpresa, ya no hay algún local de Ediciones Aguilar y me atrevo a creer que se encuentra en el interior de la portada de color cantera con portón negro y aunque ahora también se puede encontrar la edición en internet, regresaré con un poco más de tiempo, esperando continuar la historia. Mientras emprendo mi camino al metro, visito la letanía en mi memoria, recordando el momento en que las puertas de la casa de mis abuelos se abrían al escuchar: “Entren Santos Peregrinos reciban este rincón, que aunque es pobre la morada, os la doy de corazón”.
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Christian Ramírez Carrillo es un cronista y narrador visual que explora las historias escondidas en cada rincón de la Ciudad de México. Ha trabajado en varios países en Consultoría y es fundador de proyectos culturales como el Museo Puertas Abiertas y La Transformación, Christian combina su pasión por la fotografía con un profundo interés en el tejido social de la ciudad. Desde su perspectiva, la crónica es una forma de rescatar la identidad de la ciudad, capturando momentos que reflejan tanto lo efímero como lo eterno, hablar de la historia es entender que todos somos parte de ella. En Calles Chilangas, su lente se posa sobre lo cotidiano para revelar las conexiones entre las personas, el espacio y la historia, invitando al lector a ver la Ciudad de México como un ser vivo, cambiante y rebosante de relatos. Su trabajo, en el que el arte y la palabra se encuentran, ofrece una puerta abierta a las historias que dan forma a esta metrópoli compleja y fascinante.



